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Aizemberg: un despliegue de virtuosismo y juegos estilísticos
“Humeante” (1967) y “Personaje sentado” (1978), dos muestras del recorrido del arte de Roberto Aizemberg, del surrealismo fantástico a la búsqueda metafísica del arquetipo, siempre dentro de un universo petrificado y silencioso.
En la base de su realidad suprasensible está el encuentro de elementos disímiles, las imágenes oníricas y con doble significado y, en coincidencia con los surrealistas, se vislumbra el mundo de sus sueños y pesadillas y la resistencia a la ilusión racionalista de querer explicarlo todo. "Todo lo que existe debe ser pintado como un enigma decía el artista ya que el arte como pura metafísica plantea enigmas insolubles a los hombres que creen saber todo".
En la gran sala están los dibujos de mayor formato de una serie realizada a partir de los años 70, varios de ellos se exhiben por primera vez. Entretanto, el estupendo catálogo de la exposición editado por la galería, se abre con un texto que Italo Calvino le dedicó a Aizenberg en el año 1982, cuando lo frecuentó en Roma. Ambos se conocieron antes del regreso a Buenos Aires del artista que estuvo exiliado en París, Tarquinia y Milán, durante el período de la dictadura militar.
Calvino facilita la comprensión de estos últimos dibujos, describe que "todo lo que era vacío se volvió lleno y todo lo que era lleno vacío". Agrega que "las casas se convirtieron en bloques compactos..." y observa que "las personas eran envoltorios vacíos", y quienes "buscaban en el fondo de la propia alma, el refugio que esperaban encontrar estaba obstruido, relleno de ripio, emparedado". El origen de la negación del vacío se remonta a Parménides, se opone a la tesis de que todo fluye que postula Heráclito. De este modo, los últimos personajes de Aizenberg diseñados con líneas onduladas, parecen bañados por la materia encendida que se derrama desde los volcanes que son sus "humeantes". Hay un "Personaje sentado" que refleja el instante del temblor, cuando el fuego se apaga y la lava se petrifica sobre la figura tiesa. El surrealismo fantástico cede paso a la búsqueda metafísica del arquetipo. Calvino considera la realidad del artista tan sólida y permanente como la roca.
El desasosiego que suscitan las últimas imágenes silenciosas de Aizenberg deriva del rigor de lo inmutable, de aquello que ya nunca se podrá cambiar.
Antonio Berni fue el primer maestro de Aizenberg, en el año 1948, cuando hacía más de una década que el rosarino había abandonado el surrealismo. Ese mismo año Aizenberg se inscribió en la Facultad de Arquitectura. Desde entonces las construcciones de inspiración metafísica pasaron a ser un tema que se reitera a lo largo de su trayectoria. Pero el maestro de nuestro artista fue Batlle Planas, desde el día que descubrió su obra en la librería Peuser. Eran los tiempos en que leía a Breton y a Rimbaud y admiraba las obras de Picasso y De Chirico. "Batlle observó Aizenberg en 1975 fue la persona más importante que he conocido y la que me enseñó a pensar en el sentido más profundo del concepto. Y en ningún otro ser, ni en ninguna otra parte, ni antes, ni después de él, encontré nada que se asemejara a la realidad teórica o a la realidad práctica que Batlle nos transmitía".
El catálogo de Jorge Mara se suma ahora al que presentó Marcelo Pacheco en el año 2001, junto con la exposición antológica del Centro Cultural Recoleta: "El caso Roberto Aizenberg", un extenso recorrido por sus pinturas, dibujos, bocetos, collages, esculturas. La denominación de "caso" pone el acento en el carácter extraordinario y tan especial de su fenomenal producción. En el año 2007 se publicó "Aizenberg", un libro editado por La Stampa con una exhaustiva biografía escrita por Victoria Verlichak. Dicho texto se inicia con una cita de Jorge Romero Brest, quien en 1969, cuando presenta una retrospectiva en el Instituto Di Tella, sostiene: "Aizenberg pinta ideas y revelaciones, intentando captar el imperceptible estremecimiento del universo".
Cabe destacar la influencia que ejerció su obra en varios artistas de la generación de los años 90, en especial en las pinturas de Magdalena Jitrik, Iván Calmet y las de Martín Di Paola. Justamente en esa década, la del 90, la crítica dominante lo encasilla en el "Surrealismo tardío", aunque le reserva "un lugar aparte" entre los integrantes argentinos del movimiento surgido en Europa. "Damián Bayón advirtió según aclara Jorge López Anaya- que las tendencias se deforman en Latinoamérica, o quieren decir cosas diferentes". De todos modos, la muestra de Mara posibilita analizar el estilo que creó Aizenberg: único e inconfundible.


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