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América Latina se debe una postura común ante Obama
Barack Obama
A pesar de estas dificultades se percibe una suerte de esperanza en el sentido de que esta nueva presidencia norteamericana podrá, en definitiva, ayudar a crear las condiciones para un mundo mejor y accesible a un mayor número de personas. Si las crisis presentan oportunidades, no hay duda de que éste es el momento propicio de trazar nuevos lineamientos, más democráticos y participativos para la comunidad internacional. La convocatoria al G-20 y sus próximas reuniones ofrece una clara evidencia que Obama y su equipo comprenden la importancia de una mayor horizontalidad en las decisiones y de atemperar el «elitismo» derivado de las instituciones creadas con posterioridad a la primera y segunda guerras mundiales.
Todo lleva a suponer que se fortalecerá al Departamento de Estado, acentuando la diplomacia multilateral, principalmente a través de las Naciones Unidas y la OEA por ser organismos universales que EE.UU. integra. Ello sin perjuicio de otros foros y de la acción bilateral cuando convenga. En realidad nada novedoso, pero ciertamente estimulante si se consideran las consecuencias negativas de soslayar durante los últimos años la opinión de la diplomacia profesional.
Es útil recordar entonces que una buena diplomacia necesita de un número breve pero necesario de condiciones para ser eficaz. La primera es la claridad. Esto es, superar la tendencia a la ambigüedad tan recurrente en las burocracias inseguras y poco entrenadas. La segunda es la afabilidad. Esto implica comprender que la intemperancia es contraproducente y que nadie, en un mundo globalizado es, para siempre, un adversario y, mucho menos, un enemigo. La tercera es la confianza en las propias convicciones, sin lo cual no se pueden transmitir adecuadamente los puntos de vista ni persuadir al interlocutor. Por último, la paciencia y la prudencia, condiciones sustanciales para lograr resultados duraderos, diciendo las cosas justas, con sentido de oportunidad y la sensibilidad necesaria para no herir a la contraparte. Estas condiciones parecerían ser extraídas de un tratado de diplomacia, escrito por algún embajador experimentado. Pero no es así. Fueron pronunciadas por el Santo Padre Benedicto XVI en ocasión de reflexionar ante un grupo de feligreses sobre el verdadero contenido del diálogo sincero.
Ante la perspectiva que implicará la relación con la diplomacia de la nueva administración demócrata se podría hacer buen uso de los conceptos del Papa. Resultará de utilidad en el momento que procuren acercar propuestas para los problemas regionales y mundiales. Pero, en cierto modo, sorprende constatar que ni durante la campaña presidencial que consagró a Obama ni en este período de transición que concluye, América Latina intentó abiertamente promover una posición unificada con los aspectos esenciales que la región desearía presentar a la nueva administración. Algunos países actuaron individualmente, otros se enredaron en recriminaciones más adecuadas al pasado que útiles para el futuro y la mayoría permanece aun sin iniciativa.
No cabe duda de que América Latina merece una mayor interlocución en los asuntos mundiales. Los países emergentes de la región y la región en sí misma también. Ello es legítimo y conveniente. Esa interlocución se logra actuando preferentemente en conjunto para contribuir a solucionar los problemas más acuciantes de la agenda mundial. Muchos países han dado ejemplo de esto. La Argentina entre ellos. Durante la gestión del Dr. Raúl Alfonsín, la Argentina articuló con varios países del hemisferio su acción en el Grupo Contadora y con líderes europeos y no alineados los siempre útiles esfuerzos hacia el control de armamentos. La tendencia se profundizó -en un escenario pos Guerra Fría- durante el gobierno de Carlos Menem. La presencia en los Balcanes, Haití, Kuwait, Chipre, entre otras, el desarme, las cuestiones humanitarias y la preservación del equilibrio subregional junto con Brasil, dieron a la Argentina interlocución internacional al más alto nivel, circunstancia que su diplomacia asumió sin estridencia. Durante el gobierno de Fernando de la Rúa, la secretario de Estado, Madeleine Albright, declaró que el entendimiento entre la Argentina y los EE.UU. durante la década -lo que incluye a republicanos y a demócratas- fue el evento más importante en las relaciones hemisféricas durante el siglo XX. El gobierno de Eduardo Duhalde se mantuvo deliberadamente distante de los sucesos de Irak y actuó junto con Canadá, Chile y México en las gestiones a favor de mayor tiempo, más diplomacia y más preciso conocimiento de la realidad en territorio iraquí. No obstante esta tajante divergencia con Estados Unidos, llevó a Washington elaboraciones para establecer un nuevo «consenso» hemisférico, iniciativa que le valió expreso reconocimiento. Por su parte, el presidente Néstor Kirchner avanzó visiblemente en las cuestiones internacionales relacionadas con los derechos humanos iniciadas durante la administración radical de Raúl Alfonsín.
Todos estos ejemplos, de mayor o menor importancia según la perspectiva histórica, demuestran la capacidad de América Latina para participar en el sistema internacional con realizaciones concretas. Seguramente es lo que espera y necesita la nueva administración demócrata. Sería siempre mas productivo e integrador que la región actuase unida y articulada para expresarse a la altura de su capacidad real en estos tiempos tan difíciles de desorden y escasez.
(*) Embajador y ex vicecanciller.


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