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Coinciden muestras de Bedel en Recoleta y MACLA platense
«Aproximación a la maldad» de Jacques Bedel, importante artista objeto de dos muestras: una en el MACLA de La Plata y otra en la que el Recoleta les rinde un homenaje conjunto a él, a Clorindo Testa y a Luis Benedit.
Además, el Centro Cultural Recoleta presenta al mismo tiempo que el MACLA una gran exposición homenaje a Clorindo Testa, Jacques Bedel y Luis Benedit, los tres artistas y arquitectos que hace 30 años estuvieron a cargo de la remodelación del antiguo asilo de ancianos donde hoy funciona este espacio, central en el mapa cultural de la ciudad de Buenos Aires y donde exhibieron importantísimos artistas y arquitectos de la argentina y el mundo.
Jacques Bedel nació en Buenos Aires en 1947; su ingreso en la Facultad de Arquitectura obedeció a una decisión que informa su futura labor de artista y que él explicó así: «Es la carrera más completa en lo referente a una formación humanística y artística, además de posibilitar el hecho de desarrollar la disciplina creativa, no sólo de espacios habitables sino de cualquier cosa que constituya el entorno del hombre».
Bedel comenzó haciendo proyecciones múltiples de sombras en color, pero su preocupación no consistía en crear cajas con pantallas sino un objeto que reflejara sombras y que también valiese por sí mismo cuando cesaran las proyecciones. Becado por el Gobierno de Francia (Premio Braque), viaja a París, donde empieza a investigar con espejos planos y acrílicos para obtener imágenes superpuestas multiplicadas.
Colaborador del Groupe dArt Constructif el Mouvement, utiliza en sus propuestas espejos parabólicos para lograr un mayor campo de reflexión en esa superficie menor. Lentamente se traslada al terreno de la escultura, cuando, en sus investigaciones sobre reflexión de imágenes, utiliza el acero pulido. Este metal permite trabajos de mayor tamaño, sin el riesgo de rotura de los espejos.
Desde su creación en 1971, integró el Grupo CAYC; con sus colegas participó en la Bienal de Venecia y obtuvo el Gran Premio de la Bienal de San Pablo en 1977, y recorrió con ellos museos y galerías de todo el mundo, desde Riejavik a Nueva York, desde Berlín a Praga, desde Helsinki a Ljubliana.
Por otra parte, con una vocación por el compromiso social, editó con textos del autor de esta nota, un libro sobre arte político y todas sus representaciones
A diferencia del arqueólogo, Bedel no intentaba reconstruir: sólo documentaba y reseñaba. Copiaba o imaginaba vestigios. Rescataba en sus obras la grandiosidad del territorio que va desde la fría Patagonia a la Mesopotamia tropical y elaboraba ruinas, que luego incorporaba en sus libros.
De este modo, reelaboró las fosilizaciones, los carbones e incrustaciones de aguas y minerales, integrándolas a representaciones regionales con tierras, óxidos y silicatos. Son las obras que expuso en el Museo de Tokio Stripped House, y como en todas las muestras anteriores, con Benedit, Grippo, Marotta, Portillos, Testa y el autor de esta nota.
No sólo se propuso un rescate poético de las riquezas naturales del país, frente a la aparición de lo tecnológico, sino que además planteó su interés por los mitos y las leyendas. El libro, ya lo sabemos, simboliza la cultura, y es un objeto que, por excelencia, encierra sentidos. Esta constatación nos parece fundamental, porque aun en los casos de libros de cuyas páginas están en blanco, como en ciertas experiencias, adquieren su sentido por oposición al libro escrito.
El libro escultórico, además, se opone al libro común en otro eje fundamental: no contiene escritura ni dibujos. Es cierto que hay libros compuestos exclusivamente por láminas o ilustraciones, pero existe siempre algún anclaje lingüístico. En el caso que examinamos, el libro ni siquiera tiene título y esto manifiesta un carácter distinto y distintivo con respecto a su ser, a su naturaleza. Los libros de Bedel contienen objetos tridimensionales: paisajes, ruinas, restos, y su significación.
Las ciudades del Plata (como es sabido, el nombre Argentina deriva de Argentum), se refieren a lo que los conquistadores españoles del siglo XVI buscaron empeñosamente sin éxito.
Sus reconstrucciones tendieron -como en el caso del Valle de la Luna, en las provincias de La Rioja y San Juan- a reformular su perspectiva acerca de las fuerzas que, durante millones de años, han actuado sobre la Naturaleza en el Hemisferio Sur.
Desde comienzos de los 90, cuando inició sus Rollos en largas planchas de plomo, Bedel ha ido recobrando el logos divino escrito por los hombres. Se internó en el Apocalipsis de Juan, desarrollado en la isla griega de Patmos, hacia el año 95 de nuestra era. Toda revelación es una profecía y el Apocalipsis, un texto profético: revela/profetiza cómo será aniquilado el mundo nefasto y cómo será construido el universo de la paz y el amor. Por eso, Bedel ha elegido citas que se vinculan con la esperanza y el futuro y no con los desastres narrados por Juan, que han llevado a tomar la palabra apocalipsis como sinónimo de muerte y destrucción. «Apasionado por el misterio de la creación, Bedel plantea interrogantes que alternan el cuestionamiento de las respuestas ofrecidas por las diferentes religiones y culturas a lo largo de siglos con los abordajes contemporáneos», escribió la curadora Corinne Sacca Abadi, en su ensayo sobre Bedel.
En la tercera edición del Certamen Iberoamericano de Pintura Aerolíneas 2004, fue distinguido con el Gran Premio por su obra «Aproximación a la maldad», por un jurado de críticos internacionales y locales. El trabajo representaba a una nube que fagocitaba a otra, y continuaba con sus propuestas vinculadas al espacio y al infinito. Seguía con su serie Apocalipsis que expuso con el Grupo en la Bienal de Venecia. En sus obras no hay misticismo ni fin teológico, sino interés por la interminable empresa del ser humano por saber de sí y de su destino.


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