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Bienal de Venecia 2011: el país recupera espacio propio
«Mi familia muerta», una muestra del arte del rosarino Adrián Villar Rojas, quien representará al país en Venecia, en un año en que la Argentina vuelve al privilegiado espacio de los Arsenales, perdido durante la dictadura militar.
La elección de la Cancillería implica brindarle un poderoso apoyo institucional a un artista de apenas 30 años, que salió de su Rosario natal en 2003, cuando ganó el Premio Currículum Cero. Por lo demás, el respaldo oficial llega en el mejor momento. La Argentina ocupará 250 metros del privilegiado espacio de los Arsenales, donde hace más de un siglo nació la Bienal que hoy sigue siendo la megamuestra más importante del mundo. Pero la gestión de la Cancillería tiene todavía mayor alcance. Bender aclaró que las tratativas que lleva adelante para que la Argentina cuente con un espacio propio (perdido durante la dictadura militar), son exitosas. El presidente de la Bienal, Paolo Baratta, mantiene «una relación cordial» con nuestro país, y en estos últimos días acordó concretar la aspiración a un espacio permanente para la edición de 2013. «Se ha tenido en cuenta que nuestro país participó por primera vez de esta exposición en el año 1901», subrayó Bender.
Destino
Por su parte, el artista al igual que el curador, se mueven con comodidad en el circuito internacional, saben cuáles son las demandas y los secretos que esconden las bienales. En suma, inspiran confianza. ¿Quién podía imaginar que las impredecibles vueltas del destino llevarían a Villar Rojas de nuevo a Venecia, esta vez, como artista elegido? Cabe aclarar que el rosarino conoció Venecia en 2005, cuando llegó como un humilde ayudante, para asistir a Jorge Macchi -el enviado de entonces- con el montaje de la obra.
En ese momento trascendente para la carrera de Macchi, nadie reparó en su ignoto ayudante, ni en esos ojos hundidos y oscuros que devoraban el abanico que despliega la Bienal. Es ese mismo artista el que hoy se desplaza desde la sofisticada Serpentine Gallery -donde lo invitan a explicar su obra porque brilla entre los emergentes del escenario global-, a la muestra colectiva que organizó Carlos Herrera en el centro Cultural Borges. Sin inmutarse pasa de la incomparable Feria de Art Basel a asumir el papel de DJ del espacio alternativo Mite, y de las mejores galerías de San Pablo, París y el DF de México, a los muy modestos locales del Pasaje Pam rosarino que nunca abandonó.
En estos últimos años Rosario, ciudad de artistas talentosos, ha provisto figuras brillantes, Villar Rojas es una de ellas y su arte resulta especial. Las cuestiones más significativas son el tiempo y el territorio en que se sitúa el artista para mirar el mundo y, en consecuencia, para realizar su obra. Hace dos años, en la muestra «Lo que el fuego me trajo» (Ruth Benzacar, 2008) llamó la atención con un trabajo muy personal. Se trataba del montaje de un paisaje fantasmagórico, de un espacio devastado que el observador recorría como si fuera el último sobreviviente de una catástrofe. Los fragmentos de algunas obras de arte, como el «David» de Miguel Angel todavía en pie, aparecían jerarquizadas con su valor de ruina, como auténticas reliquias, con su belleza y su fragilidad. Algunas piezas guardaban un orden incierto sobre unos estantes y los espectadores deambulaban por esa marea de escombros, obligados a imaginar una desgracia que todavía estaba por acontecer. Un video de Marcelo Gutman permite revivir esas sensaciones.
Entretanto, la crítica de arte rosarina Beatriz Vignoli, que ha seguido paso a paso la carrera del artista, observa que la obra «alude a la desesperada necesidad de armarse un sentido a partir de las astillas de un mundo que estalló», y agrega que «el mito apocalíptico posmoderno de un después del fin es crucial en Villar Rojas».
En la última edición de la Bienal del Fin del Mundo, curada por el crítico también rosarino Fernando Farina, el artista presentó «Mi familia muerta». Modeló en medio de un bosque una inmensa ballena con arcilla, madera, rocas y vidrio que ostenta la melancolía y soledad del último individuo de una especie.
«La obra transita un futuro imaginario, el artista como un sobreviviente de los males que presuntamente deparará el porvenir», señala el curador Rodrigo Alonso, una firma frecuente en las páginas de nuestro suplemento «Ambito de las Artes». Alonso, que acaba de cumplir en Frankfurt, durante la Feria del Libro, una misión destacada al poner en valor la excelencia de nuestro arte, aclaró que la elección de Villar Rojas es «una apuesta al futuro», una puerta abierta al porvenir».
Villar Rojas habló muy poco, aunque dijo que es muy conversador.
Sergio Baur se refirió al guión curatorial de esta Bienal, explicó que estará a cargo de la curadora Bice Curiger y se titulará «ILUMInaciones», inspirada en la impronta de Tintoretto y el quiebre que significó su obra en las convenciones renacentistas. Agregó que entre las naciones convocadas, esta vez se incluye a India y Arabia Saudita, tras casi 50 años de ausencia.
Finalmente, quienes visitaron las exhibiciones de Luis Felipe Noé en la librería Mondadori o la de Macchi en el Observatorio San Filippo Neri, la de Charly Niejensohn en algún remoto lugar de la laberíntica Venecia, celebran el acceso a los Arsenales.


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