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Con todas las luces
«Algo cambió en mi cabeza, porque soy muy emocional tanto dentro como fuera de la cancha», señaló Djokovic, a quien una banda de música serbia lo recibió en el vestuario para celebrar el éxito.
«Hoy jugué perfecto del principio al fin», casi se asombró el ganador. «Jugó increíble», coincidió el perdedor. Se esperaba mucho más de la final. También de Murray, que no ofreció el tenis necesario para la difícil y a la vez seductora misión que encaraba: poner fin a 75 años sin que un británico gane un Grand Slam. La quinta raqueta mundial lleva tres finales en Majors y tres derrotas sin haber siquiera ganado un set.
La historia fue otra: en el duelo entre dos jóvenes de 23 años que buscan meter una cuña entre Nadal y Federer, el que sacó ventaja fue Djokovic, cada vez más amenazante para la dupla dominante en su papel de «tercer hombre». No pudo derrotar a Nadal en la final del último US Open, pero esta vez no dejó pasar la oportunidad. La de ayer era la segunda final entre las últimas 24 definiciones de Grand Slam sin Nadal ni Federer. Claramente, el público extrañó la presencia de los dos grandes. El nivel del partido fue desparejo. A diferencia de los duelos entre el «uno» y el «dos», no había grandes contrastes: reveses a dos manos desde ambos lados, saques poderosos, juego desde el fondo. En todo caso, sí hubo diferencias por el lado de un Djokovic parado sobre la línea dominando con su derecha y un Murray demasiado atrás, demasiado defensivo.
El asunto es que Djokovic no se durmió ni un instante. La brújula del partido enloquecía levemente porque Murray fallaba tiros sencillos, pero acertaba otros extraordinarios y volvía a entrar en la lucha. Fue casi una ilusión óptica, porque el final ya estaba escrito desde hacía rato. Derecha de Murray aprisionada en la red y Djokovic campeón. Serbia, tras conquistar en diciembre por primera vez la Copa Davis, vuelve a ser una fiesta. Y Murray, entretanto, ya sabe que sufrirá dentro de cinco meses un Wimbledon con más presión que nunca.


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