28 de febrero 2011 - 00:00

Arabia Saudita: ¿el pasaje a la segunda recesión mundial?

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
Ya no están el presidente Bush ni sus halcones en la Casa Blanca. EE.UU. no pretende exportar la democracia a Medio Oriente a toda costa como si fuera un paquete de software compatible con cualquier usuario y sociedad. Son otros tiempos. Turbulentos (como casi siempre), pero, tal la novedad, preñados de una estupenda paradoja. El mundo árabe es un volcán en erupción, sólo que no lo inflaman los nacionalismos, las reivindicaciones territoriales ni la Jihad. No lo agitan los gobiernos ni las prédicas de líderes políticos o religiosos. El magma que asciende son las protestas de los ciudadanos de a pie. Cortesía de una demografía exuberante, los jóvenes con su osadía definen la agenda. ¿Y qué piden? Nada. Exigen. Quieren el acceso a sus derechos civiles y políticos. Piden lo imposible. Lo que nunca existió en su tradición.

Razón no le falta a Gadafi (accionista de la Juventus y del banco Unicrédito) cuando culpa al Nescafé. Esta es una revolución cultural, aunque difiera de la de Mao. Reivindica sí los temores de Ariel Dorfman cuando husmeaba con recelo la carga ideológica del Pato Donald. Los temores, los resultados son precisamente los opuestos. Lo que no pudieron Rumsfeld ni Wolfowitz lo facilitan, sin esfuerzo ni molesta intromisión, Twitter y Facebook. Y ya es tarde para cortar el acceso a internet. Se podrá perturbar la coordinación de la iracundia, pero la contaminación cultural se consumó. La democracia se convirtió en el objeto del deseo. No importa cuán inalcanzable. Nadie podría imaginar una revuelta de visigodos clamando por su ración de tortilla de patatas. Es la globalización la que permite ensayar estos saltos. Y no tiene por qué limitarse al Mediterráneo. Se entiende que las autoridades chinas se preocupen en reforzar sus propias murallas.

Tres cosas sobran en el Magreb: arena, petróleo y autocracias. Y, como se dijo, un artículo falta por completo: la tradición democrática. En su momento, Gran Bretaña pudo injertarla, pero no le interesó. Si asequible, no será una transformación sencilla. No cabe esperar, mucho menos, que prendan los primeros brotes. Tradición de elecciones sí existe, pero no nutre igual la paja que el trigo. Desde ya, el impedimento no es la aridez del suelo, como lo prueba la experiencia de Israel.

Interrogante

La pregunta es la de siempre. ¿Podrá el mundo asistir a la democratización del Medio Oriente sin perecer en el intento? George Bush Jr. pensó que sí. Impulsó de prepo su implantación «llave en mano» sin titubear a la hora de forzar los argumentos, pero no logró lo que buscaba. ¿Se probará un visionario? En todo caso, corrió la suerte de los pioneros. Quizá, como Manuel Belgrano en su expedición al Paraguay, su principal error haya sido arribar a escena antes de tiempo. En la coyuntura que asoma, el destino de Sadam Husein no hubiera podido ser muy distinto del de Mubarak o Gadafi. La demanda de mayor participación política brota de adentro, y ya no como una imposición del exterior. Pero, nadie debería confundirse, los riesgos son exactamente los mismos. La región es un polvorín a cielo abierto, y el mundo depende del petróleo que de allí se extrae de manera crucial. Si la situación se sale de control no se podrán evitar ni la zozobra ni la parálisis. Túnez, Egipto, Libia son piezas menores y que admiten reemplazos. Arabia Saudita era la clave cuando Bush hizo pie en Irak, y lo sigue siendo hoy en día. Su contribución no tiene sustituto a mano. Desestabilizar el país sería la manera más veloz de comprar el ticket a una segunda recesión mundial, ya no por debilidad de la demanda agregada sino por la contracción de la capacidad productiva. Y no hay artilugio monetario que pueda remediarlo.

Entiéndase bien, el shock adverso de oferta todavía no se produjo. Sólo comenzó a anticiparse la posibilidad de que ocurra. Libia es un magullón. No será la suerte de Gadafi, sino la del rey Abdullah la que oficie de gatillo. No es casual que el rey haya retornado a su patria interrumpiendo tres meses de tratamiento médico. Ni que lo hiciera con un paquete de anuncios por 37 mil millones de dólares bajo el brazo. Si lo que se pide son alimentos baratos, subsidios, empleos u obra pública, el régimen podrá satisfacer los reclamos. Hay recursos en las arcas públicas (y ahora también predisposición). Si lo que se procura son derechos civiles (en un país donde la mujer no está autorizada a manejar automóviles) y políticos, las tensiones serán inevitables.

No todo es tan sombrío como parece. La crisis árabe no arrima certezas, aunque justifica, sí o sí, la instalación de un zócalo mayor de incertidumbre. Vale recordar que hasta el Irán de los ayatolas encuentra útil a sus intereses vender su petróleo al resto del mundo, y no hacerlo desaparecer de los mercados. Si lo que la población ansía es la democracia y no la guerra santa, Occidente es un aliado natural: el modelo a imitar, ya no a denostar. De ahí el rasgo más curioso de esta masiva rebelión panárabe: la ausencia total de agresión hacia los chivos expiatorios de costumbre. El enemigo, esta vez, no es el extranjero. Si además se pretende vivir mejor, ya no en el más allá sino en este duro valle de lágrimas, qué otra herramienta tendrán los gobiernos -sean autocracias camufladas o no- que producir y exportar todo el petróleo que se pueda. El verdadero problema en ciernes es menos el destino final de la experiencia que los azares imprevisibles del viaje. La urgencia por soltar amarras es comprensible, pero no se cortarán solas. De ahí la necesidad de la tormenta. Esa misma tormenta es la que hace temer el naufragio.

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