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Brillante actuación de la Orquesta de Budapest en apertura del Mozarteum
La Budapest Festival Orchestra brindó en el Colón una sobresaliente interpretación de repertorio romántico. Tocaron con alegría, sin cansancio alguno.
El Mozarteum Argentino abrió su 2011 con unos invitados de lujo: la Budapest Festival Orchestra dirigida por su fundador y titular, el magnífico Iván Fischer, que en la segunda de sus presentaciones en el Colón contó con la participación de un solista sorprendente: el pianista croata Dejan Lazic. Más allá de su excelencia musical, lo más llamativo de esta formación y de su director fue la alegría que mostraron en todo momento y lo desacartonado de su actitud, constituyendo así un ideal de perfección humanizada.
El programa estuvo íntegramente dedicado al Romanticismo, desde sus albores hasta su apogeo. Con los elegantes «Valses de Praga» que el checo Antonin Dvorak compuso en 1879 para el Baile Nacional con los que se inició el concierto del martes, la BFO envolvió la sala del Teatro Colón con un sonido terso, arrollador. Le siguió una selección de las «Danzas eslavas» del mismo compositor, estilización de la quintaesencia de esa cultura a la que esta orquesta húngara le dio el brillo y la melancolía características. Como muestra del clima relajado, uno de los percusionistas avanzó hasta el podio del director, y sentándose en una esquina de éste, a los pies de Fischer, tocó la pequeña campana en la danza número 8 del opus 72.
Llegó el turno de Carl Maria von Weber y del solista Lazic, en la «Pieza de concierto en Fa menor» opus 79. Con gran solvencia, el joven pianista vertió en el marco de esta bellísima obra una notable variedad de colores, bien secundado en todo momento por Fischer y la orquesta. A la ovación de la sala llena, el croata respondió interpretando la primera de las tres «Danzas fantásticas» opus 5 de Dimitri Shostakovich con un toque etéreo que dejó en suspenso por un instante la energía que se venía respirando en el ambiente.
En la «Sinfonía número 3 en Mi bemol mayor» opus 97 llamada «Renana» de Robert Schumann tuvo en la orquesta y en Fischer una claridad y una potencia extraordinarias. La disposición adoptada por Fischer, de violines primeros y segundos enfrentados, con violas y cellos en el centro, permitió que por ejemplo el juego de alternancia entre las cuerdas planteado por el compositor en el segundo movimiento se advirtiera con más claridad. Como bises el director y los músicos regalaron una de las «Danzas húngaras» de Brahms y el «Tango azul» de Leroy Anderson, luego de lo cual, y antes de abandonar el escenario, se vio a algunos de ellos saludarse con dos besos, como integrantes de una misma gran familia que al tocar pueden experimentar la misma paz y felicidad que transmiten al público.


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