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Calan hondo historias de “El Almafuerte”
«El Almafuerte» es un documental de tipo institucional, que se ve sin sobresaltos y, de pronto, algo hace reconsiderar casi todo, ya nada es igual, aunque siga más o menos igual.
«Y quedé convencido de que ninguno de ellos sería nunca un loco, un traidor o un asesino porque yo los amaba tanto y mi amor habría de protegerlos contra los males de vivir» (Vinicius de Moraes, «Los politécnicos»).
Hay documentales de tipo institucional, cuyo contenido parece reducirse a una suerte de visita guiada, matizada con explicaciones a cámara, entrevistas pautadas, y tomas sueltas que dejan con ganas de saber precisamente lo que no se dice. Pero aún dentro de esas formas limitadas, a veces pegan hondo. «El Almafuerte», por ejemplo, se ve sin sobresaltos y de pronto algo hace reconsiderar casi todo, ya nada es igual, aunque siga más o menos igual. Almafuerte es un Instituto de Menores de Alta Seguridad, vecino a Melchor Romero. Antes tuvo mala fama, luego mejoró un poco. Los internos siguen aprendiendo cosas malas, pero también algunas buenas. Sacan una revista que se lee también por la web, «Seguir soñando», y aquí se los ve participando en un taller audiovisual, cuyo resultado se presenta después en el II Festival La Jaula, cumplido en 2008 en la Biblioteca Nacional, y donde hubo incluso un jurado de internos de ese mismo instituto.
El taller les permite grabar sus reflexiones, y entrevistar a los directivos: el director, campechano, accesible, y el subdirector, detrás de su escritorio. En cierto momento el interno que hace la segunda entrevista se suelta y retruca las declaraciones del funcionario. Dice algo claro: de 45 internos que salieron, sólo uno pudo establecerse bien. Casi todos fueron nuevamente encerrados en ése u otro lugar («quien más tiempo estuvo en libertad, fue nueve meses», dice alguien por ahí), o terminan muertos. Peor, uno se ahorcó en el propio instituto. Aun así, algunos pibes se muestran optimistas, uno accede a un secundario cercano de orientación agraria, otro consigue un permiso de salida e invita a los realizadores a su casa. El barrio también está enrejado.
«Acá me siento seguro, es mi barrio», dice el chico. Lo vemos animado, con ganas de tener un futuro. Ahí surge lo inesperado. Qué pasó, no se dice en detalle. Si algún viejo amigo lo convenció, si fue víctima de alguien con ganas de sumar galones, quién sabe. Pero duele, porque ya lo íbamos conociendo, y tanto él como nosotros habíamos aprendido la diferencia que marca el director entre sujeto y predicado: hay presos, y hay personas presas. «¿Los engañamos, diciéndoles que tienen un futuro, si se esfuerzan?», pregunta un tallerista. Otro muchacho, ya en libertad y a punto de ser padre, lo resume bien: «Siempre hay algo en la memoria. Se te cruza algo y decís mirá lo que estoy pensando, si me agarran de nuevo qué hago. El boludo fui yo. Me gustó robar, y está bien que lo haya pagado. Pero si pudiera trataría que los pibes estén mejor. Son personas».
Los créditos finales conmueven, mostrando qué fue de cada chico que aparece ante las cámaras. E inquietan un poco: dos funcionarios que nos habían causado buena impresión, terminaron renunciando (funciones sólo los lunes 20.30 en Espacio Incaa Km. 2, Piedras 736).


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