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Artistas que privilegian el placer “retiniano” del arte
Una de las obras de «Tururú», la muestra en la que Lorena Ventimiglia aborda el tema de la locura con especial elocuencia y una libertad admirable para dejarse llevar por el mundo de la sinrazón.; Heredero de la pintura mental y la quietud metafísica de Lacámera, y también de las pinturas fotográficas del alemán Richter, es difícil advertir qué técnica utiliza el excelente Juan Andrés Videla
Desde la calle Humboldt se divisa en la vidriera el mural de Videla. Se trata de una de las imágenes más representativas de un artista que sabe retratar, como pocos, la nostalgia del suburbio bonaerense donde vive. Con grafito aplicado sobre fórmica, Videla logró brindarle al paisaje del jardín de su propia casa, las cualidades de una copia fotográfica en blanco y negro. La obra impone la distancia de la fotografía y la cálida cercanía del dibujo, pero resulta difícil advertir cuál es la técnica utilizada.
Heredero de la pintura mental y la quietud metafísica de Fortunato Lacámera, pero también de las de «pinturas fotográficas» del alemán Gerard Richter, Videla ha dibujado un jardín con matices grises, una imagen nítida que se percibe sin embargo como un recuerdo borroso.
La ausencia de color torna anacrónica la obra, refuerza la sensación de lejanía y la pone en el pasado. El formato de la imagen, acentuadamente apaisado, semeja el de un ancho ventanal. Desde allí se divisan la base de un árbol inmenso y unos viejos maceteros dispuestos al azar. A lo lejos, como único testimonio de los habitantes del lugar, unas bicicletas descansan sobre un tronco, delante de la reja que rodea la casa, cerca de la puerta. La labor manual del dibujante, el recorte del campo visual, le otorgan al paisaje una condición íntima, lo presentan como un espacio protegido, aislado y finalmente, cargado de sentido.
Densidad
En la sala principal de la galería, fluyen densas las mareas de pintura que cruzan los paisajes abstractos de Capilla. Todavía está fresco el recuerdo de su última muestra en el Centro Cultural Recoleta y se advierte el avance de lo nocturno y la oscuridad, en unos ritmos negros y fantasmales que conforman los barridos y los brillos de la materia. Como un gesto poético, el artista deposita en medio de esos mares negros, breves empastes de pintura con formas ambiguas, orgánicas y casi abstractas, que recuerdan las flores, barcos, mariposas o pájaros en vuelo. El suave bajorrelieve realizado con espátula, dibuja curvas y contracurvas demasiado peinadas, lustrosas y, acaso, también, demasiado artificiales.
Locura
La muestra de Ventimiglia se llama «Tururú» y aborda el tema de la locura con especial elocuencia, aunque la exhibición deja flotando una duda. Si bien es cierto que la artista pudo pintar estos cuadros desde el umbral seguro del equilibrio mental, existe la posibilidad de que lejos de establecer cualquier distancia, se internara en un mundo demencial para llenar sus ojos con nuevas visiones. Como sea, si se tiene en cuenta el temor que engendra la locura, Ventimiglia demuestra una libertad admirable para analizar, comprender, dejarse llevar y hasta rendirse ante las formas y colores que esconde el mundo de la sinrazón.
De vuelta de algo que supera la ficción y que se adivina como un viaje irracional, ella ha traído a la sala de exposiciones unos ojos algo extraviados con círculos que parecen girar alucinados hasta convertirse en un punto, unos colores claros, celestes, verdes y rosas exaltados e incomparables, unos contornos y rostros deformados que se desplazan como amebas por los cuadros y, sobre todo, el sorprendente clima, las sensaciones desestabilizadoras que provoca un arranque genuino de insensatez.
La obra muestra un mundo desquiciado, y en un texto erudito, «Sobre el arte de perder el tornillo», que Rodolfo Biscia dedica a la exhibición, se observa: «A los personajes de Ventimiglia, un equilibrio sutil los preserva de la completa escisión. (.)Retratos con mucho de paisaje y nada, absolutamente nada, de afectación; subjetividades que dicen yo, pero con una inflexión particularmente desencajada: han sido expulsadas del Jardín del Ego, y ahora vuelven a sumirse en el caos primigenio del que todos surgimos, democráticamente, día tras día. La esquizofrenia que los anima es elegante y gentil, personalísima».
En suma, las escenas de Ventimiglia provocan el extrañamiento de lo que escapa al control, ostentan el atractivo inquietante del descontrol.


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