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Al Guinness: PBI griego cayó 20% (caerá más aún)
¿Tendrá paciencia Europa para tratar con una Grecia Deprimida? No parece. Pero, a no engañarse, la tendrá mientras mande el espanto. Dice la prensa alemana que Berlín no avalará un nuevo incumplimiento; que si la troika detecta los desvíos que todo el mundo presume, Merkel le cortará los víveres. Funcionarios y socios políticos de la canciller se llenan la boca de amenazas. Markus Soder, ministro de Finanzas de Bavaria, pide el escarmiento de Grecia. Concederle ayuda adicional será como «verter más agua en el desierto». Otro aliado, el ministro de Economía, Phillip Roesler (líder del partido FDP), dijo en julio que la expulsión de Grecia ya no le provocaba horror. La semana pasada volvió a quejarse. En el mismo sentido, Jean-Claude Juncker, el primer ministro de Luxemburgo (y presidente del eurogrupo), acotó que la salida de Grecia es una situación manejable. ¿Grecia es manejable? Sí. Tanto como la crisis de la deuda pública. El punto es que Europa no las sabe manejar. No supo en terreno llano, y menos sabrá hacerlo si provoca el «fuera de pista». Aun así, ¿no puede decidir sacudir a Grecia igual, simplemente porque no se ve otro camino potable? Grecia ya reestructuró su deuda una vez, a instancias de Alemania, en marzo. Pero el hachazo sobre las acreencias privadas se resolvió cuando no se percibían riesgos, bajo el paraguas de calma que aportó la inyección masiva de pases del BCE. Con España e Italia en la picota, un mal paso en Atenas podría arrimar una catástrofe. No sólo se estrellaría Grecia, sino el proyecto de la integración. Si lo que quita el sueño es el dinero, nada más barato que mantener con vida a Grecia y esperar un momento mejor para sentar un precedente. Compréndase bien: si Berlín piensa que la situación es manejable, la «manejará». Si no lo ha hecho ya es porque no confía en su pericia.
Qué hacer con Grecia no es una cuestión teórica, sino el ejercicio práctico que habrá que presentar en las próximas dos semanas. El lunes que viene, sin ir más lejos, Atenas deberá cancelar una obligación de 3.200 millones de euros en poder del BCE. Se sabe que los desembolsos del paquete de ayuda están congelados hasta que la troika culmine su revisión de septiembre. ¿Se espera, acaso, que se produzca un impago? No. Por cortesía del mismo BCE. ¿No era que la institución ya no presta contra entrega de bonos griegos? Cerró la puerta del financiamiento (los bancos helénicos no pueden tomar recursos directos del BCE); pero amplió una ventanilla lateral (más onerosa). Aumentó el tope mensual de Letras del Tesoro que el banco central griego puede aceptar como garantía para obtener asistencia del programa ELA (de emergencia) del BCE. Es una maniobra circular. Grecia emite Letras de corto plazo que los bancos locales compran y redescuentan en el banco central griego (que, como miembro del eurosistema, recibe los fondos del BCE). En los extremos de la ruta del dinero, el BCE cobra en la medida en que represta. ¿No es un caso flagrante de «evergreening»? Nadie puede exigir un acto de magia.
El hartazgo con Grecia es evidente. Sobran las declaraciones duras. Las finanzas griegas no dan abasto. Y nadie parece echarla de menos. ¿Qué esperar sino el destino de expulsión que ya tampoco se oculta? No obstante, cuando Mario Draghi dice que hará todo lo necesario para salvar al euro; si se lo toma el pie de la letra, niega esa posibilidad. Si el euro es irreversible, como asegura, Grecia no debería revertir a la dracma. Cabe una duda: ¿se comprenden las intenciones del BCE? El viernes, uno de sus consejeros de Gobierno, Luc Coene, despotricó contra la compra de deuda española e italiana, lo que los mercados hoy dan por sentado. Pero Coene, con igual vigor, defendió la pertenencia de Grecia. «La expulsión sería la peor solución», dijo, ya que obligaría a cuestionar la membresía de todos, y no sólo de Grecia. Lo que piensa el BCE importa, aunque haga 22 semanas que no gasta un céntimo en comprar bonos, aunque sean los Gobiernos y el FMI los que nutren de recursos los programas de rescate. Basta correr el velo de los discursos para comprobar que ha sido el BCE el principal responsable de mantener a Grecia conectada al respirador. Nadie puede tener un pie en el infierno y a sus bancos abiertos, a lo largo de tres años, sin una constante irrigación. Y Grecia podría tirar otros tantos años si el BCE no varía de opinión.

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