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Benjamin, un pensador clave en la relación entre arte, religión y política
El encuentro internacional «Convergencias entre estética y teología política», que se realizará en octubre en Chile, se propone destacar la importancia de Walter Benjamin, un pensador que puso la filosofía al servicio del arte.
El encuentro ha sido organizado por Universidad de Chile, la Universidad Diego Portales, el Goethe Institut, y DAAD, el Servicio Alemán de Intercambio Académico.
El 14 de junio de 1940, los ejércitos nazis se adueñaron de París. Walter Benjamin, alemán, judío y marxista, huyó hacia el Sur. Llevaba consigo una visa norteamericana, obtenida poco tiempo antes. Después de un verdadero calvario, llegó a la diminuta ciudad catalana de Port Bou, junto al Mediterráneo y a la frontera francesa. Seguido por la Gestapo, y vedada su permanencia en el lugar por las autoridades españolas, Benjamin se suicidó el 27 de septiembre.
En las últimas décadas, los escritos de este agudo pensador sobre el arte y la literatura vienen cosechado una celebridad extraordinaria en el mundo entero.
Benjamin, a diferencia de sus compañeros de la que se conoce como Escuela de Francfort (Adorno, Bloch, Horkheimer y Marcuse), era un filósofo a-sistemático. Esa a-sistematicidad, lejos de dañar su obra, le otorga un sello particular. Hacia 1940, hilvanó uno de sus últimos textos, «Tesis de filosofía de la historia» (publicado en 1955). Invirtió el signo de la orientación radical hacia el porvenir que caracteriza a lo moderno, hasta trocarlo en una orientación aun más radical hacia el pasado. Articular históricamente el pasado no significa conocerlo tal y como verdaderamente ha sido, sino apropiarse de un recuerdo.
Aún sin abandonar esa obra, se lanzó a componer en 1938-39 un estudio sobre Baudelaire, que debía constituir el modelo en miniatura de aquel libro. Tampoco llegó a terminarlo, sin embargo, el texto resultante (editado en español con el título, ajeno al autor, de «Poesía y capitalismo») se convirtió en un prodigio de erudición escrito como todos sus ensayos, en una prosa de gran riqueza literaria.
Continuó ese examen en su ensayo acerca del Art nouveau (1895-1905). Para él, se trataba de un sueño colectivo, el de una clase social y el del propio arte: la burguesía del XIX. El arte empezaba a medirse con el desarrollo técnico, especialmente en lo que se refería a la reproducción de las obras estéticas y la realidad (grabado, litografía, fotografía). Si Baudelaire representaba el ejemplo de una modernidad auténtica, que no se dejaba engañar por la fantasmagoría del progreso y se caracterizaba por una extrema lucidez, el Art nouveau constituía la falsa modernidad, porque dependía de las leyes de la moda y cultivaba la ilusión.
El máximo aporte de Benjamin ha sido quizás, en el terreno de las manifestaciones estéticas, el ensayo La obra de artes en la época de su reproductibilidad técnica, difundido en 1936, en una versión revisada por Horkheimer.
El eje de estas consideraciones es la noción, acuñada por el autor, de aura, que mide la relación entre la obra de arte y sus receptores. El aura es, según Benjamin, «la manifestación irrepetible de una lejanía», y tiene que ver con el valor ritual de la obra de arte formulado en categorías de percepción espacio-temporal. El desmoronamiento del aura de la obra de arte depende de dos circunstancias sociales relacionadas con la creciente importancia de las masas en la vida. Cada día cobra más vigencia la necesidad de adueñarse de los objetos a través de la imagen, más bien de la copia, de la reproducción. Y la reproducción, tal como la presentan los diarios, las revistas ilustradas y los noticieros se distingue inequívocamente de la imagen.
La recepción de las obras de arte se da bajo dos acentos principales: uno, el valor ritual, otro del valor de exhibición. Con el correr del tiempo el valor de exhibición desplazó al ritual: se produjo un cambio en la función artística. Un cuadro ha tenido siempre la aspiración eminente de ser contemplado por uno o por pocos. En las iglesias y monasterios de la Edad Media y en las cortes principescas del siglo XVIII, la recepción colectiva de las pinturas no tuvo lugar de manera simultánea sino por mediación de múltiples grados jerárquicos. La contemplación simultánea de obras de arte por parte de un gran público se generalizó sólo en el siglo XIX.
Con sus reflexiones acerca de la pérdida del aura de las obras de arte en virtud de su reproducción técnica, aludió a la operación de la vanguardia y quizá sin proponérselo, auguraba las profundas conmociones artísticas de la segunda postguerra, que desembocaron en el Pop art, los happenings y el conceptualismo.
Benjamin advirtió la potencialidad emancipadora de la técnica y, a la vez, subrayó su naturaleza devastadora en ciertas condiciones históricas. Por eso reprochó al siglo XIX no haber sabido «responder a las nuevas posibilidades técnicas con un nuevo orden social».
Ya en 1933, año del ascenso del nazismo en Alemania que lo impulsó a exiliarse en Francia, publicó en un periódico de Praga un artículo breve «Experiencia y pobreza», donde afirma «Nos hemos hecho pobres. Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la humanidad (.) La crisis económica está a las puertas y tras ella, como una sombra, la guerra inminente. En sus obras de arquitectura, en sus imágenes y en su historia, la humanidad se prepara a sobrevivir, si es preciso, a la cultura».


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