6 de octubre 2015 - 00:00

Con obras de los 90 Bellas Artes apunta a un público joven

Bajo el título de “Los 90”, en una sala del Museo de Bellas Artes, se exhibe un mix de obras en dulce montón y con un texto que no alcanza a explicar la complejidad de la década. Arriba, una obra del entre candoroso e insolente Benito Laren.
Bajo el título de “Los 90”, en una sala del Museo de Bellas Artes, se exhibe un mix de obras en dulce montón y con un texto que no alcanza a explicar la complejidad de la década. Arriba, una obra del entre candoroso e insolente Benito Laren.
 Desde el siglo XVIII, cuando las puertas del palacio del Louvre se abrieron al público y el esplendor de las colecciones reales se exhibió ante el mundo, los museos atesoran el arte que provoca placer estético a la humanidad. Con el paso del tiempo, los grandes museos restauraron sus vejeces y se convirtieron en lugares de culto, capaces de deparar experiencias transformadoras. En efecto, el encuentro con obras, exhibiciones, historias, puede llegar a cambiar la visión del mundo de las personas. El arte es un aguijón punzante, toca la sensibilidad y moviliza las ideas. Y éste es el verdadero poder de los museos. Poder que se acrecienta con el prestigio ganado por algunas instituciones que convalidan la gloria de sus artistas.

Las colecciones de nuestro Museo Nacional de Bellas Artes, el más importante de Latinoamérica, riquísimas en arte europeo de casi todos los tiempos, están avaladas por la historia y el tiempo. No obstante, la gran apuesta política del MNBA en estos últimos años ha sido la búsqueda de atractivos para el público joven. Es posible que los criterios cambien cuando Gastón Duprat, nombrado por concurso, asuma la dirección. Pero más allá de exhibiciones excepcionales como "El imaginario erótico del siglo XIX" o "La hora americana", una indagación desde 1910 hasta 1950 de nuestro territorio, una fiesta para el público de todas las edades, hubo algunas (Cinalli, Larrañaga, Pérez Celis) que no tuvieron un público definido.

En la actualidad, con el objetivo evidente de atraer a las nuevas generaciones, el MNBA exhibe una serie de obras de los años 90, varias donadas y otras de adquiridas, algunas al coleccionista por excelencia de esa década, Gustavo Bruzzone.

¿Puede la juventud aumentar los niveles de contacto con la sociedad? Desde luego, pero a partir de este punto se abren interrogantes sobre el patrimonio público. Hoy, la sala del tercer piso, destinada desde su creación por sus escasos metros y sus techos bajos a la fotografía tradicional, exhibe un mix de obras en alegre montón. Allí, bajo el título de "Los 90" y con un texto que no alcanza a explicar la complejidad de la década, se cruzan las diversas vertientes y los distintos artistas que entablaron una batalla estética sólo comparable a la memorable pugna entre los grupos, Florida, con los partidarios del arte por el arte y, Boedo, integrado por quienes creían que el arte debe tener contenido político.

Aunque las posiciones de ayer y de hoy nunca fueron absolutamente radicales. En el pasillo se divisa la puerta baleada de un auto color rosa de Benito Laren. John Lennon se asoma en la ventanilla y la obra representa la mayor tragedia del rock. Laren comenzó su carrera en el Centro Cultural Ricardo Rojas con una estética que iba en busca de la belleza y se alejaba del drama. "Entendió literalmente el efecto de las célebres cajas de Warhol: su técnica debía no sólo ser brillante, sino convertirlo absolutamente todo en brillo", sostiene el teórico Rafael Cippolini. Y así creó una técnica que se asemeja a la brillantina. En la sala también aparece otra obra de Laren. El artista comparte el muro con Marcelo Pombo, Jorge Gumier Maier, Miguel Harte y Pablo Suárez, las figuras más representativas del movimiento artístico dominante de los años 90, llamado por sus detractores- "arte light" o "kitsch-guarango".

La obra de Laren en cuestión es una apropiación tan brillante como juguetona de "Le moulin de la Galette" de Van Gogh, con el marco recortado. "Hice copias de obras de varios pintores: Cándido López, Van Gogh, Kuitka. Las hago porque es más fácil vender esos cuadros que loS míos", dijo hace años el artista. De este modo resume ética y estética con la lógica de mercado, con cinismo y humor. Laren es así: burlón, candoroso e insolente. Pero tiene sus fans y su atrevida apropiación resultó elegida entre las obras cumbre que pueblan el Museo para ilustrar la portada de la nueva "Guía del MNBA". El molino de Laren es el anticipo de 320 páginas con obras notables; luego, el verdadero molino de Van Gogh figura en la contratapa.

