9 de agosto 2010 - 00:00

Bernanke, de nuevo listo para actuar

José Siaba Serrate (Economista)
José Siaba Serrate (Economista)
La economía de los EE.UU. destruyó 131 mil puestos de trabajo el mes pasado (y 352 mil si se suman junio y julio). Todos ellos -y algunos más- conchabos fugaces creados a instancias del Censo Poblacional. La promesa de una primavera laboral se reveló una falsa aurora. Después de exterminar 8,4 millones de empleos en 2008 y 2009, no hay resurrección de ave Fénix. La ocupación apenas vegeta. En marzo y en abril, los puestos de trabajo privados crecieron a razón de 200 mil por mes. En mayo, junio y julio, la velocidad de crucero se redujo a una cuarta parte: 51 mil. Se esperaba que julio aportase más de 90 mil, pero sólo sumó 71 mil. La recomposición del empleo es una asignatura que no se aprueba.

Pero la Bolsa, la misma que en mayo era capaz de hundirse mil puntos en un santiamén sin motivo aparente, soportó las malas noticias con entereza. La decepción del informe obligó a suspender el rally en las gateras. Pero es una postergación más que una cancelación definitiva. La erosión de las cotizaciones, el viernes, cavó un foso que duró media rueda y, al cierre, ya se había rellenado casi por completo. La visión sanguínea de las acciones impera. Y como la economía escatima razones, busca sustento en los próximos pasos que tomará la Fed. Como hace muchísimo tiempo, todos los ojos estarán atentos a lo que el Banco Central resuelva mañana.

Lo que el mercado de trabajo no da, ¿podrá prestarlo la Fed? Ya lo dijo Ben Bernanke en el Congreso: la Fed preferiría mirar y esperar. Sin embargo, también apuntó: «Estamos listos para actuar, y actuaremos, si la economía no continúa mejorando, si no vemos el tipo de progresos que esperamos del mercado laboral». Si la Fed quiere intervenir, tiene la venia acordada. Pero, a diferencia de los mercados, no hay constancias de que a Bernanke o al resto de sus colegas los urja la impaciencia. La economía y el empleo suelen moverse en tándem, pero no siempre. Y tampoco lo hacen, necesariamente, a similar velocidad. Más allá de los vaivenes recientes, en los últimos seis meses, el empleo privado se incrementó a un ritmo del 1% anual. O sea, lo mismo que crece la población (y, en condiciones normales, la fuerza laboral). A ese ritmo, la tasa de desempleo se mantendría indefinidamente en los elevados niveles actuales -9,5%- (con un aumento sostenido en el número de desocupados, hoy 14,6 millones de personas). Esto es indeseable en lo económico (lo óptimo sería cerrar la brecha de recursos ociosos con rapidez) e inaceptable políticamente (más aún, con elecciones en noviembre). El enfriamiento laboral, desde mayo, sugiere que aun ese módico crecimiento del 1% podría haberse ralentizado. Desde el punto de vista de la ocupación -y propender al pleno empleo es parte del mandato de la Fed-, el Banco Central debería tomar cartas en el asunto ya. ¿Para qué esperar? La variable que siempre oficia de freno, la inflación, no sólo está desactivada -los precios minoristas a junio son más bajos que en diciembre-, sino, que inmersa en un claro proceso de reducción, de no moderarse, pronto sumará su propia recomendación en igual sentido. La economía, empero, no luce tan mal. Si el empleo crece al 1% y la productividad laboral al 2%, la economía se expandiría al 3% (que fue la velocidad del primer semestre del año). Aun si se enfriase el mercado laboral, crecería. ¿Querrá aferrarse la Fed a este segundo enfoque? Debería pensar que el desempleo obedece no a un faltante de demanda agregada, sino a una reducción de la capacidad productiva, fruto del impacto de la propia crisis, en especial, sobre sectores como los servicios financieros, la construcción o la industria automotriz que ya no volverán a ser los de antes, y a un cambio en ciernes en los patrones de producción. Pero si la Fed lo piensa así, la verdad es que no lo ha dicho.

Considerando la asimetría de los riesgos involucrados, el tiempo está maduro para el accionar de la Fed. Equivocarse por actuar demasiado pronto (o innecesariamente) supone muchísimos menos costos que errar por no haber actuado a tiempo. Sobre todo, si la economía finalmente se estanca (o recae en una recesión). Uno de los halcones de la Fed, James Bullard, titular de la Reserva de St. Louis, escribió, diez días atrás, que los EE.UU. están más cerca hoy de un desenlace de estancamiento a la japonesa que nunca en la historia reciente. Sin eufemismos, tituló a su inesperado trabajo Siete Rostros de «El Peligro». Y también sugirió la medicina: ampliar el programa de expansión cuantitativa comprando más bonos del Tesoro. ¿Anunciará mañana la Fed que retoma esa política? Es más probable que prefiera insistir con el enfoque gradualista que la llevó a abrir el paraguas en el comunicado de la última reunión.

Allí -y, sobre todo, en las minutas difundidas más tarde- se deslizó la posibilidad de una intervención. ¿Reducirá la Fed la retribución que se les paga a los bancos por sus reservas excedentes? Sería inocuo (y engorroso para el funcionamiento del mercado monetario). Comprar bonos es más pertinente, pero sugerirlo -sin hacerlo- sería igualmente eficaz para recortar las tasas largas (ya que el mercado de bonos se adelantaría). Reinvertir los pagos que genera la voluminosa cartera que posee la Fed (y evitar su run off) sería una buena solución de compromiso. Pero, a no engañarse, las tasas rondan los suelos y la economía y el mercado laboral igual se debilitan. Una nueva ronda de expansión fiscal -financiada con la expansión cuantitativa- sería más efectiva. Pero carece de quórum. La compra de activos privados -permitiendo la refinanciación del crédito de consumo o hipotecario (no sin bemoles)- es demasiado audaz para los tiempos que corren (como lo era el plan TARP antes que cayera Lehman). Así se entiende por qué la Fed prefiere esperar. El arsenal que puede aplicar no es muy eficaz y el que sí lo sería, o está bloqueado o generaría gran oposición y quizás una peligrosa pérdida inicial de credibilidad.