12 de octubre 2010 - 00:00

Berlín abre sus museos a la diversidad argentina

La reinterpretación que hace Lionel Luna de «La Conquista del Desierto», integra la ambiciosa muestra «Realidad y Utopía. 200 años de arte argentino», que se exhibe en la Academia de Bellas Artes de Berlín.
La reinterpretación que hace Lionel Luna de «La Conquista del Desierto», integra la ambiciosa muestra «Realidad y Utopía. 200 años de arte argentino», que se exhibe en la Academia de Bellas Artes de Berlín.
Berlín - La crisis mundial determinó que Alemania moderara las poderosas inversiones en arquitectura y, sin embargo, las numerosas construcciones y remodelaciones de museos y centros culturales que albergan sus tesoros artísticos de todos los tiempos no se han detenido. Así, con la energía incomparable que genera este crecimiento constante, la ciudad de Berlín recibió las principales muestras de arte argentino que desembarcaron en Alemania para acompañar la presencia de nuestro país como invitado de honor de la Feria del Libro de Fráncfort.

La más ambiciosa de las exposiciones, «Realidad y Utopía. 200 años de arte argentino. Una visión desde el presente», ocupa las salas de la Academia de Bellas Artes junto a la puerta de Brandenburgo y convocó a 1.500 espectadores durante el primer día de exhibición.

La muestra no respeta una secuencia cronológica y sigue el modelo del «Atlas» iconográfico del historiador del arte alemán Aby Warburg, quien rescata la memoria de las imágenes y su «función polar, propia de la creación artística, entre la fantasía vibrante y la razón apaciguadora». El modelo tiene seguidores como Georges Didi-Huberman en el mundo, y a Gastón Burucúa y Diana Weschler, la curadora de «Realidad y Utopía», en la Argentina.

La ausencia de obras cumbre -salvo una pintura de Raquel Forner, las acuarelas de Xul Solar, un «tajo» de Fontana o la torre metafísica de Roberto Aizenberg-, fue sustituida por el arte contemporáneo con piezas de buen nivel. Allí están, desde «Sur» y «Utopía» de Daniel Ontiveros, esas palabras realizadas en espejos quebrados y utilizadas por su valor nominal, es decir, por el modo en que resuenan esos nombres desnudos, hasta los paisajes que remiten a la vastedad de nuestra llanura, con la belleza de un nocturno de Malharro, la interminable línea del horizonte de Matilde Marín y Estaban Pastorino, el Río de la Plata pintado de verde por Nicolás García Uriburu, una vista urbana de Juan Andrés Videla, las visiones subjetivas de Marcelo Pombo y Eduardo Stupía, la levedad de Silvia Rivas, el paisaje cósmico de Tomás Sarraceno y el conceptualismo sensible de Jorge Macchi.

La muestra suma, en parte, obras abstractas de Pettoruti, Del Prete, Yente, Maldonado, Robirosa, Puente, Lozza, Paternosto y Rostchildt. Pero el capítulo más extenso está dedicado al arte político. Así aparece la violencia de un cuadro de Bony cuidadosamente enmarcado y perforado a balazos, donde se lee la palabra «Utopía» entre vidrios astillados. También figura la literalidad de León Ferrari, que reúne en un collage a Hitler con Videla. Entre las reinterpretaciones históricas está la que Lionel Luna hace de «La conquista del Desierto» y Daniel Santoro de «La vuelta del Malón» de Angel della Valle. Luego entre muchas -muchísimas- obras, figuran las de Juan Carlos Distéfano, Horacio Zabala, Juan Travnik, Juan Carlos Romero, Carlos Alonso, Luis Felipe Noé, Sara Facio. Artistas, que, como aclaró Magdalena Faillace al presentar la exposición, estuvieron «a partir de Antonio Berni en la trinchera» del arte social. Como se sabe, el arte se encarga de desordenar su propia historia, y como suele suceder en las muestras colectivas, faltan algunos nombres y sobran otros, más que nada porque el espacio -a pesar de su amplitud-, resulta demasiado estrecho para estos 200 años de arte argentino.

Literatura

También a Berlín llegó «Vanguardias literarias argentinas. 1920-1940», a la Casa de las Culturas del Mundo, dueña de un emblemático edificio de la década del 50. En sus salas, nuestros libros de los tiempos de entreguerras, con sus elocuentes ilustraciones, tienen la virtud de subrayan las afinidades de las artes gráficas argentinas con las tendencias que marcaban entonces en Buenos Aires, el expresionismo alemán y la escuela Bauhaus. Esta filiación estaba desde hacía años ante nuestros ojos, pero recién ahora quedó registrado en el bello catálogo de la muestra curada por Sergio Baur.

