5 de diciembre 2017 - 22:53

Ai Weiwei expone en Proa: un arte basado en sus ideas

• EL DISIDENTE CHINO, HOY CELEBRIDAD MUNDIAL, MUESTRA LAS TURBULENCIAS POLÍTICAS DE AYER Y HOY
“Odisea”, una de sus instalaciones, hace referencia a la obra del poeta Homero y también al arriesgado viaje de los refugiados que buscan escapar.

Rompiendo vasijas. En 1995, Weiwei tomó entre sus manos una valiosa urna de la dinastía Han (206 aC -220 dC) y la hizo añicos contra el suelo.
Rompiendo vasijas. En 1995, Weiwei tomó entre sus manos una valiosa urna de la dinastía Han (206 aC -220 dC) y la hizo añicos contra el suelo.
La Fundación Proa acaba de inaugurar una exposición del chino Ai Weiwei, uno de los artistas más admirados del mundo. Con su lenguaje directo, Ai Weiwei montó casi a presión en una sala de Proa, una balsa inflable gigantesca, cargada con medio centenar de refugiados realizados en plástico negro. Estos personajes reclaman una mirada humanitaria de la gente y el artista apela a la capacidad transformadora del arte.

Los textos de Ai Weiwei tocan la sensibilidad. Sin dudas sabe explicar cómo influyen en sus obras sus ideas y las dificultades que le tocó vivir durante el rigor la China de Mao. Cuando llegó a Proa el artista relató la tragedia de su padre, un notable poeta formado en París durante la década del 30, un amante de Baudelaire, Rimbaud y Apollinaire, al que los maoístas acusaron de anticomunista, lo mandaron cuando él nació a un campo de trabajo forzado y luego a limpiar letrinas.

Ai Weiwei nunca había estado en Latinoamérica. Estuvo sólo tres días en Buenos Aires el pasado agosto con su propio hijo, y siguió los pasos de su padre-poeta. Parecía andar en busca del tiempo perdido. Contó que su padre nunca se quejó del sufrimiento que le infligieron, aunque solía hablarle -eso sí- de su amor por Renoir y su viaje a Chile invitado al cumpleaños de su amigo Neruda. El modo de narrar resulta atrapante por la profundidad que exhiben sus sentimientos, con la culpa incluida. Ai Weiwei confiesa que no se atrevió a preguntar nada sobre los momentos penosos cuando su padre vivía. Pero llegó a Isla Negra, a la casa de Neruda.

Su arte se relaciona con las idas y vueltas de su vida, tan atada finalmente a la cultura china como al concepto de novedad vanguardista y el interés que despertaron Duchamp y Jasper Johns durante los años que vivió en Nueva York. "El arte es único", observa. "El arte crea una forma de libertad de expresión que no existía antes, y por eso lo llamamos arte. Si ya existía no es arte. El arte va en contra de la repetición y nos conduce a formas más rigurosas de experimentar y de expresarnos a nosotros mismos. Por eso el arte es poderoso". Ai Weiwei transmite una nostalgia infinita y sus obras al igual que sus palabras se perciben como gestos fundamentalmente honestos.

En el año 1995 tomó entre sus manos una valiosa urna de la dinastía Han (206 aC -220 dC), enfrentó la lente de una cámara y dejó el registro de las tres imágenes que ganaron celebridad: el momento en el cual soltó la vasija que se hizo añicos -junto a su tradición milenaria- al estrellarse en el piso. La violencia del gesto intentaba enfrentar la indiferencia generalizada. Pero sacudió al menos- a quienes resguardan los bienes patrimoniales que elevaron sus quejas; mientras un grupo de artistas españoles alimentados a becas y habituados a la cita, copió el mal ejemplo, borroneó y arruinó para siempre unos grabados de Goya. Resulta no obstante muy fácil comparar esa violencia con la no menos agresiva escena que narra el artista: la quema de todos los bellísimos libros que había en su casa. "Página por página", observa. Era apenas un niño y percibió el miedo de su padre a los castigos que el régimen comunista deparaba a quienes se gratificaban con el goce individual.

Ai Weiwei muestra las turbulencias sociales y políticas del pasado y del presente en "Odisea", clara referencia a la obra del poeta Homero y también al arriesgado viaje de los refugiados que buscan de un nuevo destino. La obra se configura sobre un empapelado con múltiples diseños y una bella torre que replica el formato y los dibujos azules sobre la porcelana blanca de los jarrones chinos. Su propia historia reaparece entre las historias de la humanidad con las que él se identifica. Cuando habla de sus 81 días en prisión se percibe el temor a la incomprensión. "La crisis actual de los refugiados es en realidad una crisis del sentimiento humanitario", dice.

La exhibición curada por el brasileño Marcello Dantas se llama "Inoculación", una clara referencia a la posibilidad de inocular el arte como si fuera un virus, analogía que se propagó al comenzar el siglo XXI con el apogeo de los colectivos artísticos. Sin embargo, el mismo curador escribe: "Al discutir el título propuesto para esta exhibición con Ai Weiwei le expliqué el concepto de Inoculare, que significa inocular en el sentido viral, pero su etimología original en latín se traduce como "en tus ojos". Y él me despabiló diciendo que el nuestro es un tiempo de emergencia y acción, y así deberíamos llamar las cosas por su nombre, sin metáforas: EN TUS OJOS.

En Proa hay una figurita femenina de seda y bambú, tiene manos de mujer y patas de mono. Sus ojos llaman la atención: la mirada está representada con rayos que salen de ellos. Al hablar de los inicios de su carrera internacional, Ai Weiwei destaca que se inició en la Bienal de Venecia de 1999, cuando fue inesperadamente invitado por el curador Harald Szeeman, un visionario.

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