3 de agosto 2009 - 00:00

Bellas Artes y el Musac en benéfica interacción

«This is Kiera walking», la figura realizada por el británico Julian Opie que abre la muestra en la que las obras del Museo de Castilla y León (Musac) dialogan con las del Museo Nacional de Bellas Artes.
«This is Kiera walking», la figura realizada por el británico Julian Opie que abre la muestra en la que las obras del Museo de Castilla y León (Musac) dialogan con las del Museo Nacional de Bellas Artes.
El Museo de Castilla y León, Musac, llegó al Museo de Bellas Artes porteño con una estrategia curatorial que le brinda la mayor visibilidad a su colección de arte contemporáneo. «Huésped», pertinente título de muestra que mañana por la tarde se abre al público, comienza con una imagen que se divisa desde la Avenida Libertador, antes de ingresar al Bellas Artes. Se trata de «This is Kiera Walking», la figura de una jovencita realizada en sistema LED por el británico Julian Opie, quien, a partir de las titilantes luces amarillas y el movimiento incesante de una caminata, genera un efecto hipnótico.

Luego, la meta de la propuesta curatorial, a cargo de Rafael Doctor, consiste en que las obras contemporáneas del Musac dialoguen con las históricas del MNBA. Y esta interacción está lograda; no es tan sólo una expresión de deseos. El español Enrique Marty pintó un llamativo mural en las paredes del lobby, una obra que continúa -en clave actual-, una pintura religiosa del cinquecento italiano, «La Santa conversación» que abre la colección del Bellas Artes. Con el clima del comic y el carácter de la llamada «novela mural», Marty planta algunos íconos de la colección del MNBA, entre otros, su pieza estrella: la bellísima «Ninfa sorprendida» de Manet que, en la versión ibérica, escupe monstruos por la boca. Hay también una niña con un puñal clavado en su pecho, acompañada por un niño que llora, una clara alusión a la imagen de San Sebastián que aparece en el cuadro, aunque el artista le ha cambiado el sexo. Frente a la pintura religiosa están parados unos enanos, modelados en resina poliéster, cuya apariencia real subraya el carácter monstruoso. La composición podría verse como una cita macabra de la conocida serie de fotografías del alemán Thomas Struth, artista que toma las siluetas de los turistas de espaldas, parados frente a las inmensas pinturas del Museo DOrsay o del Louvre. El mural prosigue con una crucifixión invertida y una serie de decapitados.

Lo cierto es que el oscurantismo español sobrevuela la muestra. Realismo

En el guión de la exhibición predomina el realismo, al punto que la abstracción está casi ausente. De hecho, para concretar la interesante idea curatorial de distribuir al azar varias obras del Musac entre la colección del Bellas Artes, colgaron la conocida imagen de los rostros sin facciones de Aziz + Cucher, pioneros de la imagen digital, junto a una obra óptico cinética de Jesús Soto.

Así, el realismo domina el extenso capítulo que subraya las angustias, el cinismo y los dramas de la sociedad contemporánea y, desde un punto de vista crítico, el imaginario adolescente. En la pared del fondo del inmenso Pabellón, donde se encuentra el corazón de la muestra, resaltada por un montaje limpio, sin paneles ni divisiones, la enorme fotografía de un desnudo de la británica Sam Taylor Wood evoca, con los pies enormes por un forzado y violento escorzo, el «Cristo muerto» de Andrea Mantengna del siglo XV, y también las posteriores versiones del muralista Siqueiros y el cineasta ruso Sergei Eisenstein. La imagen es tan intensa, el personaje ha quedado tan expuesto, que su visión tiene un efecto de choque.

Junto a la foto están las esculturas de la curiosa versión española de los hermanos Jake & Dinos Chapman. «Los gemelos» de los también hermanos MP & MP Rosado, realizados en tamaño natural y en resina, son llamativamente similares a las de los exitosos británicos: su tema es la identidad y tienen dos o tres rostros distorsionados en un solo cuerpo.

Basta ver esta sala para advertir que el Musac cumple con la política cultural de España, que no está mal, ya que para colocar en pie de igualdad a sus artistas con las celebridades del circuito internacional, los suman sin prejuicios a sus colecciones y los cuelgan a la par. Allí están, entonces, los engendros de los gemelos andaluces, un dibujo de la riojana Natividad Bermejo y, entre otros, los documentos conceptuales del catalán Ignasi Aballí, quien, para hacer un resumen brevísimo de su obra, recoge los números de heridos y muertos que quedan flotando en la memoria después de leer los diarios. Y sus trabajos comparten el espacio con una la nítida fotografía de un basural del alemán Andreas Gurski, con los backlights de Allan Sekula que cuentan la empretrolada y densa historia del mar que contaminó el Prestige, las imágenes de los cañaverales del africano Zwelethu Mthethwa, y los desplazamientos que registra el estadounidense Tony Oursler. El joven argentino Matías Duville exhibe una versión ampliada de «Cover», el mural creado para una exposición que presentó en el Musac.

En el conjunto que alberga el Pabellón, hay una foto del francés, que reside en Madrid, Pierre Gonnord un, retrato de su serie dedicada a los homeless, que compite con el esplendor de la pintura de Velázquez. Se trata de una versión del pictorialismo tan en boga desde hace años, pero vale la pena distinguir la excelencia y la calidad de esta obra. «El personaje marginal -observa Kristine Guzmán, coordinadora general del Musac y de la exhibición- no está idealizado, pero ha ganado una dignidad y un gesto heroico que lo torna conmovedor».

El criterio de que el visitante se encuentre a cada paso con diferentes obras de la colección castellana, se consolida con otro trabajo de Gonnord. El fotógrafo muestra con incomparable realismo el gesto gruñón y retorcido de un viejo junto a una figura del Barroco con similar expresión que pertenece al MNBA. Ante la expresividad contenida de los personajes, Guzmán señala: «La foto de Gonnord demuestra que las reglas del retrato se mantienen a través de los siglos». Y algo similar sucede en la sala de las pinturas y los grabados de Goya. Aunque el desafío es tremendo, las fantasías sangrientas del canadiense Marcel Dzama demuestran su filiación con los monstruos del español.

Lo cierto es que las obras de Musac, más allá de llamar la atención sobre sí mismas, ayudan a descubrir ciertos aspectos del patrimonio del Bellas Artes, ponen a la vista las afinidades y también las diferencias que impone el espíritu de los tiempos, notables la mayor parte de las veces. Y un buen ejemplo es el contraste entre los estetizados desnudos del siglo XIX, pintados por Rodríguez Etchart y Eduardo Schiaffino, y una foto del Musac que muestra la decadencia del cuerpo femenino.

Gracias a este juego de sustituciones e intercambios, también luce la colección de Arte Precolombino, junto al retrato de Frida Kahlo que tiene el rostro travestido del autor de la foto y la humorada, el japonés Yasumasa Morimura.

La muestra es extensa, y se completa con los murales de Silvia Prada, una sala dedicada al video y otra al dibujo. En su vida breve, el Musac nació en el año 2005, el éxito de la institución reside en su perfil, definitivamente volcado hacia el arte contemporáneo y, desde ya, a una inversión de 33 millones de euros para su arquitectura, además de un generoso presupuesto para la adquisición de obras, que asciende a 1,5 millón anual. La crisis sólo afectó el monto destinado a exposiciones, que de seis presentaciones anuales se redujo a sólo tres. Entre ellas, para el año próximo, proyectan una gran exhibición con el extenso grupo de artistas latinoamericanos que integran su patrimonio.

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