«Prisma», el primer diario mural de la Argentina (Jorge Luis Borges, Eduardo González Lanuza y Francisco Piñero) abre la exhibición con las ilustraciones de Norah Borges, artista que le imprime a la publicación el ritmo y el espíritu rupturista de la vanguardia. A través de los libros, grabados, revistas y poemas, se exhibe esa confusa y difusa rivalidad que protagonizaron los integrantes de los grupos Florida (Borges, Macedonio Fernández, Oliverio Girondo, Eduardo Mallea, Norah Lange, Leopoldo Marechal), que se inclinaban por el arte puro, y los del grupo Boedo (Roberto Arlt, Raúl González Tuñón, Álvaro Yunque, Elías Castelnuovo, Leónidas Barletta), que promovían una estética del compromiso social. En ese contexto, Borges, que había llegado de Europa toma distancia del vértigo del ultraísmo de este movimiento y se reencuentra con la ciudad casi metafísica de «Fervor de Buenos Aires» (1923).

La exhibición presenta publicaciones como «Martín Fierro», los «Veinte poemas para ser leídos en el tranvía» de Oliverio Girondo, «El idioma de los argentinos» de Borges ilustrado por Xul Solar o la cosmopolita «Sur» fundada por Victoria Ocampo, que quería convertir a Buenos Aires en un centro cultural. Pero también están los trazos firmes que ilustran el anarquismo de «La protesta» o «Claridad» (Tribuna del pensamiento de izquierda), cargados de ideología y de historia, ya que el papel resultaba el material apto para difundir el arte a nivel masivo. Como aclaró Baur en su discurso, estos artistas aspiraban a cambiar el mundo y supieron transformar en algo propio el arte que llegaba de afuera.

La muestra está atravesada por el afán de encontrarle a nuestra ciudad, «la poesía y la música y la religión y la metafísica que con su grandeza se avienen», como lo expresaba Borges. Pero el último libro de la muestra confirma la vocación cosmopolita de Buenos Aires, es «Adiós A Berlín» del británico Christopher Isherwood editado por Sur, la novela que transcurre en los años 30 y que inspiró «Cabaret».

Si bien en la exhibición predominan los aspectos literarios, el atractivo de las publicaciones genera un despliegue visual sin pausas, que culmina con las imágenes que retratan la pobreza europea los años 1933 y 1934, en los films «Traum» y «Un dique en el Sena» de Horacio Cópppola.

Fotografía

Finalmente, el miércoles pasado se inauguró la exposición «De la Bauhaus al Gran Chaco. Fotografias de Grete Stern y piezas del Museo Etnológico de Berlín». La muestra reúne un centenar de imágenes de la fotógrafa alemana-argentina Grete Stern, discípula de la escuela Bauhaus que abandonó Alemania con el advenimiento del nazismo y se fue a Londres. Allí estudió, trabajó, conoció a Horacio Coppola y se casó con él. Desde entonces vivió en Buenos Aires, hasta 1999 cuando murió, a los casi 95 años.

Las fotos de la muestra curada por Luis Príamo, tomadas entre 1959 y 1964, retratan los pueblos del Gran Chaco del noreste argentino y están acompañadas por un centenar de piezas de las culturas indígenas de los Tobas, Pilagás, Mocovíes y Chiriguanos, que integran las famosas colecciones del Museo Etnológico de Berlín, el más afamado del mundo en esta disciplina. Las imágenes pertenecen a la extensa colección de Matteo Goretti. El gran salón de actos del Museo estaba colmado de público, incluyendo directores de museos e instituciones alemanes dedicados a la fotografía, la etnografía y la arqueología. Richartd Haas, director del Museo de Berlín, y la embajadora Magdalena Faillace, presentaron la muestra. Luego de los discursos comenzó un espectáculo de canto y baile wichi interpretado por un cuarteto original proveniente de la región del Gran Chaco, y Faillace (quien en una presentación anterior ya había comparado su vocación con la de Giselle) estuvo entre los bailarines, alemanes y argentinos, artistas e intelectuales, que acabaron la noche danzando.

* Enviada Especial

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