4 de febrero 2010 - 00:00

Acción y suspenso con derroche de adrenalina

«Vivir al límite» gira en torno al arte de desarmar bombas en las calles de Irak, con mucha adrenalina, testosterona y el héroe americano al gusto de su directora, Kathryn Bigelow.
«Vivir al límite» gira en torno al arte de desarmar bombas en las calles de Irak, con mucha adrenalina, testosterona y el héroe americano al gusto de su directora, Kathryn Bigelow.
«Vivir al límite» (The Hurt Locker, EE.UU., 2008, habl. en inglés y árabe).; Dir.: K. Bigelow. Guión: M. Boal. Int.: J. Renner, A. Mackie, B. Geraghty, G. Pierce, R. Fiennes.

Cuando esta película abrió el Festival de Mar del Plata 2008 (hace ya 14 meses) muchos se fueron antes del final. Estaba bien hecha, manejaba admirablemente el suspenso, pero sus situaciones se repetían, eran como variaciones de un mismo asunto: el arte de desarmar bombas en las calles de Irak, bajo la mirada sospechosa de todos los iraquíes, incluso niños, un sol que raja la tierra, el aire abrasador, y encima el traje protector que pone al héroe como un buzo en el desierto o un astronauta en el Tercer Mundo, sudando apenas un poco menos que los espectadores.

En fin, para varios, si se vio una escena ya se vieron todas, aunque algunas son más tensas e insoportables que otras, y además una de ellas es bastante asquerosa. Fuera de esa rutina, y de un tiroteo en campo abierto, sólo queda esperar que reviente alguien (hay uno al comienzo, otro al medio, pero no mucho más), y quizá varios se quedan hasta el final esperando justamente que el héroe fracase alguna vez en su vida. Bien actuado por Jeremy Renner, el personaje se nos muestra como el típico «Maverick» que sigue sus propias reglas, el mejor profesional de la especialidad, que ama los desafíos y casi siempre la tiene clara, un modelo a seguir. Aún más, su único vicio es el trabajo. De las cosas feas que el trabajo le reporta, guarda los recuerdos en una cajita de lamentos (la «Hurt Locker» del título original): restos de bombas que hubieran podido matarlo, el anillo de compromiso de una vida que también podría matarlo, pero de aburrimiento.

El espectador que ama los films de Kathryn Bigelow, con sus típicas descargas de adrenalina, testosterona, y machismo de bandera disimulada, disfrutará a pleno. El conocedor objetará unos cuantos descuidos que restan verosimilitud en materia de armamentos, vehículos, insignias y acentos (en verdad los extras son jordanos), pero eso sólo es materia de entendidos. Por su parte el cinéfilo discutirá si la Bigelow está más cerca de John Millius que de John McTiernan o Tony Scott (de hecho, está lejos de Howard Hawks aunque muchos lo aseveren), y repetirá lo que dicen los difusores, que la película «tiene la valentía de mostrarse imparcial» respecto a la ocupación de Irak. Todos ellos pueden pasar un buen rato en la sala. En cambio, quien espere una crítica pacifista, mejor que vea «Redacted», «In the Valley of Elah» o algunas otras que fracasaron en EE.UU.. ¿Por qué creen que ésta tuvo tan buena recepción?

Ya lo decía Borges, «cuanto más horrible la guerra, mayor es su prestigio satánico, mayor es la virtud de los hombres que la miran de frente. Aquel inapelable doctor Johnson que una vez declaró El patriotismo es el último refugio de los canallas dijo también, hacia 1778, La profesión de los marineros y de los soldados tiene la dignidad del peligro». Para su film, Bigelow toma el título de un poema del sargento veterano Brian Turner (de su libro «Here, Bullet»), pone como epígrafe una frase de Chris Hedges tomada de su libro «La guerra es la fuerza que nos da sentido», y desarrolla como historia un relato que Mark Boal escribió para «Playboy Magazine». Ella, grandota y de facciones duras, y él estuvieron esa noche en Mar del Plata. Pero no concedieron entrevistas.

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