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“ANDATE POR LA PUERTA GRANDE”, LE ROGÓ ANÍBAL
El ex titular del Banco Central le dijo que él no estaba en contra del Decreto 2.010 que crea el Fondo del Bicentenario. «¿Entonces por qué no lo aplicás?». «Es que necesito encontrar un argumento sólido para evitar que haya embargos de los fondos buitre. Si el dinero de las reservas pasa a ser del Gobierno, se van a abalanzar sobre esa plata y va a ser un desastre». Fernández le respondió que el Gobierno tenía conocimiento de que eso no iba a ocurrir. «¿Quién dice eso? Yo soy el responsable de esas reservas y después voy a tener que dar explicaciones».
«Che, mirá -le respondió-, la política económica la lleva la Presidente. Si no estás de acuerdo, renunciá; no podés tener una actitud diferente. Pero cuando vos firmaste el uso de reservas para pagarle al Fondo no dijiste nada. Cuando firmaste lo del Fondo, era mucho más, el 10% de las reservas, y no dijiste nada».
Redrado: «Eso era distinto; acá puede haber embargos, no es lo mismo».
«Para mí que se enojó porque se enteró por los diarios de todo», remató Fernández levantando carcajadas entre los presentes. Le pidieron más detalles y contó: «Después volvió pidiendo un stand by, volver atrás. Pero era tarde; las operaciones estaban en marcha. Además, me enteré de que había tenido un almuerzo con periodistas del monopolio en donde les había dado letra sobre su actitud».
El debate quedó trabado, y el jefe de los ministros insistió en que presentara la renuncia. Redrado dijo que no lo haría y cortó el diálogo. Por eso, el jefe de Gabinete imaginó la peregrina historia de que le aceptaban las varias renuncias verbales que Redrado había presentado.
Al escuchar el relato, Boudou, el más locuaz de todos, dio una explicación que, saliendo de su boca, vale oro: «Redrado sabía que en setiembre no le iban a renovar el mandato. Por eso prefirió dar el portazo y pegarse a la oposición del Gobierno».
El ministro de Economía le quiso poner algo de alegría a este ritual masivo. «Tuvo que pasar esto para que llamés a reunión de gabinete», lo tuteaba a Aníbal Fernández. En un pasaje más circunspecto de la reunión, uno de los ministros reparó en el considerando que justifica la medida en que no se ha integrado la comisión que debe opinar sobre esta destitución. «No existe la comisión; se la comió Cobos». «¿Cómo?». «Sí, nunca la integró, se la comió. Ahora, esa comisión no está porque tampoco se la integró con los nuevos legisladores. ¡Cobos se la comió!», repitió lo que cree es un hallazgo verbal que repetirá hoy por las radios. Del dramatismo oficial, a un clima casi de jolgorio. Pero se equivocaba el ministro: esa comisión de cinco miembros tiene tres ya designados. Son Julio Cobos mismo y los diputados Alfonso Prat Gay y Gustavo Marconatto. Faltan dos senadores, pero con los tres mencionados ya puede tomar decisiones.
Es para anotar, como otra novedad de este verano violento, que el Gobierno haya hecho la primera reunión de gabinete desde la asunción del matrimonio Kirchner. Los debates de ministros son una modalidad que se dejó de lado ya desde la presidencia interina de Eduardo Duhalde. El temor a que se filtrasen discusiones, un estilo radical de relación entre los presidentes y sus ministros (consagrado ya por Duhalde en la gobernación de Buenos Aires), la administración con estilo vertical y sin consulta, salvo con los entornos, son algunas de las razones de la desaparición de estas reuniones. La ejecución de Redrado dio esta vez motivo por lo delicado de la operación, que exigía algunas explicaciones a los ministros que firmaron un decreto que tendrá andadura en Tribunales y puede crearle responsabilidades por un acto decidido en la intimidad conyugal, con una débil legalidad. Es viscoso lo que hizo Redrado al resistirse a dictámenes del Gobierno que lo designó, pero también lo es el trámite que le ha dado el Ejecutivo a este procedimiento, que iba ser una señal saludable lanzada a los mercados, pero que se estrelló en el blindex de la necedad que suele animar los actos del Gobierno.
No estuvo Cristina de Kirchner, quien se disculpó porque se preparaba para un acto en Virrey del Pino (La Matanza); tampoco le gusta verse con los ministros y, menos, en un instante de tensión, como fue el taller literario que montó Zannini en el despacho de Aníbal Fernández para desmenuzar ante los ministros el texto del resbaladizo decreto. El jefe de Gabinete había citado a los ministros a su despacho para las 17, a quienes esperó junto con el secretario legal y técnico y con Amado Boudou; ambos pasaban por la pantalla en donde estaba el borrador del texto. Se ocuparon, mientras estaban a solas, de llamar varias veces a Miguel Pesce, que presidía una sesión del directorio del Central, para que les confirmase que Redrado no había asistido a la reunión. En los considerandos, una de las causales del despido es no asistir a esa reunión. Pesce le pidió al síndico del Central, Hugo Álvarez, que llamase al despacho de Redrado, quien permanecía reunido con abogados organizando el sitio al salón del directorio (batucada y papelazo de empleados pro Redrado por los pasillos para aturdir a los directores pro Gobierno, bloqueo para impedir el ingreso de cafeteros y mozos).
Redrado mandó a decir que no bajaba porque había desconvocado a esa reunión (ver nota aparte) y porque estaba enojado con Pesce por lo que había dicho contra él por una radio.
Recién cuando se confirmó, se dio el «enter» al decreto. La prisa era porque Julio De Vido pasaría sólo a firmar, sin participar de ninguna reunión. Con el apuro, se deslizaron algunos errores, ya clásicos en estos decretos-novela que escribe Zannini, que suele confundir considerandos con relatos que explican otros relatos. Alguna vez contó una llamada telefónica entre Aníbal y Carlos Stornelli; ahora mezcló siglas de cámaras bancarias. El Gobierno incluyó, como sustento de la medida, una gacetilla de Abappra (Asociación de Bancos Públicos y Privados de la República Argentina), pero al citar los dichos de ese envío, se los atribuye a la Asociación de Bancos de la Argentina (ABA), que agrupa a los bancos extranjeros, que, sin confesarlo, se horrorizan en estas horas por el destino de Redrado.
Hay que entender, por el estilo ficcional que les da Zannini a estos decretos, que aproveche también los considerandos de la medida de ayer para desarrollar argumentos propios de una discusión de café. El despido se sostiene por la aplicación de leyes que, dicen, le dan la autoridad a la Presidente para destituirlo, pero dos carillas de las diez que tiene la pieza están dedicadas a reproducir pasajes del Decreto 460 del 25 de abril de 2001, por el cual Fernando de la Rúa sacó del mismo cargo a Pedro Pou, por los mismos reproches que se le hacen a Redrado. Un decreto no es una sentencia que puede usar jurisprudencia, pero incluir el cuento de Pou es dar un elemento para la discusión de la medida en las sobremesas. El mensaje es para la oposición: «¿Qué critican ustedes ahora si estamos haciéndole a Redrado lo que le hicieron los radicales a Pou? ¿Tan malo es esto que necesita citar otro antecedente igualmente discutible?». Debería reflexionar el taller literario de Redrado antes de sentarse a escribir.

