19 de marzo 2014 - 00:00

Adrenalínica y cinematográfica

Adrenalínica y cinematográfica
Ginés Sánchez, "Los gatos pardos" (Barcelona, Tusquets, 2013, 342 págs.)

Una novela espeluznante y adrenalínica. Una historia de sicarios, magnates mafiosos que juegan a la ruleta rusa, de una niña que a los quince años, harta de su madre, sale en busca de ser desflorada y llenarse de drogas, y un modesto hombre de la puerta de al lado que resulta un asesino serial por un primer crimen que realizó en la juventud y que busca repetir compulsivamente, y mucho más si esto ocurre en el fogoso escenario de la fiesta pagana de San Juan. En la noche en que ocurren las historias todos los gatos son pardos pero, como proclamaba irónicamente la película de Buñuel "Un perro andaluz", "al comenzar el día...", ya nada es lo mismo, aunque todos sean seres marginales y estén embadurnados por una profunda violencia. Esto por más que en el caso del mexicano Jacinto (protagonista de "Alboroto", el primer tramo de la historia) es la violencia profesional de quien hace el "trabajo" de sicario, la de María (la quinceañera protagonista de "Légamo", la segunda etapa) es una violencia buscada, deseada, y la de su vecino Ginés (en "Degüello", la tercera parte) es una perversa afición sanguinaria, que busca reiterar el asesinato de una pareja joven que cometió en la niñez. El cierre ("Rambla") es una coda poética que muestra que tras tanta sangre las aguas, mal que nos pese, vuelven a su lugar, a tener una momentánea represa.

Una de las características notables de esta novela es su estilo. La primera parte, donde el capo murciano don Jorge envía a Jacinto y Osvaldo Vargas a realizar un ajuste de cuentas con un pusilánime traidor en Zihuatanejo, México, debe ser leída en mexicano, con todos los modismos que eso supone, y que no para de hacerse porque la trama es de ritmo acelerado y está basada en los diálogos entre los sicarios. Y luego con Antoñito, al que torturan de las más diversas maneras para que "cante" sobre quién mató al protegido de su jefe, antes de pasarlo por peces carnívoros, y terminar tirando su carne a los perros. Esa primer parte de la novela, que de punta a punta es extraordinariamente cinematográfica, inexorablemente recuerda a las películas de Quentin Tarantino, y en el estilo oral del relato al "Pedro Páramo" de Juan Rulfo, y a las novelas de Guillermo Arriaga, guionista de "Amores perros".

En las dos historias-capítulos siguientes, que ocurren en Murcia, y por tanto se oye en el español de España con sus modismos típicos, parecen remitir a "American Psycho" de Breat Easton Ellis, a "La carretera" de Cormac McCarthy, y "Retrato de un asesino" de John McNaughton. Tanto la de la adolescente rebelde que busca huir de las "garras" de una madre que de chica fue una irresponsable liberada y ahora una controladora represiva a través de una orgía tras un suceso de vandalismo juvenil, y finalmente las andanzas esa noche pavorosa del psicópata Ginés que alucina una historia de amor con la vecina quinceañera a la que llama "Marianne", acaso en recuerdo de la primera muchacha que mató, y que entra en juegos en los que tiene la oportunidad esperada de perder la vida. Ese buen vecino atildado y misterioso, que no se conoce por el alias "Dientes de sable", abre el relato a la siempre atrapante paranoia del lector. La violencia extrema, la inocencia estúpida y la absoluta maldad, se cruzan en una implacable tensión.

Con "Los gatos son pardos", su segunda novela (la anterior fue la elogiada "Lobisón"), el murciano Ginés Sánchez ganó el IX Premio Tusquets de Novela, decidido por un jurado indiscutible, donde participaron Juan Marsé, Almudena Grandes y Juan Gabriel Vázquez, entre otros, por "el vigor narrativo de tres historias contadas con credibilidad y vértigo creciente".

M.S.

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