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Conmociona a Pakistán el desafío talibán
El jefe de los cerca de 600.000 soldados fue evacuado de su oficina y los militares corrieron en medio del pánico para salvar sus vidas.
Apenas nueve insurgentes talibanes, armados con rifles de asalto, granadas de mano y un solo chaleco explosivo, fueron suficientes para asaltar el sábado la base del Ejército en la ciudad de Rawalpindi y mantener retenidos a más de 40 rehenes durante 22 horas.
Lo ocurrido causó preocupación en la comunidad internacional, que teme por la seguridad de las cien cabezas nucleares que posee el país.
Cinco rebeldes murieron mientras asesinaban a cuatro soldados y a un civil pero, como habían planeado, otro grupo de asaltantes consiguió entrar en un edificio de seguridad, justo al lado de la entrada principal.
«Escuchamos las explosiones y tiroteos y nos sentimos impresionados», dijo un militar que trabaja en la administración del cuartel general. «Al principio pensamos que estábamos siendo atacados por los indios o los estadounidenses, pero después nos enteramos de que eran talibanes», añadió.
Los atacantes consiguieron retener a 22 militares y personal civil en la oficina de seguridad amenazándolos con el chaleco cargado de explosivos que vestía uno de ellos. Otra docena de personas fueron retenidas en otra habitación mientras algunos más se escondieron bajo las mesas o dentro de los armarios y sólo salieron cuando finalizó la operación, en la mañana de ayer.
El ataque se produjo cuando las autoridades paquistaníes y estadounidenses todavía celebraban la muerte del jefe talibán Baitullah Mehsud, que murió a principios de agosto en un ataque en la región rural y montañosa de Pakistán, en la frontera con Afganistán. Ambos gobiernos proclamaron que el asesinato era un gran éxito en la lucha contra el terrorismo.
«Es curioso. Escuchamos a los militares paquistaníes decir que la columna vertebral de los talibanes estaba rota tras la muerte de Meshud. ¿Pero puede perpetrar un ataque tan bien planeado contra el cuartel general alguien con la columna vertebral rota?», dijo el antiguo jefe de la oficina de inteligencia civil, Masud Sharif.
«Puede estar de moda hacer ese tipo de declaraciones, pero no se ajustan a la realidad», añadió, «George Bush anunció hace años que la guerra de Irak estaba ganada. Irak todavía está ardiendo. Así es también el caso de Pakistán».
Sharif advierte que la legislación paquistaní aún debe hacer esfuerzos mucho más serios para apartar la amenaza mortal que suponen los talibanes y los seguidores de Al Qaeda para los 160 millones de habitantes de Pakistán.
Ambigüedad
Desde que se uniera a la alianza internacional contra el terrorismo tras los atentados del 11-S, Pakistán ha seguido una política de jugar al gato y al ratón. Con sus pretensiones de eliminar a los terroristas ha recibido miles de millones de dólares en ayudas por parte de Occidente. Sin embargo, en términos prácticos, los talibanes han establecido refugios más seguros en áreas tribales para lanzar ataques letales contra las fuerzas de la OTAN en Afganistán. A pesar de algunos arrestos y algunas muertes aquí y allá, los líderes de Al Qaeda han sobrevivido en territorio paquistaní gracias a la colaboración de algunos miembros de las agencias de inteligencia del país.
Esa política ha generado un mostruo que se ha vuelto contra sus creadores. Miles de agentes de seguridad y de civiles han muerto en los ataques con bombas suicidas que no distinguen entre combatientes y no combatientes. Pero Pakistán sigue sin saber qué hacer al respecto.
Cuando los talibanes se recuperaron de la muerte de su líder, Pakistán fue incapaz de lanzar una acción decisiva para acabar con entre 10.000 y 15.000 de sus seguidores en el sur de Waziristán. En lugar de eso, proclamaron repetidamente que pronto lanzarían una operación.
«Esta política está destinada a fracasar. Si querés atacar, simplemente atacás, no lo anunciás», dijo un jefe tribal y ahora analista, Mehmud Sha. «Si les das suficiente tiempo para prepararse, te atacan ellos primero, eso es lo que pasó en el cuartel general», añadió.
A pesar de todo, las fuerzas especiales del Ejército paquistaní consiguieron interceptar al atacante suicida antes de que pudiera apretar el detonador. Sólo tres de los más de 40 rehenes y dos militares murieron mientras otros cuatro lo hicieron en la acción, que duró más de lo esperado. El último miliciano y líder de la banda fue capturado vivo, aunque gravemente herido.
Pero ha sido inevitable que el Ejército sintiera cierta vergüenza después de haber alardeado de su habilidad para tratar con los insurgentes. «Esa gente (los soldados) no pueden defenderse a sí mismos. ¿Cómo van a defendernos a nosotros?», se pregunta un ciudadano paquistaní.
Agencia DPA


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