Rubén Baldemar dedicó a la historia del arte una mirada sarcástica que roza el kitsch con un gesto delicado.
Rosario - En esta tierra de excelentes artistas, son muchos los que como Fontana, Berni, Grela, Schiavoni y, más tarde, Daniel García, Graciela Sacco o Nicola Costantino, conocieron la fama, pero todavía es posible descubrir nombres que no han trascendido, como el de Rubén Baldemar, que estuvo diez años sin exhibir sus obras y murió en 2005, a los 44 años, víctima de un infarto masivo.
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La muestra antológica que le dedica en estos días el Museo de Bellas Artes Castagnino de Rosario, curada por Carolina Landoni y Norma Rojas, viene a rescatarlo del olvido. «Baldemar, constructor de artificios» es una exhibición que además de despertar el interés de quienes nunca vieron su producción, atrae también a quienes sí lo hicieron con obras dispersas o conocieron la última serie, «Heráldica», que -expuesta en 2004 en el Pasaje Pam-, cierra la muestra actual.
En un breve catálogo, la crítica Nancy Rojas destaca el lugar «marginal» que ocupó Baldemar en «una década crucial para el desarrollo del arte contemporáneo local y nacional» (desde fines de los 90 hasta principios de 2000). «Sin embargo» -agrega-, «desde ese lugar silente, participaba activamente en esta etapa de resurgimiento, rehabilitación y apertura hacia otras formas de expresión estética propias de dicho decenio».
La muestra rescata una libertad poco común para producir un arte que se sirve de los estilos de todos los tiempos, que si bien ostenta una filiación distintiva de la época, brilla con luz propia. El gesto liberado se advierte en la extraña e irónica iconografía religiosa, los retablos e imitaciones del mármol y el ónix, los marcos dorados, los colores de Fra Angelico y los bellos rostros que evocan la gracia de Botticelli y rozan el kitsch con un gesto delicado, que elude deliberadamente el grotesco.
Una burlona «Anunciación» de grandes dimensiones, con la imagen de un ángel que parece gritar desde el cielo y de la Virgen que está en la tierra y se esfuerza por escuchar, recibe al espectador. Se trata de una vuelta atrás en la historia del arte, pero es una vuelta emprendida bajo la soberanía de un humor que sobrevuela toda la muestra. De este modo, la obra conjuga el Pop, presente en la serie «Arresto y juicio» que tiene a Batman, los santos y el demonio como protagonistas, con pinturas que exhiben la dulzura de los verdes azulados inundados de rosas tomados abiertamente de Bouchet o Fragonard, y que contrastan con el dramático tema del cuadro, «Judith y Holofernes».
Cargadas de referencias, búsquedas y homenajes, las pinturas y objetos van desde la fantasía sangrienta de «La madre de Kuman» (1999), que representa el rostro de una religiosa de clausura mirando al espectador detrás de las rejas, mientras una inmensa gota de sangre cae hasta el piso desde el cuadro, hasta la clara influencia del estilo rococó.
Este recorrido desprejuiciado incluye una «Maja desnuda» (plegable y portable) de Goya, pintada sobre una madera y con los bordes y el reverso decorados con diseños Animal Print, obra cuyo espíritu coincide con la Menina de Velásquez que tiene un revolver en la mano, o con los bustos de los personajes que parodian la Estatua de la Libertad y un decadente y desopilante «Cónsul de la Martinica» con el pelo oxigenado.
A todos ellos Baldemar les ha dedicado una mirada sarcástica pero a la vez amorosa, como se advierte en la imagen del «Narciso» de Caravaggio, tan enamorado de sí mismo que se ahoga al intentar besarse en un lago que en su obra se ha transformado en una fuente, semejante a una torta, marmolada y cremosa. Hay humoradas, como la destinada a Duchamp y también hallazgos, como el «Tríptico de cometas ligeramente barrocas», unos barriletes con angelotes regordetes profusamente bordados.
Al final del recorrido, después del estallido de los inmensos escudos de la serie «Heráldica», hay una caja de deliciosos dibujos dedicados a Leonardo, donde figura una frase tomada de «El dolor» de Marguerite Duras, que dice: «Muriendo no me reúno con él, dejo de esperarlo». Con unas citas de Freud, tomadas de «Duelo y melancolía», culmina una muestra que logra aunar la alegría y la pena, las cuestiones íntimas y las públicas, y las expresiones cultas y populares, con un lenguaje que se aparta de la lingua franca que dominó el escenario del arte en esos años, poblado de buenos artistas.
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