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Buenos Aires Photo creció impulsada por público y compradores
«Mosaico de la Medusa», del fotógrafo y teórico Joan Fontcuberta, quien reconfiguró una pieza del Museo Histórico de Tarragona con un programa de Google, sustituyendo cada mosaico por 10.000 imágenes de retratos y objetos diversos.
Aquella pequeña feria que hace ocho años nació en el Palais de Glace, creció al ritmo del interés del público y los compradores, junto al sinfín de artistas que eligieron la fotografía como soporte de su obra. Y el ritmo se volvió vertiginoso. Aquí y en el mundo, la parienta pobre del arte se convirtió en protagonista estelar. Para fechar el despuntar del cambio de status, la crítica de arte rosarina Beatriz Vignoli relató: «A mediados de la década del 70, en pleno auge del conceptualismo, una estudiante de bellas artes de la Universidad de Buffalo advirtió que podía usar una cámara y -en vez del oficio de pintar- dedicar su tiempo a una idea. La idea era que cada foto pareciera el fotograma de una película que nunca se hubiera filmado. La artista era Cindy Sherman».
Sherman ilustra la escalada internacional que repercutió en la Argentina en el año 1999, cuando se formaron las colecciones del Museo de Bellas Artes y Arte Moderno porteños. Nuestra rica tradición de fotógrafos talentosos ganó entonces visibilidad, se legitimó el valor artístico y surgió el coleccionismo privado. No obstante, a pesar de este notable fenómeno de expansión, para apreciar y coleccionar fotografías, hay que manejar saberes básicos.
Con buen criterio, los directivos de la feria, Diego Costa Peuser y Gastón Deleau, trajeron como invitado al fotógrafo y teórico Joan Fontcuberta, quien disertó sobre el paso de la imagen documental a la artística y habló de las analogías que es posible establecer en el arte a través de la historia, sencillamente, porque, como se sabe, «las imágenes se nutren de otras imágenes». Su obra, «Mosaico de la Medusa», está allí para probarlo. Fontcuberta reconfiguró una pieza del Museo Histórico de Tarragona con un programa de Google, sustituyó cada mosaico por 10.000 imágenes de retratos y objetos diversos. «Las antiguas civilizaciones anticiparon la imagen digital: los mosaicos de ayer son los píxeles de hoy. Desde lejos la obra se ve como el original; desde cerca se apreciar el contenido de las celdillas», aclaró Fontcuberta.
El tema, vale la pena recordarlo, «la historia del arte como disciplina anacrónica», lo puso sobre el tapete el francés Georges Didi Huberman y significó un cambio en la obra de muchos artistas, desde ya, con distintas resoluciones estéticas. («Ante el tiempo», de Huberman, lo editó en 2006 Adriana Hidalgo y, la muestra «El tiempo del arte. Obras del siglo XVI al XXI», se expuso en el año 2009, en la Fundación Proa curada por Giancinto de Pietrantonio).
Premio
En el territorio de la fotografía los límites son extremadamente difusos. No es de extrañar entonces que el premio Petrobrás se convirtiera una vez más en campo de debate de las diversas vertientes que lo cruzan. La primera fue cuando le otorgaron el premio a Nicola Costantino por un autorretrato, un homenaje a sí misma a partir de «Noir et blanche» de Man Ray (1936). Los conservadores consideraron que la cita era un plagio, aunque hoy, los artistas trabajan como disc jockeys, eligen objetos e imágenes ya producidas para conformar su propio discurso.
Este año ganó el Petrobrás Cayetano Arcidiácono con una imagen calma en blanco y negro, la silueta de un caballo en primer plano que se recorta sobre unas montañas que, a su vez, se recortan sobre el cielo. Las líneas del lomo y el anca del tordillo establecen un amable contrapunto con el horizonte ondulado. También se llevaron premios Marcelo Grossman, con un paisaje esfumado, Julieta Escardó, con una explosión, la metáfora del mundo que estalla, y Jorge Miño, con una imagen dura, unas heladas escaleras de cemento cuya elaborada resolución digital imita la gelatina de plata.
La selección del primer premio favoreció la fotografía en su manifestación más «pura». En el texto de presentación, Rodrigo Alonso sostiene que «son muy pocas las piezas que podrían considerarse fotografías en el sentido tradicional. La mayoría de ellas poseen un matiz escenográfico, hacen uso de efectos de postproducción o se basan en apropiaciones de otros medios». Con este criterio, el premio rinde culto a su propia historia y de este modo, la imagen casi abstracta de una mesa oval con dos sillas superpuestas de Eugenia Calvo, pasó inadvertida. En todo caso, casi desde su origen, la fotografía aparece contaminada por la pintura, como la imagen de Calvo.
Luego, para descubrir otros desplazamientos y fusiones, bastaba recorrer la feria. Allí se exhibían los ejercicios ópticos de Le Parc y Ernesto Ballesteros, el conceptualismo de Leandro Katz, los paisajes intervenidos de Amadeo Azar, las tomas de las maquetas de Dino Bruzzone y el «Crimen perfecto» de Facundo de Zuviría, la feliz combinación entre el cine y la fotografía. En el libro «La post-producción», Nicolas Bourriaud aclara que «el reciclaje de sonidos, imágenes o formas, implica una navegación incesante por los meandros de la historia de la cultura, navegación que termina volviéndose el tema mismo de la práctica artística». Y a continuación cita a Marcel Duchamp, cuando dice que «el arte es un juego entre todos los hombres de todas las épocas». No obstante, mientras el arte parece gozar de una libertad extrema para las prácticas interdisciplinarias, la fotografía se asemeja a las ciencias duras.
El fotógrafo Alberto Goldenstein, citaba hace un tiempo en sus escritos a Peter Galassi, curador de fotografía del Museo de Arte Moderno de Nueva York, quien afirmó: «La fotografía es una lengua extranjera que todo el mundo cree poder hablar...». La imagen de Goldenstein, estratégicamente ubicada en el ingreso a la sala Cronopios, luego de la silueta de Marta Minujin y frente al conjunto reunido por Marcela Costa Peuser, mostraba unos chicos jugando sobre un muelle. Flotando en la memoria, queda el brillo de los cuerpecitos mojados, la marea de sensaciones incomparables que deja la infancia y ese horizonte sin fronteras.


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