10 de diciembre 2009 - 00:00

“A Fellini le gustaba mucho el pecado”

Vittorio Boarini, presidente de la Fondazione Federico Fellini. Los dibujos corresponden a originales del director, que integran el libro de los «Sueños», de los cuales la Fondazione conserva alrededor de 500 entre los innumerables que él solía bocetar.
Vittorio Boarini, presidente de la Fondazione Federico Fellini. Los dibujos corresponden a originales del director, que integran el libro de los «Sueños», de los cuales la Fondazione conserva alrededor de 500 entre los innumerables que él solía bocetar.
Por sugerencia de un psicólogo seguidor de Jung, Federico Fellini dibujaba las imágenes de sus sueños y les ponía comentarios. Esta noche, en El Parador de las Almas, de San Isidro (frente a Plaza Mitre), Vittorio Boarini, director de la Fondazione Fellini, comparará dibujos y películas, y pasará también tres graciosos anuncios publicitarios que Fellini hizo con Paolo Villaggio para el Banco de Roma. Sobre sus dibujos, mentiras, cenas y mujeres dialogamos con Boarini.

Periodista: Durante 30 años usted condujo la Cineteca Comunale de Bologna, le dio prestigio, gran colección, laboratorio de restauración, salas, etc. ¿Qué pasó con ella?

Vittorio Boarini: Cumplí los 65 y me jubilaron. Por suerte, amigos de Rimini me ofrecieron el cargo de director de la Fundación, que estaba vacante. Queda a una hora de tren, otro dialecto, otra cultura. Romagna, la cultura de la oveja, Emilia, la del cerdo, pero nos entendemos. Gianfranco Angelucci, el director anterior, fue secretario, coguionista y hombre de confianza de Fellini, e hizo una gran tarea coleccionando guiones, dibujos, vestuario (tenemos toda la colección del desfile de modas clericales de «Fellini-Roma», por ejemplo). Lo mío fue impulsar la difusión de su obra y alentar el amor de Rimini por su mayor artista. Hacemos libros, una revista, ciclos, visitas guiadas incluso para escolares, claro que sin mostrarles ciertos dibujos.

P.: Y un documental de Gianfranco Mingozzi, «Noi che abbiamo fatto La dolce vita» (Nosotros que hicimos «La dolce vita»).

V.B.: Entrevistamos a cuantos quedan, que todavía son muchos, actrices, técnicos, hasta los paparazzi, y a Luise Rainer, la ganadora de dos Oscar seguidos, que iba a hacer un papel de amante madura, pero tras muchas discusiones se fue y el personaje quedó anulado. Tenía 99 años cuando le dijo a Mingozzi que estaba arrepentida de haberse ido.

P.: Usted también participa en «Vitellonismo», bonus de un dvd de «Los inútiles».

V.B.: Explicamos qué es eso de «vitelloni», y cuento algo que pocos saben: cuando Moraldo deja su vida de haragán del pueblo, y parte en el tren, a ser algo en la vida, saluda al niño, «ciao, ciao, ciao», bien, el tercer «ciao» es la propia voz de Fellini, como subrayando lo autobiográfico del film.

P.: ¿Usted lo conoció?

V.B.: Sí, gracias a sus amigos Renzo Renzi y Dario Zanelli (crítico y biógrafo). Se reunian a comer, y yo iba con ellos.

P.: Gordo, romañolo, supongo que Fellini era de buen diente.

V.B.: Al contrario, comía poco y bebía con moderación, muy atento a escoger, «esto sí, esto no me conviene». Pero le gustaba mucho agasajar, que los demás comieran, les elegía platos, los incitaba a comer. Y era de sobremesas largas, gozaba hablando de actualidad y del mundo, pero muy poco de cine y menos de política.

P.: ¿Es cierto que consideraba a los políticos como malos payasos?

V.B.: No le escuché esa expresión, pero coincide con sus ideas. Y mientras conversaba, dibujaba caricaturas de los mozos y clientes cercanos, era automático, dibujaba cuanta servilleta estuviera a su alcance. Tenemos varias en nuestra colección, y unos 500 originales de sus sueños y bocetos para películas.

P.: Cuénteme del manuscrito del «Libro de los sueños».

V.B.: Un tomo abarca 1960-68. Otro, 1974-90, aunque en los 80 ya empezó a dibujar menos. A su muerte, el libro quedó en manos de seis personas, que lo pusieron en un banco. Maddalena, la hermana, nos regaló su parte. La sobrina le puso precio, 50.000 euros. Pero los otros, los Masina, pidieron 230.000, y tardamos años en juntarlos. Luego, debían estar los seis presentes para ir al banco. Pero dos habían muerto, otro vivía en Brasil, tardamos dos años en resolver eso. Por suerte los originales estaban en lugar seco y oscuro, así que los colores se conservaron muy bien. Hasta entonces el libro era algo mítico, poquísimas personas lo habían visto. Ahora lo publicamos, en italiano e inglés, y está al alcance de todos.

P.: Si, pero, ¿no hay nada del período 1969-73?

V.B.: Él decía que perdió todo en una mudanza, o que unos psicólogos americanos se los pidieron prestados para un congreso y nunca se los devolvieron. Pudimos rescatar seis que había regalado a un par de amigos, pero el resto creo que lo destruyó por vergüenza, sobre todo por miedo a que los viera su esposa.

P.: ¡Pero si Giulietta Masina le soportaba todo!

V.B.: Sí, ella le tenía una paciencia enorme. Y él la amaba muchísimo, era su compañera, no la hubiera dejado nunca, formaban un matrimonio de hierro. La paradoja es que ella era lo contrario de las imponentes «mujeres fellinianas». Lo mismo, Anouk Aimée y Sandra Milo. Al menos Magalí Noel (la Gradisca de «Amarcord») era procaz y de buena delantera.

P.: ¿Anouk Aimée también fue amante de Fellini?

V.B.: En fin, usted sabe, un director de cine tiene cierto atractivo. Y él amaba a todas las mujeres, las veía como símbolo de fecundidad, creatividad, y también símbolo del pecado. A Fellini le gustaba mucho el pecado. Eso sí, a nuestras cenas ninguna era invitada. Que no molesten cuando uno está con los amigos.

P.: ¿Veremos aquí esos originales?

V.B.: Con Cinemateca Argentina, que me trajo para el Festival de Música y Cine de San Isidro, esperamos hacer una muestra en el 2010, y exponer en Capital Federal y el Museo del Tigre, que me encanta, parece un boceto felliniano. También, avanzar en la idea de cursos de restauración con Cinecolor. Y traer el documental de «La dolce vita», esa película que en 1960 provocó tantos escándalos, al punto que la madre y la hermana de Fellini le quitaron el saludo. Un obispo amenazó excomulgar a quienes fueran a verla, pero el arzobispo de Milán habló pestes, y el de Genova, monseñor Giuseppe Siri, lo defendio. Qué paradoja, a Siri lo consideraban reaccionario, y el de Milán pasaba por progresista. Se llamaba Giovanni Montini, luego Pablo VI, que le negó una audiencia a Fellini.

Entrevista de Paraná Sendrós

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