24 de diciembre 2008 - 00:00

Anticipo: retrato de Santiago Lenz

Anticipo: retrato de Santiago Lenz
(Fragmento de «Tempestad y asalto»)
Santiago Lenz había nacido en un rincón de Buenos Aires distante a una pedrada de la casa del Virrey y a un poco más de la catedral. Criado por su tía abuela, Alcira, veía a su padre esporádicamente algunos fines de semana, en días de febriles comicios en el Cabildo, en alguna efemérides de la corona o en celebraciones religiosas cuando sus deberes -laxos por otro lado- así parecían reclamarlo.
Su padre se llamaba Theodor Lenz, era de una aldea del curso inferior del Rin, cercana a la frontera suiza. Nacido entonces en Baviera, luego estudiante en Ginebra, paseante en España donde tomó las órdenes canónicas menores, y de allí al Río de la Plata en calidad de novicio de la Compañía (así se la mencionaba ahora, sotto voce...) y destinado primero a la provincia de Charcas, donde fue consagrado; luego a la de San Ignacio, y finalmente a la de Yapeyú, donde se enteró de la orden por la que se disolvió la Compañía, de la cual fue uno de los pocos -tal vez el único, sin dudas el primero de todos- que optó por abjurar. Seguidamente colgó los hábitos, cantó su triple golpe de pecho de arrepentido trisagio, y dadas sus habilidades como escribiente, factótum, variadas dotes oratorias y anejas, recibió un borroso nombramiento en el Buenos Aires de la penúltima década del siglo anterior.
Su abandono de la Compañía lo llevó también al matrimonio con Doña Romilda Casares que era viuda (de un tal Castellanos a secas), algo mayor que Theodor Lenz y de variadas rentas que nunca se encargó de especificar a su reciente marido; que fue madre tardía de nuestro Santiago (imposible a pesar de su florida verba lograr que transigieran con el Jacques), que murió de sobre parto a los pocos días y de la cual, a quien ahora se devanaba los sesos retrospectivamente en medio de un lluvioso insomnio, sólo le quedaba un desvaído grabado de dilatados rasgos.
Así fue creciendo, contentándose con tener una también borrosa imagen (aunque no deteriorada por el tiempo y la mala técnica del grabado) de su padre; una figura lejana, de bigote cobrizo y ralo, monóculo siempre en estado de vertiginosa caída, castellano mechado de latines germanizados, vocales sonoramente guturales, haches convertidas en jotas e imperativas maneras.

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