27 de noviembre 2015 - 00:00

Claves para entender a China hoy

A continuación se reproduce la introducción del libro “China, el gran desafío”, recientemente lanzado por Horacio Busanello, columnista de Ámbito Financiero .

Horacio Busanello
Horacio Busanello
 El interés por China ha crecido de la mano de su meteórico ascenso económico, que la ha ubicado entre las principales potencias del planeta. Sin embargo, el hecho más perturbador del siglo XXI es que la mayor transformación económica y social de la historia de la humanidad fue liderada por el Partido Comunista Chino.

En los años ochenta, su producto bruto interno representaba apenas un 2-3% de la economía global. Un mero dato estadístico frente a la economía americana que concentraba un cuarto de la riqueza del mundo.

Bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, el gigante asiático fijó su prioridad en la modernización del país utilizando todos los recursos disponibles y creando las condiciones necesarias para atraer ingentes inversiones extranjeras que aprovecharon una inmensa fuerza laboral de bajo costo para erigir al mayor productor de manufacturas del mundo.

Durante los últimos treinta años, China ha ofrecido al mundo: una deflación de precios al exportar productos a precios impensados en Occidente; una insaciable demanda de materias primas que no solo impulsó un superciclo de commodities sino que llenó de dólares los tesoros de las economías en desarrollo; un mercado de consumo de dimensiones únicas y potencial más allá de la imaginación; reservas internacionales por u$s 4.000 millones con las que ha financiado los déficit de los americanos y europeos.

El dinamismo y la complejidad de la economía china se traduce en grandes tendencias: el aumento de la población urbana; reducción de la pobreza y la desnutrición; el aumento y sofisticación de su clase media; una profunda huella ambiental producto de un enorme crecimiento que no reparó en sus niveles de contaminación del aire, agua y tierra; elevadísimas tasas de ahorro interno para financiar a los gobiernos locales, megaobras de infraestructura y al mercado inmobiliario.

China se ha convertido en la segunda economía del planeta y se posiciona como una nueva potencia en un mundo multipolar que presencia la gradual decadencia de Occidente y del orden nacido sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. La economía china no solo es superior a la suma de la alemana y la japonesa juntas, sino que tiene una tasa de crecimiento superior a la de las principales potencias. Un escenario totalmente impensado e inesperado hace treinta años. Deng y su pragmatismo capitalista determinaron un crecimiento exponencial de la economía local al tiempo que revigorizaron su régimen comunista. La caída del muro de Berlín marcó el final de la Guerra Fría y de la bipolaridad soviético-americana para dar nacimiento a una predominancia americana unipolar que comenzó a resquebrajarse con la crisis financiera de 2008. China fue clave a la hora de ayudar al mundo a sobrevivir la crisis engendrada por el propio seno del capitalismo.

El gigante rojo evolucionó de ser uno de los Estados más asilados del planeta hasta convertirse en uno de los motores de una economía mundial totalmente integrada e interconectada. Esta interconexión hizo que el tablero geopolítico mundial sufriera un tembladeral en dos de sus elementos claves: energía y alimentos. China se transformó en el país con mayor demanda de energía del planeta y fue uno de los grandes responsables a la hora de llevar los precios del petróleo por encima de los u$s 100 por barril para luego beneficiarse con su caída. China debe alimentar al 20% de la población mundial, pero solo tiene un 7% del agua dulce de la tierra cultivable del planeta. Tamaño desafío hace que todo lo relacionado con la producción de alimentos sea una cuestión de Estado.

Su demanda por alimentos la llevó a convertirse en un jugador determinante en los mercados de granos, carnes, lácteos, aceites, harinas, etcétera. China es el segundo mayor productor de granos (trigo, maíz, arroz y soja) del globo. Es el primer consumidor de arroz y soja así como el segundo de trigo y maíz. Para satisfacer su demanda interna importa astronómicamente cifra de 70 millones de toneladas de soja por año.

La mejora del ingreso promedio llevó a su creciente clase media a impulsar el consumo de carnes que pasó de 8 millones de toneladas en 1978 a más de 70 millones en la actualidad, convirtiéndose en el principal productor y consumidor del planeta. Aún así, el consumo per cápita chino es de solo 54 kilogramos por habitante por año frente a la media de los países OCDE de 64 kilogramos por habitante por año.

La creciente clase media del <> dio impulso a un gigantesco mercado interno donde se destaca el automotor con más de 20 millones de unidades. Esa misma clase media ha llevado a desarrollar un creciente mercado de artículos de lujo y el primero de transacciones online.

China busca un crecimiento en armonía donde la nueva normalidad impone tasas de crecimiento del orden de un dígito dejando atrás treinta años de un crecimiento promedio del 10%. ¿Podrá hacerlo? ¿Asistiremos a un aterrizaje suave de su economía o explotarán burbujas que descarrilen al país de su senda de crecimiento?

La transición de la China de los años ochenta a la del siglo XXI fue tutelada por el Partido Comunista Chino, que supo adaptarse y reinventarse para mantener su poder económico, político, militar y social. Sin embargo, el crecimiento económico bajo la dirección burocrática de sus miembros ha exacerbado los niveles de corrupción al punto de transformar la lucha contra la misma en un tema central de los líderes del partido. La corrupción es el gran <> del régimen y es uno de los grandes reclamos de la sociedad china junto con la contaminación y la seguridad de los alimentos, entre otros. China es señalada como el mayor contaminador del planeta pero el progreso económico y la mejora del ingreso medio de la población han permitido sacar de la pobreza a millones de personas al tiempo que lograron una notoria mejora en la calidad de vida del país.

