Rogoff apunta que la crisis puso de manifiesto que el talón de Aquiles del sistema financiero globalizado es la falta de una regulación consistente y de alta calidad que evite los excesos de los banqueros al tomar riesgos irresponsablemente. Y en un sistema global, al desatarse el problema de las hipotecas subprime todos en el mundo resultaron vulnerables.
Agrega: «Necesitamos un regulador financiero global para prevenir el problema del 'mínimo denominador común'. Antes de esta crisis, el capital fluía hacia el lugar donde la regulación fuera menor y algunos países hasta compitieron por convertirse en ese lugar. Si eso no ocurre, entonces lo más racional sería aislarse de la economía global. Los países se sentirán forzados a poner más controles de capital para que no estén expuestos a los países que sí están tomando riesgos».
La preferencia de Rogoff por un regulador financiero mundial encierra tres grandes problemas. Ésta es una mala idea, porque no es deseable, ni prudente ni factible.
No es deseable para países con diferentes niveles de desarrollo y diferentes preferencias con respecto a la cantidad de riesgo que quieren alentar como precio de la innovación financiera. Estos países desearán seleccionar regímenes nacionales de reglamentación muy diversos. Hay un gran componente de «local» en el sistema financiero como bien público y se debe reconocer la heterogeneidad de las preferencias nacionales.
No es prudente porque un regulador mundial requerirá una armonización global de las normas. ¿Qué sucede si se converge hacia las malas reglas? Este punto fue planteado por Katharina Pistor, recientemente.
cNo es políticamente viable. No imagino a las principales potencias entregando la soberanía nacional a un regulador mundial. No hay suficiente armonía política en el globo que permita que esto se lleve a cabo.
¿Cuál es la alternativa? Ken acierta en que la única alternativa real es un sistema de controles de capital. Pero en vista de los argumentos expuestos, no es del todo claro que un sistema que permita y legitime el control de la cuenta de capital no constituya un esfuerzo inútil e indeseable de crear un regulador mundial. De hecho, el peligro es que nos obsesionemos en forjar una adecuada regulación internacional, pero sin ningún plan B. Y al hacerlo simplemente prepararíamos el terreno para la próxima crisis.
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