29 de agosto 2011 - 00:00

Conserva fieles el estilo “decidor” de Luis E. Aute

Fiel a su estilo, Luis Eduardo Aute dividió el repertorio entre canciones de amor y «comprometidas» (incluso dedica un tema a los indignados de España), y conformó a su público que, en buen número, asistió al Gran Rex.
Fiel a su estilo, Luis Eduardo Aute dividió el repertorio entre canciones de amor y «comprometidas» (incluso dedica un tema a los indignados de España), y conformó a su público que, en buen número, asistió al Gran Rex.
Presentación de «Intemperie». Luis Eduardo Aute. Con Tony Carmona (guitarra, dir. musical), Igor Tukalo (teclados, acordeón) y Cristina Narea (coros, guitarra, percusión). (Teatro Gran Rex, 26 de agosto).

De los 32 álbumes que lleva grabados, Luis Eduardo Aute vino a presentar el más reciente, «Intemperie», grabado y publicado el año pasado. A 44 años de sus primeros discos «simples» de 1967. Sosteniendo el oficio de «cantautor», que fue cambiando con el tiempo y que él se empecina en mantener tal como lo concibió en sus comienzos. Con su voz suave, un estilo sin estridencias, que requiere atención, un formato de conciertos -larguísimo si se toman los cánones más habituales- que desacomoda a los productores, una lista que mezcla canciones clásicas de su repertorio con novedades, que formalmente, sin embargo, tienen mucho en común con las antiguas.

Aute es compositor y cantante, poeta y pintor, casi en proporciones idénticas. Aunque está claro que ha sido desde la música con la que logró hacerse más conocido. Hombre «de pensamiento», siempre repartió sus creaciones en dos terrenos: el de los temas de amor (una parte muy significativa de su trabajo) con palabras cuidadas y una dulzura que admite incursiones en un erotismo más osado, y temas de compromiso, que dan cuenta de sus preocupaciones frente a un «capitalismo irreal que está en lenta caída», según sus propias palabras.

Entonces, Aute puede escribir sobre Grecia antes de la explosión económica en «Atenas en llamas»; asociarlo con lo que ocurre en Chile y reclamar por la educación gratuita. Puede recordar a su amado -y muchas veces emulado- John Lennon, suponer fantasiosamente que «lo mató el FBI», y dedicarle su «Imaginación». Puede interpretar un tema inspirado en el movimiento de los indignados de su país. Puede hablar «marxistamente» de la diferencia entre valor y precio. Puede sacar su veta de artista plástico y ofrecer una canción -»Tríptico de luces y sombras»- en la que explica, entre la poesía y el análisis técnico, lo que hicieron Goya, Velásquez y Picasso. O puede recorrer muchos de sus éxitos, especialmente sobre el final del extenso recital o a la hora de los bises, y volver sobre los muy aplaudidos «Slowly», «Alevosía», «Sin tu latido», «La belleza», «Al alba», etc., no casualmente, sus temas más relacionados con las cuestiones románticas. Rompe las reglas del concierto moderno aferrándose a un lenguaje escénico y estético que ya casi no existe. Pero no le importa; ni a él ni a su público, que sigue acompañándolo en buen número en una Buenos Aires que considera también su patria. Aunque lo cuestionen por el parecido melódico entre sus cientos de canciones y aunque algunos lo tilden de aburrido.

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