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Becher o el elixir de la creación continua
Desde el geriátrico donde reside, el escritor y director Ricardo Becher muestra cómo el arte de escribir se impone a las recetas médicas y las planillas de distribución de remedios.
Alguien podrá recordar el «Relámpago sobre el agua» por donde Wim Wenders contemplaba los momentos finales del director Nicholas Ray. Pero esa era una franca elegía, y en cambio esta obra de Tomás Lipgot sobre el director Ricardo Becher es casi una epifanía laica, o mejor dicho semibudaica. Es cierto que el mismo Becher expresa el término «recta final» desde el geriátrico donde reside, ya enfermo y envejecido antes de tiempo, pero eso en sus labios más bien parece aludir a la recta de la tabla donde los ángeles toman impulso para volar hacia «el vacío sagrado de la vacuidad increada», como dice uno de sus experimentos. Él cree en la reencarnación, y en la creación continua, por ahí va la cosa.
Una sola vez, en toda la película (que apenas dura 67 minutos) el hombre refiere un sentimiento propio de los ancianos internados: esa sensación de impotencia ante las vejaciones de las enfermeras. Sin embargo, lo refiere en un texto que acaba de escribir y muestra con orgullo, ostentando cómo el arte de la escritura se impone una vez más a las recetas médicas y las planillas de distribución de remedios. A propósito, nunca lo vemos tomando un solo remedio, sino, en cambio, recibiendo con alegría a sus discípulos y amigos.
Con éstos, empezando por su pareja el bailarín José Campitelli, y el músico Javier Martínez, de Manal, comparte los buenos recuerdos del Di Tella, el Bárbaro y el Moderno. Con los discípulos, el método socrático que le permitió enseñar sin imponerse, impulsar a cada cual por su camino y al mismo tiempo darles espíritu de grupo y entusiasmarlos con algo llamado neoexpresionismo digital, un invento conjunto del que acá vemos algunos resultados, sobre todo imágenes de «El gauchito gil, la sangre inocente» (no confundir con el santo) y «DV Campitelli».
También vemos el corto publicitario con que alguna vez ganó en Cannes, y fragmentos de cortos independientes y de los largos «Racconto», que él mismo sintetiza como «una película espantosa que hice por encargo con Dalmiro Sáenz» (pero el fragmento incluye un diálogo típico del Sáenz más provocador e interesante), y la risueña «Tiro de gracia», que el productor Aníbal Esmoris define como «película rock, en el sentido de eterna adolescencia». Una lástima, las tomas elegidas de «Tiro de gracia» incluyen apenas una sola imagen de Susana Giménez, que estaba desnudita y delgadita en el reparto. En fin, todo no se puede.
P.S.


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