30 de julio 2009 - 00:00

Aprovecha Putin para filtrarse en Latinoamérica

Cuando de molestar a EE.UU. se trata, Rusia nunca se queda dormida. Más cuando el escozor puede infligírselo a Washington en su patio trasero, América Latina, por estos días sacudida entre los sucesos de Honduras, el distanciamiento de Chávez con Colombia, y las amenazas belicistas antiimperialistas tanto del nicaragüense Daniel Ortega como del ecuatoriano Rafael Correa.

Por eso, resulta sintomática la coincidencia del viaje relámpago del viceprimer ministro ruso Igor Sechin a Venezuela, Nicaragua y Cuba, justo en el momento en que más revuelto está el avispero caribeño-sudamericano. Y frente a esta situación, EE.UU. se encuentra, de manos atadas, en un callejón sin salida.

El desembarco de Sechin, unos de los cuadros más poderosos del Kremlin, no es otra cosa que la respuesta a las andanzas diplomáticas de hace pocos días del vicepresidente estadounidense Joe Biden por Ucrania y Georgia.

Para el analista internacional Robert Ámsterdam, esta gira del ruso es, además del «deseo de darle una trompada en el ojo a Washington, y la manera de taparle la boca a la secretaria de Estado Hillary Clinton, cuando se refirió a que «no existen más las esferas de influencia» en el mundo». Con lo cual, si las ex repúblicas de la URSS, Ucrania y Georgia, están fuera de la periferia rusa para EE.UU. y la OTAN, lo mismo pasaría, en lo que respecta a los rusos, con Sudamérica y la doctrina Monroe.

Esto de responder desde la represalia ya es moneda corriente en la relación EE.UU.-Rusia. En octubre del año pasado, Moscú envió al secretario de Seguridad de la Federación Rusa, Nicolai Patrushev, de viaje por Buenos Aires, Quito y Caracas.

El objetivo: retrucar la intromisión de EE.UU. en el conflicto de Georgia-Ossetia del Sur de agosto y aprovechar la distracción de Washington en el tramo final de la campaña presidencial para cerrar acuerdos en seguridad, comunicación satelital, energía y armamento. Aunque la excusa «oficial» fue que ese funcionario de primer nivel lideraba, en el caso argentino, la «avanzada» para la visita de la presidente Cristina de Kirchner a Moscú en diciembre.

Respecto de lo que significa el viaje de Igor Sechin a Caracas, Managua y La Habana de esta semana, no hay que distraerse. Sechin no es uno más entre los cinco viceprimeros ministros que tiene el Kremlin. Es quien tiene a cargo toda la política energética rusa (que es, en sí, una política de Estado, y forma parte de la política exterior de Moscú) y asimismo es la cabeza de Rosneft, la empresa energética que absorbió a la gigante Yukos (y para hacerlo, se dice que Sechin se encargó de que a su fundador, el magnate Mijail Jodorokovsky, le tocasen 8 años de prisión en Siberia).

Pero Sechin es más todavía. Este «zar de la energía» -como lo llaman en los círculos del petróleo y del gas-, es un ex KGB, formado al lado del actual presidente Vladimir Putin (llegó a ser su jefe de Gabinete) y desde principios de 2008, con el Gobierno de Dmitri Medvédev, el «controller» del primer ministro ruso.

Sechin sigue, siempre, todas las órdenes de Putin. Es el operador principal para la política latinoamericana (en el segundo semestre de 2008 realizó tres viajes a la región), y habla perfecto español, portugués y francés de sus épocas como intérprete oficial en Mozambique y Angola.

Su historial, sin embargo, se enturbia en los años del Soviet. De acuerdo con los analistas de Stratfor, «Sechin fue la punta de lanza durante la URSS para el contrabando de armas a Latinoamérica y el Medio Oriente».

El rápido pasaje del viceprimer ministro ruso por Venezuela, Nicaragua y Cuba dejó en los tres países un patrón repetido de acuerdos sobre pesca, gas y petróleo. A los nicaragüenses les ofreció, además, exenciones de visado, y a los cubanos, inversiones por u$s 150 millones para maquinaria agrícola y de la construcción.

En tierras chavistas, no obstante, el ladero de Putin se dio un gusto: con los representantes del consorcio energético conformado por TNK-BP, Lukoil, Rosneft, Gazprom y Surgutneftegaz y su contraparte venezolana PDVSA, visitó el yacimiento Junin 6. Ubicado en la cuenca del Orinoco, estuvo concesionado a la norteamericana Conoco-Philips, hasta 2007, cuando Chávez lo estatizó. Aunque hubo, todavía, otro mensaje más para Washington: el anuncio de Hugo Chávez de que compraría más tanques modelo T-90 a los rusos. Para Sechin: misión cumplida.

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