La fabulosa maquinaria partidaria china con más de 80 millones de afiliados- conducida por el Comité Permanente del Politburó liderado por el secretario general Xi Jinping es un complejo aparato donde destacan el Departamento de Organización, el Comité Central de Control Disciplinario, el Ejército Rojo y las empresas del Estado (SOE) bajo el imperio de un Estado de derecho con características socialistas china.

El capitalismo rojo o socialismo a la china le ha permitido al Partido Comunista Chino no sólo legitimar su poder interno a través del progreso material de sus habitantes sino disputar a largo plazo la supremacía americana que se ve amenazada por primera vez desde la caída del muro de Berlín.

China es el producto de una historia, cultura, política y valores que tienen muy poco que ver con Occidente. Para entender la particular combinación del régimen político chino y su floreciente economía hay que adentrarse en su historia y cultura. La influencia confusiana es clave a la hora de entender los valores y comportamiento de la sociedad china frente al individuo, familia y Estado.

Los chinos han abrazado la tecnología con una rapidez y con una vocación impensables. Sin embargo, al mismo tiempo mantienen sus modales, tradiciones y creencias. Son respetuosos, simpáticos y humildes. Son modestos pero orgullosos de su historia y de sus logros como país. Son muy trabajadores y se esfuerzan por mejorar económicamente y ascender socialmente. El <> es una potencia no sólo por el peso de los números de su economía sino también por la riqueza de sus cinco mil años de historia, su geografía, demografía, educación, valores y creencias.

El gigante asiático refleja la dualidad de ser una potencia económica y al mismo tiempo un país en desarrollo con un ingreso medio per cápita similar a Perú. Dentro de su extensa geografía encontramos regiones con alta concentración de riqueza que alternan con zonas muy pobres donde predominan los centros urbanos desarrollados y ricos versus las zonas rurales pobres y marginadas. A pesar del crecimiento y como reconocen sus propias autoridades, China se ha vuelto un país más desigual. Una desigualdad que también está presente en la gran mayoría de los países, incluidos los mejores ejemplos de democracia.

Unas democracias que parecen agonizar no sólo por el envejecimiento de su población sino también por la corrupción, en general, y por la decadencia de sus instituciones, en particular. Las elites de turno se apropian de los regímenes gubernamentales, sean estos calificados como democráticos o no, al tiempo que la desigualdad genera profundas heridas en el tejido social. La creciente desigualdad es un problema de Oriente y Occidente, cuya solución es difícil de visualizar.

Los países tienden a entender la Historia según su propia experiencia. China es una dictadura proletaria. Sus líderes rechazan los conceptos de democracia, libertad y de derechos humanos según los entiende Occidente. Se aferran a los valores orientales de origen confuciano- donde el bienestar y las necesidades de la sociedad en su conjunto tienen preeminencia sobre los derechos individuales.

Hay una desconfianza hacia Occidente, tal vez fundada en la violencia colonialista ejercida por las mismas potencias que ahora pregonan las prácticas democráticas. A principios del siglo CC, el presidente Wilson asignó a los Estados Unidos el deber de difundir la democracia y el libre comercio en el mundo. Como describe Guy Soman en su libro Made in USA, un <> que los conduciría hasta Irak.

Los Estados Unidos quieren exportar su modelo democrático al mundo frente a una China que se refugia en su historia y declama no querer imponer su modelo a nadie. Cabe preguntarnos si existe pues un contrapunto entre los valores occidentales de libertad democrática y derechos humanos versus los valores asiáticos de la disciplina y el orden. ¿Es así o sólo es una excusa para autojustificar su estilo de gobierno?

Todas estas razones han generado un interés creciente por conocer y entender qué es China. No sólo se trata de saber acerca de su historia, cultura y sociedad sino que también preocupa su futuro; hacia dónde se dirige su economía, cómo evolucionará el Partido Comunista Chino, cómo se desarrollará esa relación tan especial con los Estados Unidos y hasta qué punto influirá en el porvenir del resto de la humanidad.

Los números y las proporciones son tan abrumadores en China que existe la tentación de perderse en rankings, porcentajes y todo tipo de estadísticas. Sin embargo, vale más el análisis cualitativo y la dirección de los acontecimientos que cualquier intento de ser exhausto con los números.

No podemos ignorar a China y a su futuro. Pero para entender a esta gran nación hay que hacer un gran esfuerzo como el que este gigante ha hecho durante los últimos treinta años para insertarse en el mundo. Este libro pretende ser sólo un puente hacia un mayor conocimiento y entendimiento de este gran país. No busca atacar ni alabar. Sólo trata de mostrar los hechos con la mejor dosis de objetividad de quien los describe para que la tarea de acercarnos sea más fácil.

Si este camino genera curiosidad, inquietud, deseo de saber y aprender más y hasta polémica sobre los temas tratados, me doy por satisfecho por haber quebrado la barrera de la indiferencia hacia una potencia cuyo futuro influirá definitivamente en el de nuestra región y en el de nuestro país.

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