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Altieri, otro sacudón que altera tregua
El expediente Altieri extiende sus nervios hasta la hostil cohabitación entre Scioli y su vice. Una de las primeras maniobras de Gabriel Mariotto apenas juró en la provincia fue dar soporte a los detractores peronistas del intendente de Pinamar.
No fue una jugada ingenua: Altieri -que volvió a gobernar el distrito luego de la caída de Roberto Porreti y de la gestión de su sucesor, Rafael De Vito- ingresó como colectora sui generis con inocultable respaldo del gobernador. Es, a su modo, un sciolista puro.
El peronismo, que se agrupa en el bloque Proyecto Nacional -otro mensaje para La Plata-, está lejos de la uniformidad: entre ellos, además de Porreti, alguna vez apadrinado por Carlos Kunkel, aparece Alfredo Baldini, que reporta a Mariotto.
Rosana Di Pasquale, a su vez, fue candidata en 2009 -para completar el mandato del suspendido Porreti- patrocinada por Alberto Balestrini, que sostenía la teoría de que el PJ tenía que tener, sí o sí, candidato propio y no ir detrás de un extrapartidario como Altieri.
A esta altura, aunque anunció que desafiará la resolución de los concejales, el intendente aparece sin espaldas: con ínfima presencia en el Legislativo local, casi no tiene capacidad de contraofensiva y el aporte del sciolismo no alcanza para evitar lo que parece inevitable: la destitución definitiva.
Le anotan 33 cargos a Altieri y la oposición tiene los votos. En ese caso, Pinamar se apropiará de un récord: tener que elegir sucesivamente, cada dos años intendente: Porreti en 2007, Altieri en 2009; Altieri de nuevo el año pasado y tendrían que votar en 2013.
«Estoy listo: no me salva ni Dios» anticipó el 5 de mayo Altieri al participar del lanzamiento de La Juan Domingo. Lo decía por la soledad legislativa, pero sus opositores usan otro argumento: las desprolijidades en su gestión, entre ellas la entrega de una casa de plan oficial a su hija.
En el último tiempo, con el intendente ya «condenado», Mariotto levantó el pie: un gesto, tardío pero gesto al fin, de no agitar una crisis «institucional», según lo que mandó a decir, que a esa altura ya era irrefrenable.
Formó parte, además, de otras embestidas: la comisión investigadora del caso Candela, la de Luciano Arruga, y el más reciente pedido de informes sobre la publicidad oficial.
El rebote de esos movimientos fue la irrupción de un subbloque, nunca declarado, que complicó el manejo de la Cámara. En estas horas puede aparecer otro conflicto: los autonomistas de Quequén reclaman el tratamiento de un proyecto en el Senado para lograr la independencia de Necochea.
El intendente de esa ciudad es Horacio Tellechea, uno de los jefes comunales vinculados con Mariotto. Sectores del PJ impulsan ese proyecto para incomodar al vice y hacerlo tomar posición: castigar a un alcalde aliado o pagar el costo de negarse a la autonomía.
Aunque gestados en días más difíciles, ambos episodios -de impacto notablemente distinto- se acumulan en estas horas cuando rige una tregua parcial entre Scioli y la Casa Rosada. Mariotto se invisibilizó -en parte para no hablar del affaire Ottavis- para no animar los entuertos con el gobernador.
Puede que en estos días eso cambie: la decisión de Scioli de retomar el diálogo con los chacareros, aun después de que anuncien un paro nacional, podría desatar una nueva andanada de castigos K sobre el Gobierno provincial.
¿El costo de esa conducta de Scioli? Todavía incierto: por ahora, el Gobierno nacional no giró fondos extras para enfrentar los pagos que se avecinan. Anular el goteo de recursos ha sido, en estos tiempos, el modo K de expresar su disgusto.
P.I.


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