En el mundo hay personas buenas y malas (o al menos personas que prefieren de manera más frecuente obrar en uno u otro sentido). Cuando estas personas alcanzan el poder, a su alrededor se aglutinan y suelen seguirlas otras de la misma calaña. En algunos casos, especialmente cuando el poder es ejercido de manera autocrática y la suerte los favorece, estos líderes son endiosados y la masa deposita en ellos todas sus esperanzas/intereses, desoyendo lo que marcan la realidad y la razón. El problema -la solución, dirían otros- es que tarde o temprano esa realidad arrasa con la figura carismática y se impone sobre las ilusiones. En alguna medida esto lo vivimos ayer. Tenemos un mercado que ha venido apostando fuerte por el nuevo plan de estímulos que anunciaría Ben Bernanke dentro de pocos días, y bastaron los más leves rumores de que no sería tanto el dinero en juego para quebrar la carrera alcista de las últimas jornadas. La idea es que si no se emite tanto dinero como lo que se pensaba inicialmente, el dólar podría dejar de devaluarse e incluso moverse en un sentido contrario. El billete norteamericano trepó así un 0,5% ante las principales monedas, acumulando una mejora del 3% frente al mínimo que anotó hace menos de dos semanas. Esto repercutió sobre los commodities, que perdieron en promedio el 0,7% (el precio del oro estuvo entre lo peor, al caer un 0,9%), y también sobre las acciones, haciendo que el Dow retrocediese el 0,39% para quedar en 11.126,28 puntos.
Alguien podría señalarnos que la suba de la tasa de 10 años a 2,712% no se condice con la idea de la revaluación de la moneda, pero lo cierto es que mientras los treasuries a más de un año de plazo perdieron valor, ocurrió exactamente lo contrario con los de plazos más cortos. Si a esto sumamos que el volumen no fue pobre, es evidente que ayer se privilegió la seguridad.
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