19 de febrero 2010 - 00:00

CLÁSICO OTOÑAL: LOS IDOS DE MARZO

Es un clásico de marzo cada dos años en la Argentina, con éste y otros Gobiernos, pero la leyenda, que recorre los pasillos y despachos dorados -y más que ociosos- de funcionarios, se encarna en cabildeos, debates secretos, intercambios de carpetas e información sobre personas que tienen cargos en el gabinete y, lo más importante, que pretenden reemplazarlos. La madurez de la jefatura de ministros ejercida por Aníbal Fernández puede tener precio, porque se le atribuye a él la misión de estudiar y consultar un cambio de gabinete con fecha de marzo.

El elenco de los ministros nació de una emergencia que ha acompañado a Cristina de Kirchner (quien hoy cumple 57 años) desde 2007 que liquidó el primer programa del nuevo mandato kirchnerista, aquel que soñaba con un grupo de jóvenes «turcos» aportados por la usina de Alberto Fernández. Martín Lousteau fue uno de ellos, el otro Sergio Massa, que reemplazo a Alberto con tan mala faena que precipitó a Aníbal como responsable de la nueva etapa.

Que este Fernández reciba ahora la orden de imaginar un nuevo gabinete es para darle al equipo de Gobierno un aroma peronista más pronunciado, que funcione como herramienta de una candidatura presidencial de Néstor Kirchner, que honre - o consiga- el apoyo de algunos gobernadores que consultan en wikipedia a quién apoyar en 2011 e interceptar el escollo que pueda significar para el santacruceño un alzamiento reutemista.

En torno al jefe de Gabinete gravitan algunos ministros que no temen perder el puesto bajo los idus de marzo -Julio Alak, Julián Domínguez, que más que ministros parecen operadores-, un rubro que no le preocupa mucho a los Kirchner pensando en el futuro.

Lo que sí les preocupa es la necesidad de una limpieza de cara ante las críticas del público que expresan las encuestas sobre algunos funcionarios que arrastran leyenda de corrupción o que están atados a conflictos que nunca se resuelven. También para facilitar algún proyecto personal, como una candidatura de Julio de Vido a la gobernación de Santa Cruz, aunque es poco imaginable la actual administración sin el concurso de ese arquitecto que maneja áreas clave de Gobierno que lo constituyen en un jefe de gabinete paralelo. Otrosí: ¿abandonaría un candidato a gobernador un ministerio que le habilitaría recursos y poder político para mejorar sus chances contra cualquier candidato, más aún en un distrito en donde el kirchnerismo perdió la última elección?

La otra motivación para mover el banco y agitar carpetas es sincerar frente al mundo de la economía lo que intenta farfullar el actual gabinete: una ortodoxia que pretende pagar la deuda defaulteada y regresar a los mercados en busca de la tasa más baja -con Fondo del Bicentenario o sin él- que obliga a los Kirchner a discutir con una oposición que los critica por no ser heterodoxos. El extremo es la pelea que mantienen con el ala Lozano de los diputados que piden directamente revisar todos los compromisos externos de la Argentina con un énfasis kirchnerista que avergüenza a la Casa de Gobierno.

La licencia para decir y actuar con que se mueve Mercedes Marcó del Pont desde el Banco Central señala otro rumbo de los cambios. La prédica con banqueros y empresarios la expone con un perfil que va más allá de un presidente del Banco Central. Eso arrincona a los responsables del área de Economía o de Industria frente a esta Marcó que funciona como quien está preparando un plan económico que tendría que ejecutar una estructura más grande que la de cualquiera de los ministros a los que comprometería un nuevo proyecto (Economía, Infraestructura, Producción). ¿Destino de superministro para la sobrina de Rogelio Frigerio?

Las partes blandas del gabinete (Trabajo, Salud, Desarrollo Social) parecen las mejores protegidas en este remezón del gabinete; gestionan los asuntos más cercanos al corazón presidencial como son las relaciones con los gremios, el otorgamiento de planes sociales y la administración de partidas que los Kirchner no cederán a nuevos nombres en la inminencia de una batalla electoral.

Modera mucho el impulso que pueda ponerle Aníbal Fernández a esta orden la reticencia de los Kirchner a los cambios de elencos. Han gobernado siempre en Santa Cruz con los mismos nombres; De Vido en los años '90 competía con el bonaerense Jorge Remes Lenicov por el récord del ministro provincial que más años había estado en el cargo. Tampoco conocen a mucha gente -su interés en la sociabilidad política es nulo- y cuando han confiado en alguien para que les aportase gente les fue mal. Les ocurrió esto con Alberto Fernández, que los iba a llevar al cielo de la nueva política y les resultó un flautista de Hamelin.

No es el caso de Daniel Scioli a quien se le atribuye también un aire renovador para el mes que viene. Hasta hay dirigentes que son portadores de ofertas para ocupar cargos en un elenco que el gobernador suele refrescar cada tanto. En este caso el interés del gobernador es relanzar su candidatura a un nuevo mandato, aferrado al éxito que considera que tuvo su campaña de verano, que le haría subir en 10 puntos en el afecto popular que reflejan las encuestas.