Aún quedan varias burbujas por estallar

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Las hipotecas de segunda calidad (subprime) conformaron sólo una de las muchas burbujas que coronaron un largo período de fuerte crecimiento. La plata fácil -una explosiva combinación de emisión feroz por parte de los Estados y altísimos niveles de multiplicador bancario y parabancario- generó la burbuja inmobiliaria, la del crédito, la de los activos financieros, la del consumo de las familias, la de las exportaciones asiáticas, la del endeudamiento público, la de las materias primas.
Todavía no hemos visto lo peor, sencillamente porque aún quedan varias de esas burbujas por estallar. Eso se precipitará cuando los nuevos vientos azoten las proas de las economías emergentes, primero de Asia y luego de Sudamérica, con menores precios para sus exportaciones y crecientes riesgos de defaults soberanos.
El acelerado desmoronamiento (17,5% interanual) de las ventas chinas en enero y el mucho más estrepitoso porrazo de sus compras al exterior -colapsando el 43,1% interanual- constituyen una funesta señal para nuestras propias exportaciones, que se desplomaron el 24% ese mes y el 36% el siguiente. Sólo las simultáneas sequías sin precedentes en los países productores y en el gigante asiático -que les ha provocado pérdidas de cosecha superiores al 40%- han permitido sostener por el momento -y sólo por el momento- los valores de los granos.
El derrumbe de las exportaciones asiáticas acarreará pérdidas a los commodities y el final del endeudamiento fácil para el Tesoro estadounidense.
Estos años de sobrecrecimiento montado en la ilusión monetaria del dinero fácil originaron distorsiones en un grado tal que era inevitable una disrupción traumática. Y tampoco podremos esquivar la consiguiente pesadilla de los ajustes en reversa. Entonces, si esto es así, podemos preguntarnos qué papel les queda a los gobiernos que tripulan nuestras respectivas naves nacionales en semejantes aguas.
Para desencanto de tanto misticismo estatista afincado en medios de la prensa y estamentos dirigenciales, los gobernantes carecen de la capacidad de finiquitar la crisis de la misma forma que el comandante de un buque no puede extinguir la tormenta. Para que vuelva la calma, las distorsiones acumuladas deberán primero corregirse. Pero esto no quiere decir que la acción de los gobiernos resulte irrelevante: sus decisiones pueden agravar y prolongar la depresión o contribuir a un reacomodamiento menos doloroso.
Estas crisis de crecimiento implican siempre un reacomodamiento de precios relativos para purgar los excesos. Como la economía es un permanente juego de precios y cantidades en torno a un equilibrio dinámico, la inflexibilidad a la baja de los primeros ocasiona traumáticos ajustes en las cantidades. Una exigencia mínima es, entonces, que faciliten el reordenamiento en los valores de forma tal que las cantidades sean mínimamente afectadas, esquivando la tragedia de la desocupación.
Recién cuando la estructura de precios vuelva a ser consistente, correspondiéndose con la oferta y demanda reales de los diferentes mercados, estaremos tocando fondo.
Es probable que, llegados a este punto, los precios no muestren mejoras de significación por un tiempo algo prolongado. Esto no debiera alarmarnos porque los procesos decisorios de emprender e invertir requieren siempre de algunas constantes, un mínimo de (cuasi) certezas. Algunos actores económicos podrán estar haciendo pie en esa llanura y desde ahí retornar paulatinamente al crecimiento.
No estamos ante el fin de la historia. Ni esta es la muerte del capitalismo. Volveremos a crecer. Y eso ocurrirá nuevamente de la mano de la iniciativa privada, la competencia y el acicate de los sistemas de precios. Será sobre el crédito y el capital que las economías se apoyarán para iniciar una nueva época de crecimiento.
Por eso es vital resguardar el funcionamiento del sistema bancario, verdadero aparato circulatorio de la actividad productiva. Pero sanear las instituciones financieras no es lo mismo que recomponer el crédito ni que los clientes estén dispuestos a tomar lo que ofrezcan. La marcada reversión en las propensiones al consumo (a la baja) y al ahorro (al alza) tardará en diluirse.
Además, si muchos de los clientes no calificaban en plena prosperidad, ¿por qué ofrecerles ahora lo que lamentamos haberle prestado ayer? He aquí el error de salvar compañías y sectores en problemas: el riesgo de seguir subsidiando barriles sin fondo, distorsionando la asignación de los recursos sociales y alentando la conformación de nuevas y más endebles burbujas.
Esto nos devuelve al quid de la cuestión: la responsabilidad de sucesivos gobiernos y autoridades monetarias que alentaron con plata fácil -emisión sin respaldo y créditos blandos- la ilusión de riqueza y -lo que es lo mismo- el surgimiento de burbujas. Y nos pone en alerta frente a la tentación de nacionalizar provisoriamente la banca.

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