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Barreda, a 23 años: nadie lo quiere cuidar
Barreda estuvo con condicional hasta fin del año pasado, cuando volvió a prisión porque su entonces mujer, Berta André, se presentó en el juzgado para contar que no lo aguantaba más y que no podía cuidarlo. La mujer, conocida como "Pochi", murió en julio pasado en el porteño barrio de Belgrano. El cuádruple homicida aún espera una ayuda en la Unidad Penal 22 de Olmos.
El odontólogo fue un hombre normal y respetado en La Plata hasta el 15 de noviembre de 1992 cuando mató a disparos de escopeta a sus dos hijas, Cecilia y Adriana; a su exmujer Gladys Mac Donald y a su suegra Elena Arreche.
Barreda, cuando terminó la "faena" que lo haría un personaje trágicamente famoso, se sentó en un sillón y abrazó con fuerza la escopeta "Víctor Sarrasqueta" que su suegra le había regalado para un cumpleaños. Minutos antes había entrado a la casona de la calle 48, entre 11 y 12, en pleno centro platense, para "hablar" con Gladys. El odontólogo sólo podía utilizar el consultorio y un pequeño departamentito, con salida independiente, tal como lo habían acordado en el divorcio. Esa casa la habían comprado años antes, luego de vender la primera vivienda, y recibir la ayuda financiera de la suegra.
La matanza duró sólo unos minutos. Cargó dos cartuchos en la escopeta y se dirigió a la cocina. Sin más, ejecutó a su mujer. Después hizo lo mismo con Adriana. Volvió a cargar y les pegó un tiro de gracia a cada una. Ahí tuvo tiempo de cargar nuevamente dos cartuchos, subió las escaleras y atacó a Elena, su suegra, a quien él dijo que consideraba el motivo de todos sus males.Para el final, dejó a su hija preferida, Cecilia (26), la única que tenía un buen trato con él.
Barreda pensó mucho qué hacer antes de salir de la casa. Juntó prolijamente cada uno de los 8 cartuchos que había utilizado para masacrar a su familia y los guardó en su elegante Ford Falcon con techo de vinilo, donde también escondió la escopeta, para luego desordenar algunos cajones, para simular un supuesto intento de robo. Salió de la casona, fue a dar un paseo por el zoológico, llevó unas flores a la tumba de sus padres, tiró los proyectiles usados en una boca de tormenta, arrojó el arma en un arroyo cerca de Punta Lara y pasó a buscar a Hilda, su amante.
Con Hilda estuvo en un motel. Luego fue a comer una pizza y tomar una cerveza en un conocido bar platense. Ya al anochecer, regresó a la escena del crimen y llamó a un servicio de emergencia. Barreda, primero, intentó simular que había sido un asalto. Pero la mentira duró horas y quedó preso. En 1995, lo condenaron a perpetua. Salió, vivió en Belgrano, pero a fin del año pasado regresó a la cárcel. Nadie confía en él para firmar como garante de una condicional.


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