Miembro de la llamada Generación del 45, inició un espacio de crítica donde años después se fueron integrando Homero Alsina Thevenet y Emir Rodríguez Monegal. Fundó con otros entusiastas el Club de Teatro y el Teatro de la Ciudad, y hacia fines de los '50 fue actor y director de la Comedia Nacional. Fueron popularísimas las temporadas que hacían juntos, China y Larreta, con piezas francamente deliciosas. Pero, a fines de los politizados años '60, su relectura de "Fuenteovejuna" en El Galpón y otras piezas semejantes lo obligaron a hacer las valijas rumbo al exilio.
En España hizo teatro, pero sobre todo grandes guiones para televisión (las series "Curro Giménez", "La máscara negra", "Goya") y para películas de Pilar Miró ("Gary Cooper que estás en los cielos", "Hablamos esta noche"), Mario Camus ("Los santos inocentes", "La casa de Bernarda Alba"), Jaime Chávarri ("Las cosas del querer" y su continuación), Pedro Olea ("El maestro de esgrima"), Bigas Luna ("Volavérunt", sobre una excelente novela histórica propia), Vicente Aranda ("Juana la loca"), Antonio Drove, Giménez Rico y otros realizadores de peso. Volvió a Montevideo en 1985, donde otra vez dirigió la Comedia Nacional y actuó con China (memorable "Cartas de amor"), fundó otro teatro, y desarrolló su veta de novelista, iniciada con "Volavérunt".
En 1989 Teresa Costantini lo integró al cine argentino como guionista y director de una delicada historia del Centenario, "Nunca estuve en Viena", que la tuvo como actriz y productora. María Luisa Bemberg lo llamó entonces para el libreto de "Yo, la peor de todas", y más tarde Oscar Barney Finn lo asoció en la escritura de "Luces y sombras", para televisión, y "Momentos robados", un film que debería reverse. Y en 2008 Carlos Sorin le dio el papel de su vida: el anciano que espera la vuelta de su hijo para descorchar una botella y morir en paz, cosa que finalmente hace, en la chejoviana "La ventana".
Actuó también en "La memoria de Blas Quadra", película uruguaya, y dejó escritos sus recuerdos de infancia, "Jardín de invierno". El resto de sus memorias, como las de China Zorrilla, quedaron en el aire, como secretos de una generación que realmente supo cultivarse y vivir.
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