3 de agosto 2010 - 00:00

Artistas diferentes con raíces en principios de las vanguardias

Izquierda, «Nudo de autopista», video donde Hasper propone pintar con colores radiantes las columnas de las autopistas. Arriba, uno de los objetos con los que Miliyo persigue el placer visual o retiniano.
Izquierda, «Nudo de autopista», video donde Hasper propone pintar con colores radiantes las columnas de las autopistas. Arriba, uno de los objetos con los que Miliyo persigue el placer visual o retiniano.
La galería Ruth Benzacar presenta en estos días las muestras de Gachi Hasper y Emiliano Miliyo, dos artistas que si bien pertenecen a diversas vertientes, coinciden al profundizar el rumbo de sus investigaciones estéticas. Desde hace años Hasper indaga las formas de una colorida abstracción que se ha vuelto levemente rítmica en la exposición actual, mientras Miliyo insiste en un conceptualismo que, a pesar del rigor intelectual, persigue el placer visual o retiniano, entre otras cuestiones del orden sensible. Las obras de ambos hunden sus raíces en los principios de las vanguardias.

Los antepasados de Hasper se remontan a los padres del arte abstracto, pero además de Mondrian y Kandinsky, su amplia genealogía se retrotrae hasta nuestros artistas concretos y Madí, el brasileño Oiticica y los cinéticos venezolanos, y también hasta las geometrías del británico Damien Hirst.

Las nuevas pinturas de Hasper están hechas de color y movimiento. Las bandas de radiantes colores rosados, celestes, verdes, rojos, anaranjados, se deslizan y juegan sobre las inmensas superficies de las telas celestes o blancas, inmaculadas. Estas cintas movedizas, entrelazan sus propias simetrías y las pinturas establecen una suerte de conexión con las carreteras que se divisan al fondo de la sala, en «Nudo de autopista», un video que forma parte del nuevo proyecto de Hasper. La artista propone pintar con colores radiantes las columnas de algunas autopistas de Buenos Aires, y muestra el bellísimo resultado en unas fotos intervenidas digitalmente. A la vez, el curador de la exhibición, Roberto Amigo, emulando la propuesta de Hasper, transportó estos mismos colores a las columnas de la galería.

De este modo, con las cintas de colores danzando al compás de la música de John Cage que inunda la sala, con el dinamismo del tránsito incesante de las carreteras y las formas geométricas dispuestas con una gracia especial, la artista genera una ambientación, crea un espacio cinético y le depara un placer al espectador que remite a la idea de la estetización de la vida del hombre posmoderno.

La obra de Hasper trasciende el cuadro, plantea la posibilidad de embellecer el entorno urbano y agudizar la conciencia estética, con el agregado de unas simples pero estratégicas pinceladas de colores.

Universo

En su última muestra, Emiliano Miliyo había resignificado elementos tan disímiles de la historia del arte como los balones de Jeff Koons o la anamorfosis del cuadro «Los embajadores» de Holbein, la imagen deformada de una calavera, un recordatorio de la muerte, un exorcismo contra la vanidad. Con la misma inspiración, en la muestra actual muestra un manto negro con los pliegues típicos del barroco, enmarcando un esqueleto humano. Hay objetos sorprendentes, como el respaldo de un sillón diseñado por el matrimonio Eames en los años 50 con los planetas del sistema solar sobre el cuero negro; hay, también, unos llamativos guantes de box rojos con lentejuelas, un enorme billete de dólar hecho un bollo y arrojado en el piso, una imagen del film «Fantasía» de Walt Disney, junto a la foto de un ojo con una pupila donde se refleja el monte Gólgota y sus tres cruces.

Otro objeto significativo es una pala que invita a evocar el primer ready-made de Duchamp, aunque Miliyo suplantó su mango por un tubo de luz fluorescente que recuerda el arte de Dan Flavin. Los objetos cumplen una triple función, causan desconcierto, a la vez seducen y atrapan la mirada y sacuden la memoria. Así, el artista invita al espectador a dejarse penetrar por las resonancias y reminiscencias que suscitan sus «Inefables» trabajos, tal es el título de la muestra.

De acuerdo a la sensibilidad, la cultura visual, los conocimientos y las experiencias de quienes se dediquen a mirar desprejuiciadamente la muestra y se dejen llevar por las evocaciones que suscita, las obras despertarán nuevas y muy particulares sensaciones.

Lo que Miliyo pone frente a nuestros ojos es una serie de hitos «inefables» que configuran el universo de un artista, representado en una bombita de luz que funciona como un ojo, o una llanta que esconde un complejo rulemán.

Hay además dos pequeñas maquetas para revivir el pasado: la disco Cemento, donde a fines de la década del 80 Miliyo mostraba sus obras con el grupo Mariscos en su Calypso; y luego, una escenografía exacta a la de todos los hogares del planeta cuando el 20 de julio de 1960 el hombre llegó a la luna, con la antigua TV en blanco y negro y su sonido impuro, con un sillón, una mesita baja y una alfombra. Sin nostalgia, Miliyo nos habla de la materia prima del arte, capaz de cobrar vida apenas se agitan los recuerdos, y de esa pelea imposible, con lentejuelas de colores en los puños.

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