18 de febrero 2014 - 00:00

Bueno crea climas oníricos con resonancias musicales

Si hasta ayer la obra de Rafael Bueno se tornaba reconocible por los pesados y sólidos empastes del óleo, en la actualidad el protagonismo de sus pinturas reside en los grandes espacios vacíos que atraen las miradas con las cualidades del color y las pinceladas.
Si hasta ayer la obra de Rafael Bueno se tornaba reconocible por los pesados y sólidos empastes del óleo, en la actualidad el protagonismo de sus pinturas reside en los grandes espacios vacíos que atraen las miradas con las cualidades del color y las pinceladas.
Punta del Este- En su papel de curador de la galería Del Paseo de Manantiales, Renato Rita comenzó a presentar hace dos años a varios pintores argentinos surgidos en la década del 80. La semana pasada, el artista Rafael Bueno, que vive y trabaja en Nueva York, regresó a Punta del Este con una serie de pinturas y montó la muestra "Work in progress".

La obra de Bueno ha cambiado. El tamaño de sus cuadros se ha vuelto desmesurado, las inmensas telas tienen la apariencia y el formato de la pintura mural. La dimensión y una vaga e imprecisa cualidad paisajística traen el recuerdo -a pesar de su condición casi abstracta-, de los "Nenúfares" de Monet que se encuentran en el Museo Orangerie. Bueno pinta en el umbral de la representación, en un lugar donde la figuración se desdibuja, pero el título de uno de sus cuadros, tomado de un Preludio de Debussy, confirma la filiación francesa: "Après midi d'un Fauno".

Si hasta ayer su obra se tornaba reconocible por los pesados y sólidos empastes del óleo, en la actualidad el protagonismo de sus pinturas reside en los grandes espacios vacíos que atraen las miradas con las cualidades del color y las pinceladas. Una capa de pintura sedosa cubre la anterior y así se superponen los colores, todos los matices reverberan en la extensa superficie de las telas. Hay un díptico que irradia las tonalidades azuladas, siena, celestes y grises a través de las suaves veladuras del óleo. El color se ha vuelto tan transparente como la atmósfera de una mañana de sol. El placer que le provoca al pintor el simple gesto de deslizar los pinceles se torna perceptible. El espectador disfruta de lo que ve y también de ese quehacer que puede imaginar porque ha quedado impreso en las obras.

A la levedad de los grandes espacios difuminados se contrapone la densidad de los empastes que no han desaparecido del todo. Allí está la materia arrinconada en los bordes de los cuadros, ostentando en su acumulación la energía de los rojos, amarillos y verdes y el dramatismo del negro. En cuanto al azul, vale la pena recordar a Paul Valery cuando relata la operación de cataratas de Monet: el artista le cuenta que en el momento en que el acero extirpó el cristalino tuvo "la revelación de un azul de belleza cruel e incomparable".

Hay en la sala una pintura que mide más de tres metros. Los coloridos empastes lejos de afirmarse en el cuadro se desplazan hacia fuera y están a punto de caer por la fuerza de su propio peso. Bueno exhibe el proceso del cambio. El centro de la obra transmite una grata sensación de ensueño, efecto que, como aclara un texto de Verónica Flom, los fotógrafos y cineastas lograban en la década del 80 tensando una media de nylon sobre la lente. La visión de las obras de Bueno inserta al espectador en medio de un clima onírico, acentuado por las resonancias musicales que aparecen cuando la mirada vagabundea por la obra o, al evocar los Nenúfares.

La música es una presencia constante en la producción de Bueno, de un modo u otro la disciplina está ligada a su trayectoria, desde esos bellos tiempos en que los artistas eran felices. Cuando la Argentina recuperó la democracia, antes de la sucesión de marasmos que opacaron la alegría, Bueno compartía su taller con Alfredo Prior e integraba el grupo Loc-son junto a Guillermo Conte y Majo Okner. En esos años pintaba con ellos todos los jueves en el café Einstein, sobre un plástico colocado frente al público. La transparencia del plástico permitía que la gente observara la evolución del trabajo. Picasso y Pollock habían hecho lo mismo sobre un vidrio para una cámara que los filmaba, pero lo de Loc-son era vital, pintaban sólo para la gente. Compartían entonces el escenario con Katja Aleman, Vivi Tellas y algunos grupos de rock argentino como Soda Stereo, Sumo o Los Twist. En los locos años 80, Bueno se presentó al premio Lufthansa con un rayo enorme, glorioso como el de Superman. Tenía entonces todo el poder en sus manos.

Finalmente, la galería Del Paseo cumple esta temporada con una agenda nutrida: cada sábado, su directora, la argentina radicada en Uruguay, Silvia Arrozés, presenta una nueva exhibición donde se alternan los artistas de las dos orillas de Río de la Plata. Así logró que un público de lo más nutrido se convierta en habitué.

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