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“Barbero” en el Colón: placer sólo para los oídos
En el nuevo “Barbero” del Teatro Colón, carente de la frescura y el humor rossinianos, sobresalen las voces de los cantantes por sobre el resto de la producción.
Luego de su escandaloso estreno en el Teatro Argentina de Roma en 1816 la más famosa de las óperas de Gioacchino Rossini conquistó el favor de todos los públicos y continúa siendo una de las más representadas. Este título llegó a Buenos Aires a pocos años de aquella première de la mano de la compañía del versátil Pablo Rosquellas. Desde entonces, han desfilado por aquí (fuera del Colón y dentro de él desde su apertura) "Barberos" de todo tipo y color.
La presencia de Mauricio Wainrot, experto coreógrafo, como responsable de la puesta en escena en esta nueva producción que estrenó el Colón, prometía un aire fresco sobre este tan transitado título, pero el resultado fue decepcionante.
Era imaginable que Wainrot apelaría en algún que otro momento a la danza para realzar su tarea teatral (recurso perfectamente válido), pero también se podía esperar que su trabajo como "metteur en scène" eludiera ciertos lugares comunes, aportara un nuevo punto de vista o trajera algún tipo de sorpresa.
Por el contrario su marcación actoral resultó estereotipada, llena de "gags" desgastados y acciones tan superfluas como previsibles que restaron total comicidad a la pieza.
Desde la obertura hasta casi la mitad del primer acto la danza es dueña y señora de la escena, y son contados los momentos en los que Wainrot no echa mano a la troupe de bailarines para generar cuadros coreográficos que tampoco aportan gran cosa; las breves proyecciones de Jorge Pastorino funcionan también como mero relleno.
El dispositivo escénico (obra de Graciela Galán) sobre el que se desarrolla la puesta es mucho más funcional que bello, y el vestuario, que también lleva la firma de Galán, sigue la estética que Wainrot imprimió al espectáculo.
Afortunadamente un gran elenco y una batuta segura hacen de esta producción algo disfrutable en lo musical. En su esperado debut local el tenor platense Juan Francisco Gatell derrocha buen gusto, bella línea, fiato, articulación perfecta y una coloratura intachable (muy feliz fue la inclusión del aria "Cessa di più resistere").
Junto a él se luce un seleccionado de cantantes italianos con perfecto conocimiento del estilo: la mezzosoprano Marina Comparato es una Rosina muy solvente; el barítono Mario Cassi, más sonoro en el centro y el agudo que en la zona grave, encarna a Figaro con gran altura; el bajo Carlo Lepore vuelve a dar una clase magistral de canto con un Bartolo antológico, y Marco Spotti sorprende con su voz prodigiosa en Don Basilio. Fernando Grassi es un Fiorello de lujo, en tanto que Patricia González cumple bien como Berta.
El español Miguel Ángel Gómez Martínez pareció encontrar resistencia sobre el escenario para algunos de sus "tempi" (muchos de ellos llamativamente lentos), pero en líneas generales imprimió brío y luminosidad a la partitura, y tanto la Orquesta Estable como el Coro preparado por Miguel Martínez respondieron adecuadamente.

