Cuando un país “pierde” miles de millones de dólares en el intercambio -cuando, como pasa con los Estados Unidos, sus cuentas externas registran un déficit sostenido- “las guerras comerciales son buenas y son fáciles de ganar”, sentenció el presidente Donald Trump en marzo de 2018, antes de emprender su cruzada de mayores aranceles. China se permite discrepar. Se sienta a la mesa, promete, acuerda de palabra, pero retacea las facilidades. Aprovecha el tiempo para fortalecer sus flancos vulnerables. Se reserva el derecho a cambiar de opinión, y lo ejerce. Así enfureció a Trump, y así terminó la tregua forjada en Buenos Aires en diciembre. Nada se cerró hasta que no se cierre toda la negociación. Y Trump no tiene remate. El Obamacare rige, no fue repelido ni reemplazado; el gran muro mexicano es el cerco discontinuo de antaño (que los vecinos no van a pagar); el NAFTA continúa porque el tratado sustituto no tiene visos de aprobación en el Congreso. ¿Qué acordó Trump con Corea del Norte? La desnuclearización, ¿se cumple? Kim Jong-un hoy arroja misiles; el presidente lo tolera sin sanciones. Beijing tomó nota. La agenda de Washington es un mar de cabos sueltos. Entonces, ¿será capaz Trump de cerrar un acuerdo de comercio con China? Hay que pensar que sí. Se puede convivir con el Obamacare, el NAFTA y el eje del mal sin notarlo. No se puede paralizar el comercio -y multiplicar la incertidumbre- y vivir como si nada. “Es un momento delicado para el mundo”, dijo Christine Lagarde. Es más que eso: es muy delicado para los dos actores -EE.UU. y China- que deciden. Peor aún para sus líderes, Trump y Xi Jinping, de cara a las exigencias de la política interna. Habrá acuerdo, pues. Por defecto. ¿Cuándo? Eso es lo impredecible. ¿Antes o después de una recesión global? La Bolsa anticipa, ¿será antes que las acciones se hundan en un mercado bear? Beijing prueba el temple de Trump (primero lo mandó a Kim) sabiendo que una debacle de Wall Street derretirá su bravura. China ya tuvo su bear market, y si no confiara en sobrellevar una segunda recaída, no tensaría la cuerda con su renegociación de último minuto. ¿Se necesitará llegar a tanto? ¿O es la vuelta de tuerca final? La que nos enseña que la disputa fue a cara de perro, sin concesiones ni dejar migajas sobre la mesa. Y que sólo dos gigantes podían conducir a buen puerto.

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