12 de octubre 2009 - 00:00

Al Qaeda ahora ataca con bombas supositorio

Los troyanos, buenos combatientes pero píos y crédulos, no desconfiaron de aquel desmesurado caballo de madera. Se tragaron que era una ofrenda a Atenea y que los aqueos lo habían abandonado en su azogada huida. Le abrieron sus portones y murallas. Contemplaron con gesto admirativo su botín de guerra. Y se fueron tranquilos a beber y a dormir, tras diez años cercados.

A las autoridades sauditas, pías y crédulas, les pasó lo mismo con Abdulá al Asiri. Lo introdujeron en las estancias de la corte de Riad. Lo agasajaron con gestos admirativos. Contemplaron orgullosos su botín de guerra. Y les pasó como a los pobres troyanos, pero esta vez no fue un mito glosado por Homero. La sala de recepciones del palacio del príncipe Mohamed Bin Nayef retumbó el 28 de agosto cuando un cuerpo enjuto le explotó en las mismas narices a su alteza saudita. El explosivo plástico de Al Qaeda estaba en el recto de Abdulá al Asiri.

A nadie se le había ocurrido, antes del 11-S, el amplificador de miedo que supondría estampar dos Boeing-767 contra sendos rascacielos. Una idea tan maléfica como brillante y barata.

Desde 2001, la sociedad internacional mejora su protección contra el terrorismo, pero Al Qaeda también progresa. Y su última invención ha sido el supositorio explosivo. Abdulá al Asiri fue el primer hombre-bomba de la historia en cobijar el explosivo en el interior de su propio cuerpo.

Igual que las mulas del narcotráfico transportan bolas de cocaína, Abdulá al Asiri se introdujo por el ano entre 100 y 450 gramos de explosivo plástico, un detonador -equiparable a un cigarrillo metálico- y una fuente de energía que pudiese activarlo. Acertó con su innovador método. Falló la capacidad de almacenamiento.

El dispositivo bastó para reventar en 70 trozos al iluminado Abdulá, pero el artefacto humano sólo hirió levemente al príncipe saudita, a pesar de que éste se encontraba a unos dos metros de distancia.

«La escasa carga, unida a la ausencia de metralla y a la amortiguación del propio cuerpo restan potencia mortífera a la idea, pero si hubiese aumentado la cantidad de explosivos o lo hubiese detonado en un coche, podría haber tenido éxito», explicó un policía especializado en explosivos con varios lustros de experiencia.

El pasado julio, la Policía detuvo en el aeropuerto de Barajas a un holandés de 60 años con un kilo de cocaína escondido en el mismo sitio.

Abdulá Hasán al Asiri nació hace 23 años en Riad, en una familia muy religiosa de ocho hermanos. El padre sirvió 40 años en el Ejército y ha contado que su hijo fue «un modelo de rectitud». Siempre llamaba a la oración y a veces hasta dirigía las plegarias a pesar de ser inexperto. Su hermano Khalid Ibrahim lo fichó para Al Qaeda. Y el abnegado Abdulá escaló con rapidez, hasta convertirse en uno de los 85 islamistas más buscados de la Península Arábiga.

Contacto

Escondido en la región yemení del Mirib, se contactó con las autoridades sauditas haciendo creer que quería rendirse. Le creyeron y se fijó una cita.

En los aeropuertos no detectaron el explosivo. Después, pasó más de 30 horas en la residencia principesca bajo mirada de los servicios de protección a la espera de que Bin Nayef lo recibiese, lo que ocurrió en una ceremonia nocturna. Es decir, aguantó dos días sin deponer y con un dispositivo letal en el aparato digestivo.

Se sentaron uno junto al otro. Abdulá pidió perdón y reveló que otros yihadistas querían imitar su arrepentimiento. Propuso al príncipe llamarlos allí mismo para que hablase con ellos. Le tendieron un teléfono. Marcó. Cuando descolgaron, pronunció la frase convenida: «Tu visión se hará realidad según la voluntad de Alá. Que Alá te traiga buenas noticias». Al terminar la última palabra sonó un bip procedente de una oquedad. Catorce segundos después, llovió una papilla de entrañas. De un boquete en el techo quedó tendida una mano.

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