9 de junio 2015 - 00:00

Cerró arteBA la más ardua de sus ediciones

Las pinturas de Fernanda Laguna se contaron entre lo mejor que ofreció esta edición de arteBA.
Las pinturas de Fernanda Laguna se contaron entre lo mejor que ofreció esta edición de arteBA.
ArteBA es una gran Feria. El año próximo cumplirá un cuarto de siglo, y ninguna de las que surgieron posteriormente en Latinoamérica alcanzó su atractivo o su nivel. Para nuestro país es importante que exista: fue detonador para un mercado del arte indiferente. El domingo cerró las puertas una edición difícil, aunque justo es reconocer que cumplió largamente con casi todas las expectativas. El objetivo de sus fundadores todavía perdura: generar un mercado y un continente propicio para nuestros artistas. Y todos aportaron lo suyo. Para comenzar, los galeristas, en medio de la inestable marea de los tiempos electorales y a pesar de la incertidumbre, estuvieron presentes. Nadie sabía si los coleccionistas, más allá de las compras de los museos impulsados por el dinero que aporta el Banco Ciudad de Buenos Aires, iban a estar activos.

La compras fueron erráticas. No faltaron pero tampoco abundaron, y así resulta imposible hablar de una tendencia. Nora Fisch elige bien sus artistas, sabe tejer sus redes y estuvo entre las galerías más vendedoras. Luego, Ruth Benzacar, Zavaleta Lab, Henrique Faría, las uruguayas Del Paseo y Sur, Miau Miau, Vasari, Del Infinito y Rolft art, con exhibiciones tan cuidadas como las de un museo, tuvieron un buen desempeño, aunque Laura Haber no alcanzó a vender las bellísimas pinturas de Roberto Aizenberg. El paulista Oscar Cruz marcó las peculiaridades de esta ocasión: vendió mucho y bien el primer día pero luego quedaron sin comprador aquellas obras que, supuestamente, tenían interesados que iban a regresar, .

Los artistas de aquí y del exterior, aunque cada año pierden un poco la diversidad y el perfil latino que los identificaba, presentaron excelentes obras. Entre ellas estaban casi todas las del Barrio Joven, los bustos de Jacques Bedel, la instalación de Adrián Villar Rojas, las pinturas de Fernanda Laguna, Alberto Passolini, Juan Becú y Pablo Siquier, las fotos de Facundo de Zuviría, las obras de Eduardo Basualdo, por mencionar sólo algunas.

Una gran feria demanda grandes inversiones y proyectos. ArteBA aspira a la continuidad de sus programas internacionales para consolidar un mercado que poco a poco se fue abriendo al mundo. Ahora, las políticas culturales y comerciales de los distintos países pueden diferir, pero la condición primordial es equiparar los marcos legales y las exigencias aduaneras para poder competir. Algo falla sin embargo cuando un conjunto de galerías muestra obras que se pueden o deben- plegar y guardar en una valija.

Los países como Brasil o Perú tienen la suerte de contar con un firme apoyo gubernamental. No es el caso de EE.UU., pero allí, al igual que en Gran Bretaña, el arte circula con absoluta libertad.

En la Feria saltan los nombres de los ausentes. La mayoría de los estupendos espacios que forjaron la gloria de los años 90, quedan en la memoria. Es una generación arrasada. También faltan artistas que ya no están y que supieron determinar la gloria de algunas ferias, como Luis Benedit o Pablo Suárez.

Hay que ver sin embargo el lado positivo. Las publicaciones de numerosos libros de artistas, y los programas paralelos para ver muestras por toda la ciudad (algunas formidables) generaron el clima efervescente y positivo de los mejores tiempos. Además de un montaje escenográfico y abierto, que permitía pasar horas en La Rural sin la clásica sensación de encierro. Los directivos de arteBA tienen claro adónde aspiran llegar. Si nuestro país crece, las metas se volverán cercanas. Hoy está prohibido mirar atrás.

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