10 de agosto 2010 - 00:00

Capital cultural: un honor que no depende de decretos

El proyecto de ampliación del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, donado en 1998 por Emilio Ambasz y nunca concretado; según el ministro de Cultura Hernán Lombardi, la apertura tiene fecha: la primera quincena de diciembre.
El proyecto de ampliación del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, donado en 1998 por Emilio Ambasz y nunca concretado; según el ministro de Cultura Hernán Lombardi, la apertura tiene fecha: la primera quincena de diciembre.
El ministro de Cultura porteño, Hernán Lombardi está seguro de que Buenos Aires es la capital cultural de América latina. «Superamos a San Pablo, al Distrito Federal de México y me atrevería a agregar que también a Madrid. Con sus 300 teatros, con el tango y la música urbana, con los circuitos underground y la variedad de precios, la cantidad y calidad de la oferta cultural de Buenos Aires resulta incomparable». Como quien recita una lección ante los galeristas que con su apoyo participarán el 11 de agosto de la 1° Feria Internacional de Arte de Lima, dedicada a la fotografía, Lombardi enumeró los festivales y actividades porteñas que se suceden en su gestión.

En el salón de reuniones de la Casa de la Cultura, frente a Karim Makarius, hijo del fotógrafo, a los directores de las galerías Dabbah Torrejón, Ernesto Catena, Gonzalo Vidal, Elsi del Rio, Pabellón 4, Gachi Prieto, Masottatorres, Arte X Arte, Artis, Del Infinito, Rubbers y Ro, y junto al director de la editorial Arte al Día, Gastón Deleau, y la crítica Ana María Battistozzi que compartían su mesa, Lombardi concedió finalmente que la oferta madrileña de artes visuales supera la del escenario porteño.

Pero a Buenos Aires le sobra vocación para ser también la capital del arte, además del «meridiano cultural» de Iberoamérica, para utilizar un término hispano. En este sentido, vale la pena recordar las cifras millonarias que invirtió España en arte y arquitectura, para deslumbrar al mundo con sus colecciones y con los museos que desde fines de la década del 80 pueblan su territorio.

A través de los siglos la importancia de las capitales culturales no sólo mantiene su vigencia: su influencia va en aumento. El concepto de capital cultural es de vieja data, los griegos consideraban Atenas como la suya, y sin discusión lo fue también Roma durante la mayor parte de su imperio. En la Edad Media se diluye el concepto, pero vuelve a gravitar a partir del siglo XV, cuando resurge el interés por los vestigios de la cultura antigua como canon de la nueva cultura renacentista.

En ese momento Roma se convirtió en la primera capital cultural universal de la modernidad. Los artistas, los venecianos y los florentinos primero, y luego los extranjeros, se vieron obligados a trabajar en Roma, punto de referencia ineludible por lo que allí hay para ver y estudiar, por las obras que allí crearon esos mismos artistas y por el aporte teórico que se formula a su alrededor. Durante los siguientes siglos, Roma cedió su estatus a París, y, finalmente, Nueva York, ostenta la corona que desde comienzos del nuevo siglo tiene como serio aspirante a Berlín.

Los artistas y galeristas son quienes mejor conocen el impacto de una capital cultural, los beneficios que genera: es el sitio donde se dictan las reglas y donde se escribe la historia; el enclave de consagración por excelencia, ya que asegura el crecimiento del mercado, el arribo de teóricos, coleccionistas y visitantes de alto poder adquisitivo. Por algo, cuando se decidió ampliar el MOMA, el intendente neoyorquino Giuliani donó más de 60 millones de dólares. Lombardi conoce estos números y mientras promociona a Buenos Aires en Lima, con la certeza de crear desde Miraflores un camino de ida y vuelta, fijó la fecha para inaugurar el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires: la primera quincena de diciembre.

Para definir una capital cultural, las colecciones y los museos juegan en todos los casos un papel decisivo. Las colecciones vaticanas y las del Louvre fueron tan importantes para Roma y París, como las del MoMA y el Guggenheim son hoy en día para Nueva York.

