3 de febrero 2012 - 00:00

Apasionado choque de dos mentes brillantes

Las excepcionales actuaciones de Jorge Suárez como Sigmund Freud y de Luis Machín como C.S. Lewis humanizan el debate entre ambos, y la puesta rica en climas de Veronese aporta frescura  y naturalidad.
Las excepcionales actuaciones de Jorge Suárez como Sigmund Freud y de Luis Machín como C.S. Lewis humanizan el debate entre ambos, y la puesta rica en climas de Veronese aporta frescura y naturalidad.
«La última sesión de Freud» de M. St.Ger-main. Versión y Dir.: D. Veronese. Int.: J.Suarez, L.Machín. Dis.Esc.: D. Siliano. Dis.Vest.: L.Singh. Dis.Ilum.: M.Cuervo. (Multiteatro)

Dos actuaciones excepcionales -la de Jorge Suárez, dando vida a un Sigmund Freud de 83 años, lúcido, cascarrabias y socarrón pese a estar muy enfermo, y la de Luis Machín, como C.S. Lewis, autor de «Las Crónicas de Narnia»- humanizan este apasionado debate intelectual en el que dos mentes brillantes discuten sobre la existencia de Dios, el poder del sexo, la figura del padre y el sentido de la vida, mientras los bombarderos nazis surcan el cielo de Londres.

En realidad este encuentro nunca existió, pero Mark St. Germain lo hizo verosímil al ubicar la acción en 1939, dos semanas antes de la muerte de Freud.

En base a argumentaciones muy bien documentadas, el dramaturgo delineó una polémica plena de vivacidad que muestra a cada uno de los personajes con sus miedos, debilidades y contradicciones.

«Quiero saber por qué un hombre de su inteligencia, que compartía mis convicciones, de pronto abandona la verdad y abraza una mentira insidiosa», dispara Freud ante un intimidado Lewis, que se ha convertido en un entusiasta difusor del cristianismo por influencia de su amigo Tolkien. Los razonamientos de uno y otro (siempre sazonados con chistes, metáforas y citas varias) dejan espacio a situaciones de vida muy concretas: el cáncer de mandíbula que atormenta a Freud; la tiranía que ejerce sobre su hija Anna; la aparente homosexualidad de Lewis; la irrupción de la Segunda Guerra Mundial; la traumática relación de Freud y Lewis con sus respectivos padres, etcétera.

Disquisiciones

La puesta de Daniel Veronese es rica en climas y consigue que los actores se expresen con frescura y naturalidad. No obstante, hay que ir dispuesto a escuchar abundantes disquisiciones que, en general, fluyen amablemente entre recuerdos personales y algunos gestos traviesos, como el de denigrar al oponente metiéndose en su vida privada.

En tren de ponerle garra al asunto, Veronese marcó con sumo detalle los momentos en que el psicoanalista lucha con su prótesis o se ahoga entre flemas sanguinolentas. Fuera de estas imágenes algo chocantes, el consultorio de Freud luce como un refugio cálido y acogedor (realzado por el diseño lumínico de Marcelo Cuervo).

La presencia del mítico diván, junto a los objetos de antiguas civilizaciones que el psicoanalista vienés coleccionó durante toda su vida («Siempre tengo que tener un nuevo objeto para amar») tienen un peso fundamental dentro de la trama.

No se trata de una reconstrucción museística, sino del rescate y valorización de íconos culturales que simbolizan la resistencia del espíritu y la razón en contra de la barbarie que se avecina.

A diferencia de la puesta de Broadway, la escenografía de Diego Siliano está rodeada de una cámara negra que amplía el campo visual y destaca el accionar de los actores.

La ausencia de un conflicto dramático que haga avanzar el desarrollo argumental de esta obra, no le resta interés a la vivaz interacción de dos personajes que resultan entrañables, ya sea por la sencillez con que exhiben sus dudas y temores más profundos, o bien por sus irresistibles réplicas carga-das de ingenio, ironía y malicia.

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