La elección, tan desprejuiciada como la obra de Laren, la aclara el joven Martín Reydo: "La idea fue de Marcela [actual directora] y Santiago Villanueva (Azul, 1990). Estábamos buscando llamar la atención justamente con las incorporaciones recientes de los noventa. Y al mismo tiempo no perder de vista que el museo alberga una colección única clásica. El molino fue la clave". El arribo de Laren al Rojas significó, de acuerdo a Marcelo Pombo, un encuentro con "el artesano más ridículo y salvaje de todos". Los términos no son peyorativos, las expresiones artísticas, "el modelo doméstico, ese placer privado mostrado en público", eran para Gumier Maier inspiradas cosas bellas destinadas a embellecer la vida. Su obra, su artificioso y ornamental gesto poético, la ondulante madera calada y policromada en colores pastel, coincide con sus conceptos.

Allí mismo se encuentra el Winko salpicado de pintura de Pombo, quien supo llevar objetos triviales a las salas de exposición y definir la actitud de los artistas del grupo: "Sólo me interesa lo que está a un metro de mí. En el pasillo lo enfrenta una obra de Graciela Sacco, al igual que en esa década, cuando acusó al Rojas de producir "un arte de tarados para tarados". Los 90 no fueron fáciles y la muestra recién adquiere sentido al conocer el contexto en el cual se gestaron las obras. Marcia Schvartz, defendía el gesto expresivo y al abandonar su cátedra en el Rojas, observó: "Había artistas muy buenos a los que les negaron espacio porque la pintura les parece una antigüedad". No obstante, la pintura de Schvartz de los 90, una indiecita mirando en el agua su primer sangrado, es la viva imagen de la ternura y comparte, a pesar de todo, el estilo distendido del placer privado, el goce de crear y contemplar.

En esta vertiente, Sebastián Gordín es un artista clave y llegó al MNBA con una obra crucial: la maqueta del ICI que mostró en la calle Florida mientras relataba las peripecias de su vida de artista. Pero la obra aparece en un pasillo junto a la de Karina El Azem.

Cuando llega la hora de apreciar el arte, el espacio de exposición, el modo de presentación ante el público, el análisis de las lecturas y recorridos posibles, además de las afinidades, diferencias o paralelismos que se establecen entre las obras son factores determinantes de la comprensión y valoración.

En esa historia reciente estaban quienes consideraban que el arte debe ser portador de sentido, pero el sinsentido del arte nunca es casual, alguna razón lo determina. La revuelta Dadá se desató por la contradicción que existía entre la realidad tan cruel de la vida y la que exhibía el arte tradicional. En la Argentina de los noventa, luego de los marasmos que culminaron con la hiperinflación de 1989 y los efectos del "tequilazo" de 1994, el rescate de la felicidad privada se ofreció a los artistas como tabla de salvación. La muestra culmina en 2001, con la feroz crisis social, política y económica. A nadie puede extrañar que los artistas se dedicaran a cultivar, en el sentido epicúreo, las plantas de su jardín privado. El individualismo es perceptible en el arte de los noventa, donde salvo algunos estereotipos políticos, hay más elementos de ruptura que de continuidad con los gestos desgarrados de los ochenta. La excepción es la obra de Pablo Suárez, la cabeza empalada del Chacho Peñaloza.

Entretanto, en la vertiente conceptual la estrella es Guillermo Kuitca que abre paso al circuito internacional. Sus camitas, arrinconadas en la sala, partieron en 1992 a la Documenta IX de Kassel y al MoMA neoyorquino. Por su parte, Jorge Macchi marca otro rumbo con su conceptualismo sensible y con una obra excelente.

Las piezas expuestas desbordan física y conceptualmente la sala y los pasillos que albergan trabajos de Nicola Costantino, Cristina Schiavi, Ariadna Pastorino, Elba Bairon, Marcos López, Roberto Jacoby, Alberto Goldestein, Sara Facio, Adriana Lestido, Graciela Hasper y, entre otros, Alejandro Kuropatwa con la significativa fotografía de la serie "Cóctel", el cóctel de vida o muerte que se descubrió en esa década para luchar contra el sida.

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