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Ahora, la Corte
El otro camino se abre paso por la espesura de las leyendas y las especulaciones: en febrero hay hombres de la Justicia que esperan una renuncia de Carlos Fayt, quien el 1 de ese mes cumplirá 97 años.
Fayt festejó los 75 en febrero de 1993 y cuando se sancionó la nueva norma se amparó en que él debía regirse por la legalidad anterior. Ha sido hostigado por el oficialismo hasta con el innoble argumento de que está viejo, pero no ha dejado de ejercer su función hasta ahora. Los más enterados sobre esta quimera afirman que Ricardo Lorenzetti tiene ya la renuncia de Fayt firmada en su bolsillo. Sonríen quienes escuchan esto y responden que en 1994, cuando se cambió la Corte como fruto del Pacto de Olivos, Carlos Corach le dijo a Alfonsín que él también tenía la renuncia de Fayt en el bolsillo. Son quienes juran que no habrá tampoco ahora renuncia alguna.
Si esto se cumple, en febrero habrá dos vacantes en la Corte, y el Gobierno podrá aplicar el manual básico: proponer dos nombres, uno del oficialismo y otro de la oposición radical. El Gobierno suele a veces aplicar el manual de la lógica política y esas dos vacantes comprometerían más a la oposición, que tendrá menos margen para el rechazo porque les achica el argumento de que el Gobierno quiere asegurarse una Corte adicta. Hoy no la tiene con Lorenzetti, Elena Highton, Juan Carlos Maqueda y Fayt, algo que no cambiaría con el loteo de las dos vacantes.
Nadie admite en serio en el Gobierno que haya un tercer camino, que es la ampliación del tribunal, porque la Presidente está comprometida porque promovió la Corte de 5. Ampliar el número podría abrir más el capítulo negociador y defienden esta idea quienes comparan con otros países en donde el número es superior. En Estados Unidos, modelo constitucional, son nueve, como quedó escrito en la Carta Magna de 1853; en 1869, la provincia de Buenos Aires quitó ese límite, pese a lo cual en ese distrito siguen siendo nueve.
Sea cual fuera el camino que elija el Gobierno, desde hoy habrá una guardia a la espera de que, por lo menos comience la calesita de nombres. El único que puso una ficha es el saliente Zaffaroni, quien dijo en un reportaje que dio a Buenos Aires Herald (medio que pertenece al mismo grupo que este diario) que su sueño sería que el jurista Julio Maier lo reemplazase. Es una ficha simbólica porque Maier cumplió los 75 años en julio pasado y está inhabilitado por la edad para ser propuesto. Pero en este caso importa más la música que la letra. Maier está considerado el padre del sistema acusatorio que consagra la reforma del Código Procesal Penal, que pergeñó ya para Alfonsín y que ha desarrollado doctrinariamente en el libro "Código Procesal Penal Modelo para Ibero América", que coordinó con otros especialistas en 1989 y que ha sido la matriz para la aplicación de esa reforma en muchos países del mundo.
Al poner en circulación su nombre, Zaffaroni está diciendo que la Corte tiene que tener entre sus miembros a un penalista identificado con la reforma del régimen inquisitivo al acusatorio para que sea el garante de la prolijidad del nuevo sistema desde el atalaya del tribunal más alto del país, y que además no sea peronista. Maier tiene una estrecha relación con Fernando de la Rúa, que es profesor de Procesal Penal: se conocen desde la adolescencia, cuando fueron compañeros de estudios en el Liceo Militar de Córdoba. Cuando De la Rúa asumió como jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires lo designó como miembro del primer Tribunal Superior de Justicia de la Capital; fue el único nombre que impuso como innegociable cuando los otros cuatro fueron acordados con el Frepaso. No tiene militancia radical, con lo que se completa todo un perfil; queda para los analistas de la interioridad de los dirigentes -especie que abunda tanto en el periodismo- decidir si ese identikit lo compartió Zaffaroni con Cristina de Kirchner. O si ella se lo inspiró.
Esta primera pista hay que combinarla, cuando se escrutan decisiones presidenciales, con el método de Cristina de Kirchner para las designaciones. Primero, no las comenta con nadie. Cuando eligió a Amado Boudou como candidato a vicepresidente sorprendió a todos, empezando por el elegido. Héctor Icazuriaga, el hombre que debía saberlo todo, se enteró por los diarios y musitó: "Ni Zannini lo sabía". Segundo, hay que revisar papeles viejos, porque otras designaciones en cargos de este rango se explican por relaciones del pasado sin relieve público. Cuando se designó a Horacio Rosatti como procurador y después ministro de Justicia, recién se supo que la Presidente lo había visto trabajar como constituyente en Santa Fe, adonde lo había llevado Carlos Reutemann, que lo señaló como vicepresidente del bloque del PJ en la convención y como su delegado personal en la Comisión Redactora. Quien busque alguna luz para especular sobre este camino, mejor que ahonde en las galerías interiores del pasado presidencial.


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