2 de febrero 2009 - 00:00

COMENTARIOS POLÍTICOS DEL FIN DE SEMANA

Cristina de Kirchner
Cristina de Kirchner
Morales Solá, Joaquín. La Nación. Con el brío que da el regreso de las vacaciones, el columnista despliega toda la panoplia para responder a los agravios que le merece el Gobierno: Néstor Kirchner y el campo están agotados, secos, impotentes, el tiempo de las palabras, la nostalgia y los agravios se le han terminado a Cristina de Kirchner. Lo único que les quedan al santacruceño son reflejos «de intendente» que le sirven para intentar un plan electoral basado sobre obras que tardarán en llegar y que no le traerán los votos que ambiciona para octubre.
Como si buscase tensar la cuerda al máximo, forma que tiene para buscar una respuesta en la voz presidencial en algún acto esta semana, Morales Solá elige para mortificar al Gobierno la voz que más lo hiere, la del ex jefe de Gabinete Alberto Fernández. Este ex funcionario ha retenido, al menos que se conozca, una sola función de las que ejercía cuando estaba en el Gobierno, inspirar -si no dictar- los panoramas dominicales de los diarios. El columnista reproduce, sin dar el nombre del interlocutor, algunos de los sketchs que actúan Kirchner y Fernández en sus visitas a Olivos. Por ejemplo, cuando Alberto carga sobre Guillermo Moreno y el ex presidente ya no lo defiende más. ¿Quiere decir eso que Cristina de Kirchner va a prescindir el extravagante secretario de Comercio? Si las cosas son como parece, no. Kirchner viene escuchándole a Fernández esas invectivas desde hace años y nunca ha hecho ademán alguno de separar de su Gobierno -éste lo es- al funcionario que mejor interpreta sus composiciones, en letra y música. Kirchner ha buscado ser el presidente más peronista desde Juan Perón; lo mismo entiende Moreno, que se cree un, digamos, Miguel Revestido, aquel funcionario que combatía el agio y la especulación para el desastrado gobierno peronista de 1973-76.
Útil el ángulo desde el cual el columnista especula sobre un agravamiento de la crisis en la Argentina: el público, dice, está acostumbrado a que haya «un referente económico confiable» cuando se producen las tormentas. Hoy no sabe quién lo podría salvar de esa eventual crisis que sobrevendría como efecto de la crisis internacional. «La sociedad -afirma- no sabe quién la sacará del pantano inevitable». No basta, da a entender, que Kirchner se mueva como el único ministro de Economía serio que tiene el país. Es inevitable, ante estas expresiones, especular con qué argumentos respondería Kirchner: primero, que cada vez que hubo un hombre fuerte de la economía en la Argentina, fueron responsables de los desastres. Con esa explicación ha descrito su preferencia por la eliminación del Ministerio de Economía, un proyecto al que nunca se animó llevar a cabo cuando era presidente pero que logró desde la salida de Roberto Lavagna designando en esa silla a estrellas de menor magnitud.

VAN DER KOOY, EDUARDO. Clarín. Con la misma inspiración fernandista de sus colegas, el columnista recrea detalles de la misma manía que describen Morales Solá y Mario Wainfeld por los anuncios compulsivos desde Olivos. Van der Kooy es más drástico, aunque emplee menos adjetivos, que Morales Solá sobre la suerte del Gobierno. Dice que la imagen de Cristina de Kirchner se consume de manera inexorable, que se agotan las últimas oportunidades de rehacer su identidad y autoridad presidencial (tema de las charlas de Kirchner en Olivos con Alberto Fernández) por una sola causa: no se han dado cuenta los Kirchner de que la prolongación en el tiempo de la crisis ha cansado al público. Señala así una idea a la que habrá que sacarle punta: los límites a las políticas graduales, que en el caso del campo parecen fracasar porque ninguno de los dos sectores en pugna puede salir de la pelea personal y en venganza frente a los que están enfrente.
El Gobierno, cree Van der Kooy, tiene a mano la posibilidad de modificar ese destino emprendiendo alguna medida de shock, que le ayudaría a quebrar la fortaleza del frente del campo, como por ejemplo suspender el cobro de retenciones durante tres meses, un pedido de varios gobernadores que piden ayuda en sus distritos. ¿Aguantaría la tesorería de los Kirchner un golpe a la recaudación? Antes de ahora han pagado mucho por cambiar las expectativas, por ejemplo cuando se usaron reservas para desendeudarse ante el FMI con el único propósito de dar a entender que no se seguían más sus dictámenes (sigue siendo el rescate más alto pagado en la historia a cambio de una libertad, en este caso del entonces presidente Kirchner).
A este capítulo pertenecen algunas especulaciones del Gobierno sobre usar reservas para dar señales de más desendeudamiento, de previsibilidad y para aventar sospechar de un nuevo default que reseña Van der Kooy en otro de los aportes de su columna de ayer.

WAINFELD, MARIO. Página/12. Con Horacio Verbitsky dedicado ayer a escribir otro capítulo de historia sagrada (con pasión de converso atiza a los ultramontanos lefebvristas de La Reja), hay que acudir al concurso de Wainfeld para tener un testimonio de periodismo «de régimen» (es como llamaba Oriana Fallaci a los periodistas que jaleaban las lindezas de Mussolini). Con un entusiasmo difícil de entender en profesional tan informado, se deslumbra cuando relata detalles de la «mística del hecho cotidiano, una marca de fábrica del kirchnerismo». Se refiere así, con aire de gacetilla de los años 50, a los actos de Cristina de Kirchner anunciando programas y obras de manera compulsiva. No soñó el llorado Pedro Olgo Ochoa, maestro de periodistas-peronistas, con que en las nuevas generaciones surgiesen émulos de esta categoría, que por momento alcanzan la altura de un Emilio Abras, de un Miguel Bonasso, de un Roberto Disandro, que dejaron en ese oficio una huella, leve, pero huella al fin.
Seguramente por pudor, Wainfeld se preocupa ante tanto «hecho cotidiano» y se permite aconsejar que, por favor, el Gobierno modere y regule mejor los anuncios, de manera de que cada uno de ellos se note mejor, que no se acumulen tanto las realizaciones, no sea que al final el público se dé cuenta.
Toda la columna es un repaso de los éxitos de la semana: los listados de obras, el canje de créditos garantizados, a los que llama con gracia los «pegé», los subsidios al consumo, que se puede extender bajo la forma de créditos blandos a empresas que tengan personal en blanco. ¿Habría forma de distinguirlas de las que tienen algo en negro? Si fuera posible habría que forzar el blanqueo. Es como decir que se va a subsidiar a los empresarios buenos.
Sale al cruce de la presunción canalla de que pueda haber actos de corrupción, pero le hace decir a un ministro que dice conocer el conurbano: «Estamos en el mismo barco, los muchachos no se van a equivocar ni a desviar fondos». Que anote la frase Francis Coppola para cuando filme «El Padrino IV».

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