2 de mayo 2011 - 00:00

Amalgama de carisma y de rigidez moral

Benedicto XVI besa el relicario que contiene sangre del beato Juan Pablo II durante la ceremonia de ayer. El proceso de canonización será, se descuenta, también muy rápido.
Benedicto XVI besa el relicario que contiene sangre del beato Juan Pablo II durante la ceremonia de ayer. El proceso de canonización será, se descuenta, también muy rápido.
Roma - Fue un papa tan carismático y popular como controvertido. Juan Pablo II atrajo a multitudes en sus viajes alrededor del mundo, contribuyó a la caída del comunismo en Europa e impulsó el diálogo entre las grandes religiones, pero también mantuvo una postura inflexible en cuestiones morales y de fe que le granjearon no pocas críticas e incomprensiones.

Su elección como jefe de la Iglesia Católica el 16 de octubre de 1978 causó una gran sorpresa. No sólo era el primer papa no italiano en 455 años, sino que procedía de un país de influencia soviética: una apuesta audaz, pero también una provocación en tiempos de Guerra Fría y persecución religiosa en el bloque comunista.

En su natal Polonia fue celebrado ya en vida como un gran padre de la patria, que a través de su apoyo al sindicato independiente Solidaridad de Lech Walesa en los años 80 puso en jaque al régimen del general Wojciech Jaruzelski y contribuyó al desmoronamiento del comunismo también en otros países del este de Europa.

Karol Wojtyla nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice, junto a Cracovia. Su madre murió cuando era un niño; la siguió su único hermano y más tarde su padre, y perdió así a su familia cuando tenía 20 años y Polonia estaba ocupada por la Alemania nazi.

«Lolek», como lo llamaban sus amigos, participó en la resistencia antialemana ayudando a salvar a familias judías, mientras estudiaba teología en un seminario clandestino, pertenecía a un grupo de teatro y trabajaba en una cantera y una fábrica.

Un año después de terminar la II Guerra Mundial (1939-1945) fue ordenado sacerdote y enviado a Roma, donde se doctoró en Filosofía. En 1948 regresó a Polonia, entonces ya comunista, y trabajó de párroco hasta que fue nombrado obispo auxiliar de Cracovia en 1958 y arzobispo en 1962. A principios de los 60 participó en el Concilio Vaticano II y en 1967 fue ordenado cardenal por Pablo VI, quien murió en 1978 y fue seguido por Juan Pablo I, papa por apenas 33 días.

Desde el inicio de su pontificado, Juan Pablo II se distinguió por su espontaneidad, su buen humor y su cercanía a los fieles. Era un papa mediático y políglota que estrechaba manos, daba abrazos y besaba a niños durante multitudinarias audiencias y misas, algo que llegó a costarle caro: el 13 de mayo de 1981 el turco Mehmet Ali Agca lo hirió de un disparo en la Plaza de San Pedro.

Su popularidad creció con sus visitas a 129 países, que le valieron el apodo de «el papa viajero». Entre los más comentados estuvo los que realizó en 1988 a Cuba, donde fue recibido con todos los honores por Fidel Castro, y a Tierra Santa, por el Jubileo del Año 2000, en el que pidió perdón ante el Muro de los Lamentos por las persecuciones de los cristianos a los judíos. Fue el primer papa en visitar una iglesia luterana, una sinagoga y una mezquita y dialogó con los líderes de otras religiones en los encuentros de Asís. Sin embargo, su apertura ecuménica contrastó con la firme ortodoxia que defendió en el catolicismo.

Junto con el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, condenó tanto determinadas posturas de la Teología de la Liberación o de teólogos reformistas como Hans Küng o Leonardo Boff, como al movimiento ultraconservador de Marcel Lefebvre, a quien excomulgó, iniciando el mayor cisma de tiempos modernos.

En temas morales de gran sensibilidad social, Wojtyla mantuvo siempre una postura inflexible, condenando una y otra vez el aborto, la inseminación artificial, el uso de anticonceptivos o la práctica de la homosexualidad, además de la eutanasia o la experimentación con células madre embrionales. También reiteró la obligatoriedad del celibato sacerdotal y dio un no «definitivo» al sacerdocio femenino.

Su muerte el 2 de abril de 2005 desató una avalancha de peregrinos sin precedentes: llegaron a Roma en pocos días más de un millón y medio de personas que realizaron largas colas para rezar ante sus restos. Su funeral, que atrajo a las más altas personalidades de los cinco continentes, estuvo marcado por los gritos y pancartas de «¡Santo subito!» («¡Santo ya!»), un paso del que está más cerca con su beatificación de ayer.

Agencia DPA

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