15 de septiembre 2015 - 00:00

Alfredo Prior: la obra como campo de batalla

“Fête galante” (1988), acrílico sobre tela de Alfredo Prior, que integró la retrospectiva “Al imperio de las musas. Antología personal”.
“Fête galante” (1988), acrílico sobre tela de Alfredo Prior, que integró la retrospectiva “Al imperio de las musas. Antología personal”.
El artista Alfredo Prior acaba de presentar en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta la muestra "Al imperio de las musas. Antología personal". El recorrido de la exposición permitió descubrir una compleja y atractiva trayectoria, gestada desde un lugar distante y a la vez cercano al de sus pares: la generación de pintores de la década del 80. Para exhibir en el Recoleta el propio artista seleccionó 30 obras pertenecientes a diversos períodos de su producción.

La muestra se iniciaba a mediados de los años 70 y llegaba hasta la actualidad. A lo largo de la producción se percibía la diversidad de intereses y temas que aborda un intelectual tan curioso como buen lector, amante de la música y también del arte. Pero más allá del contenido, también quedó en evidencia la voluptuosidad de un estilo pictórico sostenido en el tiempo que puede considerarse único.

"A la manera de Aru Dutt", una serie de pinturas geométricas cubierta con vidrio esmerilado y realizada en los principios de su carrera, brinda un buen ejemplo del camino personal emprendido por el artista. Por un lado, en estas pinturas el color aparece disgregado en puntos que evocan el puntillismo de Seurat y esta cita es una rareza. Por otro lado, una de las tendencias dominantes en los años 70 fue la llamada "geometría sensible" y, a través del inusual procedimiento de anteponer el esmerilado a las obras, Prior sobrepasa y acentúa con ironía esos gestos sensibles.

"La obra es un campo de batalla", asegura el artista. Y en sus pinturas se cruzan las influencias del arte del pasado, del presente y el de Japón (el "japonismo" como bautizó Cesar Aira a sus obras de inspiración Oriental), con los saberes sobre literatura, mitología, música, historia. Prior se mueve entre la figuración y la abstracción "dos caras de una misma moneda", para citar sus palabras. Su obra se alimenta de las pinturas negras de Goya, de los románticos Delacroix y Géricault, del simbolista Ensor, de Duchamp y el art brut de Dubuffet, además de sus dos admirados Grecos (Doménikos Theotokópoulos, de quien hereda el manierismo, y Alberto Greco, nuestro genio local). No obstante, la virtud del artista es la distancia que establece con sus hallazgos al metamorfosearlos y llevarlos a su estilo tan delicado como poderoso y apasionado y tan poblado por sus propios sueños.

Cambios

La primera muestra de Prior fue en el año 1970 en la galería Lirolay; la segunda, en 1988, "Sinfonía Napoleónica", una serie de pinturas sobre discos de pasta con el título de la novela de Anthony Burgess, la presentó en la Galería Ruth Benzacar. Entre una y otra exposición pintó en su taller de San Isidro. Cuando reapareció, el mundo se había astillado. La escena del arte argentino ya no era la misma. El gobierno de las juntas militares y sus muertos y desaparecidos habían debilitado los lazos sociales. La democracia, instaurada en 1983, alcanzó a superar la herencia recibida por la dictadura y el país ingresó entonces al concierto de las naciones respetables. Pero una serie de marasmos económicos en secuencia rápida derivó en el ciclón hiperinflacionario de 1989.

En las "fábulas visuales" de Prior se percibe el drama, pero distanciado, a través de sus personajes de cuentos y leyendas. Luego, en sus grandes telas cobra importancia el procedimiento, el modo accidental de sus juegos con los charcos de pintura hasta que los colores forman imágenes fantasmales que parecen provenir del inconsciente. Así, los temas históricos y mitológicos, surgen en las pinturas con una cualidad mágica, casi musical, de fantasía y con marcadas características de ficción. De este modo, hasta la realidad más atroz se convierte en fábula.

A lo largo de la obra se advierten los llamativos colores de Prior, su inconfundible verde Talo sabiamente mezclado con blanco y azul y exaltado por unos dulces tonos malva. Con el énfasis puesto en la materialidad de la propia pintura, desde los densos empastes a las chorreaduras, Prior compone territorios accidentados, donde se cruzan ritmos lentos o alucinados y surgen como llamas los rojos y los amarillos. Al superponer capas de pintura, unas sobre otras, se configuran transparencias, vetas y salpicaduras y sus bellísimos e inconfundibles paisajes. Allí está la iconografía surgida de los libros infantiles, los gnomos, conejos, osos, duendes y seres de maravilla que pueblan el imaginario de Prior y sus bosques encantados. Todos ellos arrastran algún rasgo representativo de la condición humana. La pintura sigue el ritmo del pensamiento de Baudelaire: "Infinitas capas de ideas, imágenes y sentimientos cayeron sucesivamente sobre nuestro cerebro, tan dulcemente como la luz. Pareció que cada una sepultaba la anterior, pero, en realidad, ninguna había desaparecido".

Con un gesto de humor y perspicacia, el artista traslada a sus personajes un amplio abanico de sentimientos y así les otorga sentido a sus relatos. Ante el estupor o la aflicción de un muñeco, el espectador establece de inmediato conexiones con la vida real, aunque el hechizo del universo fantástico nunca se quiebra. La forma del osito de peluche fue mutando desde 1981 hasta hoy, humanizándose, pero su misión no ha cambiado: su deber es aplacar el drama. Si se cotejan las cualidades de Prior con las de las estrellas internacionales de la Transvanguardia, el neoexpresionismo alemán y la nueva imagen estadounidense, resulta inevitable ver los méritos inocultables de su pintura. Pero en la década del 80 la apertura de los circuitos internacionales recién comenzaba.

Dejá tu comentario