Pero la colección del Museo de Arte Moderno porteño es una herida en llagas para los artistas que le donaron a la institución sus mejores obras, y no saben dónde están ni cuándo se van a exhibir. Por esta razón, Lombardi aseguró a este diario: «En la muestra inaugural se exhibirá gran parte de la colección. Pensaban exponer otra cosa, pero quiero que la colección ocupe todo el espacio, las salas históricas de la planta baja y una de las nuevas del primer piso, que tiene grandes dimensiones y cinco metros de altura».

Vale la pena aclarar que por primera vez, desde la llegada de Florencia Braga Menéndez a la Dirección de Museos porteños, se forjó un plan para recuperar el Mamba. Desde que Emilio Ambasz donó en 1998 el proyecto para un nuevo edificio, sucesivos funcionarios prometieron terminar la obra, pero a sus palabras se las llevaba el viento. Lo cierto es que no podían comenzar a construir nada, ni siquiera un metro, porque carecían de algo básico: los planos que posibilitan la construcción. Lo que sí se hizo durante años fue demoler, ante la mirada cómplice de quienes conocían la ausencia de los planos y sin denunciarla, exhibían el dibujito y la maqueta de Ambasz. Recién el año pasado, el «proyecto» dejó de ser algo abstracto: se concretó en un plano.

¿Existió la perversa intención de demorar la obra por tiempo indefinido? Nadie va a confesar semejante patraña, pero el costo de abrir el Mamba es alto. El año pasado el arquitecto Alejandro Corres habló con Ambasz, para modificar con su aprobación un proyecto bellísimo pero con zonas complejas, algunas impracticables. Recién sobre los planos, los directivos de la Dirección General de Museos y el área de arquitectura del Gobierno porteño, con Daniel Chaín a cargo de la construcción, comenzaron a pensar en las cuestiones prácticas, como áreas de trabajo, depósitos y espacios para cursos, clínicas y talleres. En diciembre no estará terminada la obra pero, al menos, desde 2009 hay gente que trabaja para que el Mamba abra las puertas y que en un año más esté definitivamente terminado.

Catálogos

A la hora de sumar tesoros artísticos a Buenos Aires, figura en primer lugar el Museo Nacional de Bellas Artes que, dueño de la mayor colección de arte argentino y europeo, acaba de aportar lo suyo, al revalorizar el conjunto de sus obras e incluirlas en un estupendo catálogo razonado. Los dos primeros tomos analizan a través de 1.200 páginas una selección de 600 obras, entre las alrededor de 11.000 que posee la institución. Hasta ahora, los únicos museos argentinos que tenían sus obras catalogadas eran el Castagnino+macro, el Malba y la Colección Fortabat.

El Malba es un sitio especial, obligado para conocer el arte latinoamericano y, ahora, el Fortabat le suma el encanto de una colección privada, forjada con criterio personal. En la Boca, las exhibiciones de la Fundación Proa se han tornado insoslayables. Nadie sabe qué va a pasar con el Museo que albergará el mural «Ejercicio plástico» del muralista mexicano David Alfaro Siqueiros en la Aduana Taylor, salvo que estará destinado al arte político y excede la superficie de la Colección Fortabat.

Por la noche, la evaluación de los dichos de Lombardi prosiguió en la comida que Ricardo Jarne, director del Centro Cultural de la Embajada de España, le dedicó al catedrático Wifredo Rincón García. Para comenzar, Jarne, retratado como un ángel arcabucero en el medio de su living, refrescó la memoria sobre la calidad y cantidad de museos madrileños. Luego, estaban Sergio Baur, diplomático a cargo de la representación cultural argentina, y Guillermo Alonso, director de Museo de Bellas Artes, comentando con la directora de la Fundación Proa, la crítica Diana Wechler y el diplomático mexicano Alfonso Nieto, la importancia que tiene el Museo de Antropología para la capital azteca.

En suma, también se dijo que es probable que el Museo de Arte Moderno suscite la efervescencia que es característica de estas instituciones y que está ausente todavía en Buenos Aires.

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