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Con valiosa muestra el país cuenta su historia en México
Las obras de Pettoruti (junto con las de Xul Solar) representan el arribo de las vanguardias al Buenos Aires de los años 20; uno de los momentos por los que atravesó nuestro país sintetizado en la muestra sin tener en cuenta la cronología.
La muestra, pensada para celebrar el Bicentenario argentino, ya se había presentado el año pasado en la Academia de Bellas Artes de Berlín, durante la Feria del Libro de Frankfurt. Pero aquel proyecto original y abarcativo fue sensiblemente acotado y mejorado. No sólo se cambió el diseño de acuerdo a las salas del Museo mexicano, sino además el criterio de montaje. Gran parte de las obras que estuvieron en Berlín no arribaron a México, se priorizaron las que relatan momentos clave de nuestra historia y se cambiaron los trabajos de varios artistas por otros de mayor significación y calidad. En suma: la exposición ya no es la misma.
Las imágenes actuales están reunidas en grandes grupos por afinidades visuales que conjugan el arte del pasado con las expresiones contemporáneas. El recorrido aborda diversos momentos que atravesó nuestro país, sin tener en cuenta la cronología o el anacronismo, permite ver los hechos históricos desde un punto de vista transversal.
En primer lugar figuran las obras «Sur» y «Utopía» de Daniel Ontiveros. Estas palabras, realizadas en espejos quebrados, están utilizadas por su valor nominal, es decir, por el modo en que resuenan esos nombres desnudos. El primer capítulo de la muestra habla del paisaje, del vértigo horizontal de nuestra llanura y de un espacio definido como utópico. Una fotografía actual, extremadamente apaisada de Esteban Pastorino, se asocia, a pesar de haber transcurrido más de un siglo, con un paisaje de 1897 de Eduardo Sívori, representativo del hombre solo en la llanura con su caballo como única compañía.
El mediodía de la serie «La vida de un día», un paisaje de Fernando Fader, muestra el esplendor soleado de un rancho de paredes blancas y las cumbres doradas que lo cobijan. Fader nos descubre la belleza de la naturaleza y la idiosincrasia de un país agrícola. Un breve conjunto de imágenes del Riachuelo donde se divisan las barcazas de La Boca pintadas por Fortunato Lacámera, Onofre Pacenza y Quinquela Martín, pone en evidencia un momento clave de nuestra historia: cuando miles de inmigrantes de la Europa paupérrima llegaban a nuestro puerto para realizar su sueño americano.
Por otra parte, en un puerto de Alfredo Guttero, con las chimeneas humeantes, despierta la modernidad. El paisaje como tema distintivo y recurrente también se encuentra en la interminable línea del horizonte de Matilde Marín, en el Río de la Plata pintado de verde por Nicolás García Uriburu, en la vistas urbanas de Juan Andrés Videla, Horacio Cóppola y Facundo de Zuviría; en las visiones subjetivas de Marcelo Pombo y Eduardo Stupía, en los «tajos» de Fontana, un monolito de Roberto Aizenberg y la levedad de Silvia Rivas; el conceptualismo de Juan Carlos Romero y de Jorge Macchi, entre otros artistas que dan prueba de nuestra diversidad estilística.
El arribo de las vanguardias está representado por las obras de Pettoruti y de Xul Solar, que traen aires renovadores al Buenos Aires de la década del 20, acaso, la más inspirada e innovadora para la cultura argentina del siglo XX. Años más tarde, las obras de Kosice y Enio Iommi representan los movimientos abstractos que fundaron en nuestro territorio, mientras las de Alejandro Puente y César Paternosto rescatan las raíces abstractas de América.
Entretanto, el capítulo de la violencia, que tuvo expresiones emblemáticas en nuestro país, como «Sin pan y sin trabajo» o «El malón» de Ángel Della Valle, permanece tapado y reprimido en nuestras artes hasta la década del 30, cuando Antonio Berni presenta «Manifestación». Estas tres obras figuran en la muestra curada por Diana Weschler -esta vez con la colaboración de Sergio Baur- como referencias documentales. No obstante, se presenta una obra cumbre, el «Ícaro» de Raquel Forner, y ya en la segunda mitad del siglo XX, las obras de Rómulo Macció, Ernesto Deira, Luis Felipe Noé, Jorge de la Vega, Carlos Alonso y Alberto Heredia reflejan de modo elocuente el tormento físico y moral. Artistas como Horacio Zabala, León Ferrari o Guillermo Kuitca figuran con sus expresiones políticas, al igual que Juan Carlos Distéfano, con la sobrecogedora figura femenina que representa el dolor y el miedo en un cuerpo acurrucado sobre si misma. Lionel Luna recrea la «Conquista del Desierto» en un fotomural realizado en la actualidad y así desdramatiza un pasado supuestamente heroico.
Un cuadro de Luis Fernando Benedit -que él mismo descolgó de su taller para jerarquizar esta exhibición- marca los rasgos de nuestra identidad más genuina. Se trata de los retratos agrupados como un documento de la familia de Ceferino Namuncurá. Liliana Porter dibuja «El espejo de la melancolía» que nos refleja como sociedad, sobre los versos de Alejandra Pizarnik.
Sobre nuestra herencia europea nos habla un pequeño dibujo de Lino Enea Spilimbergo, mientras, por el contrario, Marta Minujín recurre a los choclos, alimento americano por excelencia, para pagarle a Andy Warhol la deuda externa argentina. Entretanto, una pintura de Gramajo Gutiérrez muestra un pasado de inocencia que al parecer, se ha perdido para siempre.
Por lo demás, el formato compacto de la exhibición permite vincularse de un modo muy especial con nuestra historia, y es a la vez un modo de «llevar el mundo a cuestas», como propuso el historiador del arte alemán Aby Warburg (1866-1929) en su «Atlas Mnemosyne» (ver aparte), modelo que ha servido de guía a Diana Weschler para el armado de la muestra argentina.
«¿Cómo llevar el mundo a cuestas?» es la cuestión que surge del planteo teórico del alemán, y fue curiosamente la pregunta que se plantearon en la dirección de Asuntos Culturales de la Argentina, a cargo de Magdalena Faillace y su colaborador, Sergio Baur, cuando decidieron acompañar con arte las giras políticas que salieran al exterior. Desde la Embajada de México, Ricardo Calderón gestionó la Sala de Arte Público para mostrar las fotos del mural «Ejercicio plástico» tomadas en la época por Anemarie Heinrich y las de Aldo Sessa y Pedro Roth. Además, para «Realidad y utopía», Calderón eligió el Museo San Carlos. Dueño de extensas colecciones de pintura y rico en joyas del arte gótico y del Renacimiento, el San Carlos se destaca por sus auténticos tesoros del Barroco, por las estupendas pinturas de Zurbarán y por un Fragonard que es una maravilla del arte rococó.
* Enviada Especial


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