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Afganistán suma un nuevo desacierto
El presidente afgano, Hamid Karzai, se encamina a continuar en el cargo, ya que conseguiría el 54% de los votos, sin necesidad de ballottage, aunque permanece en penumbras la validez del proceso por el que supuestamente fue reelecto, que tuvo lugar el 20 de agosto. El Comité de Quejas Electorales, respaldado por Naciones Unidas, anuló ayer los votos de decenas de distritos. Aunque la decisión no altera el resultado general, otros datos y denuncias del candidato aparentemente derrotado, Abdulá Abdulá, y de veedores internacionales dan cuenta de un posible fraude masivo. Como un dato llamativo, en la provincia de Paktika, una de las cuestionadas, el actual presidente obtuvo el 91,9% de los votos. Los comicios y la reelección de Karzai fueron una apuesta clave de la administración de Barack Obama y de sus aliados de la OTAN. Pero, el pantano en el plano militar y el aparente naufragio electoral complican los planes de la Casa Blanca.
Un cartel en un camino explica a los pobladores afganos cómo votar en los segundos comicios generales desde la incursión militar de EE.UU., en 2001. El fraude electoral empaña los cómputos oficiales entregados esta semana, que dan ganador a Hamid Karzai.
Todo empezó, como si fuera un cuento, con el intento de Afganistán de salir del feudalismo. Coincidió con la Guerra Fría y sufrió las consecuencias por un problema de oportunidad. El primer Gobierno laico y con cierta apertura religiosa, al punto que hasta llegó a tener siete mujeres en un Parlamento mayoritariamente comunista, fue visto por EE.UU. y Europa con desconfianza por su influencia soviética y por haber implementado una reforma agraria en un territorio cuyo 90% estaba en manos del 3% de la población.
EE.UU., Arabia Saudita (ante las libertades religiosas encaradas) y Pakistán (temeroso de sufrir el contagio de una reforma agraria similar en su territorio) alentaron, capacitaron y armaron a la oposición fundamentalista de los mujahidines, una fracción de la cual se convirtió en los actuales talibanes. Entre ellos se encontraba Osama bin Laden.
El Cortázar de Afganistán, Noor Mohamad Taraki, fue derrocado. Las críticas al líder posteriormente asesinado fueron letales. A pesar de ello, eliminó el cultivo de opio en un país que producía el 70% de la heroína en el mundo. Desapareció la usura. Se establecieron escuelas y hospitales. Igualdad de derechos para las mujeres, quienes se desplazaban libremente y constituían el 57% de los estudiantes universitarios.
Tras una serie de convulsiones internas, como consecuencia de la resistencia mujahidín, se produjo el ingreso del ejército soviético en una larga guerra de diez años que lo llevó a su derrota.
Los mujahidines alcanzaron el poder e iniciaron una grave represión con ejecuciones en masa. Amnesty Internacional informó que en 2001 las violaciones de mujeres eran sistemáticas. Se restableció el fundamentalismo religioso. Afganistán se convirtió en el mayor productor de heroína del mundo.
Fuerzas mujahidines se conformaron en la red terrorista más significativa en defensa del fundamentalismo islámico. Uno de esos grupos, los talibanes, se impusieron en gran parte del país. Prohibieron la música, las escuelas, la educación laica, las librerías, impusieron las burkas como vestimenta de las mujeres y prohibieron que los hombres se afeitaran.
Las mujeres fueron privadas de todos sus derechos, aun el de educarse.
Los cinco años posteriores de democracia afgana no han logrado aún suprimir la esclavitud de la mujer, ni han mejorado las condiciones de vida de la población. En el libro Wars, Guns and Votes 2009, el profesor Collier señala que las elecciones como las que impone Occidente como condición para recibir ayuda, ahondan las diferencias étnicas -cada cual vota a su clan- y, lejos de contribuir a la democracia, refuerzan la violencia política. Las recientes elecciones le están dando la razón. Las denuncias de fraude son gravísimas.
La lucha continúa y los talibanes resisten con una estrategia ofensiva de terror, convencidos de que sobrevivirán a los intentos de aniquilarlos. Naciones Unidas hace lo que puede, en un horizonte de dudas, para asistir al Gobierno en algunas tareas, como las de infraestructura. Simultáneamente, una fuerza internacional compuesta principalmente por la OTAN, con el consentimiento del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, encara una guerra santa contra el terrorismo que parece no tener fin.
El futuro de Afganistán sigue siendo uno al que la palabra complejidad le queda muy chica. El comunismo ayer, el terrorismo hoy y el fanatismo religioso como una amenaza permanente.
¿Cómo se sale de ese encierro? La respuesta tiene diversas vertientes. Algunas se podrían encontrar en la vinculación talibán con el terrorismo y, otras, en lo que implica el fundamentalismo religioso mismo.
La duda existencial es si a través del método actual y con una visión de valores americana y eurocéntrica se alcanzará la solución. La experiencia parece indicar que puede no ser el caso en un país de 32 millones de habitantes con una profunda raíz religiosa y que viven de la mitología de la victoria contra los soviéticos, donde la esperanza de vida es de 43 años y el 36% de la población es analfabeta.
Quizás ha llegado la hora de cambiar de estrategia. Nunca es tarde para hacerlo. Se debería analizar la posibilidad de desagregar los distintos componentes que conforman el epicentro del drama. Concentrar la atención en la solución individual de cada uno de ellos e iniciar una sustitución de la acción militar por una civil. Ha llegado el momento, también, de que los países islámicos se involucren en la búsqueda de una solución capaz de generar un proceso de reconciliación afgano.
La secuencia de dolorosos acontecimientos alientan a la reflexión ante el número de desaciertos. La pregunta es cuándo terminarán.


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