16 de diciembre 2011 - 00:00

Crisis de deuda son diferentes

Eugenio A. Bruno - Economista
Eugenio A. Bruno - Economista
La crisis de deuda europea es distinta y significativamente más grave que la de la Argentina, y sus efectos sobre el sistema financiero y bancario europeo pueden ser muy negativos, con repercusiones materialmente negativas sobre la estabilidad del mismo, y peor aún sobre la actividad económica.

En primer lugar, el monto de la deuda europea de los países más afectados es varias veces más grande de lo que fue la deuda argentina defaulteada. Pero en segundo lugar y como aspecto central diferenciador surge el hecho de la distinta naturaleza de la composición de la comunidad acreedora en ambos casos.

Mientras que la Argentina tenía toda su deuda en títulos de deuda (bonos) en manos de inversores minoristas e institucionales, mayoritariamente no bancarios, y que fueron asumiendo las pérdidas durante un año (antes del default), los países europeos adeudan porciones significativas de su endeudamiento a entidades financieras del mismo continente, con fuerte peso de bancos alemanes, franceses e italianos, es decir de las tres primeras economías de la zona. En el caso argentino los tenedores de bonos sufrieron pérdidas significativas en sus patrimonios, estados contables y portafolios de inversión, pero salvo excepciones, dichas pérdidas no tuvieron efectos sistémicos sobre el sector financiero de ningún país regional (con excepción de Uruguay) ni mucho menos central. Los inversores minoristas italianos, alemanes y japoneses y los inversores institucionales de Estados Unidos sufrieron pérdidas, pero las mismas no se extendieron más allá de ellos. Asimismo, Brasil fue «blindado» económicamente y así se evitó el eventual contagio regional. Sólo Uruguay sufrió fuertes repercusiones pero recibió ayuda del FMI y del Tesoro de Estados Unidos y llevó adelante un exitoso canje de deuda que le permitió controlar los efectos negativos de la crisis argentina y aún así Uruguay tampoco implicaba una amenaza a la estabilidad financiera regional.

Pero el caso europeo es distinto ya que se le debe a bancos y por lo tanto las pérdidas afectan los estados contables y la solvencia y liquidez de los mismos. Por ello, la amenaza que se plantea en términos de corridas bancarias contra dichas entidades y en general sobre la estabilidad de las mismas. La crisis financiera de Europa se asemeja en este sentido y en gran medida a lo que fue la crisis de la deuda de América Latina de los años ochenta, la cual se caracterizó por deudas exorbitantes con bancos estadounidenses, europeos y japoneses que debieron diseñar un mecanismo de refinanciación permanente durante casi diez años hasta llegar al Plan Brady en los noventa. El motivo de dichas refinanciaciones era que un default abierto de la deuda latina tornaba insolventes a la mayoría de aquellos bancos, que incluía a los más grandes de cada país. Sólo luego que los bancos de dichos países centrales «descargaron» de sus libros la deuda latina aceptaron las quitas del Brady. Pero se tardó diez años.

El camino de Europa a la recuperación de la solvencia es una reestructuración de sus pasivos y un programa de reducción del gasto público pero al mismo tiempo se deberá proteger a los acreedores bancarios europeos de las consecuencias del mismo (para evitar corridas y quiebras de bancos) mediante un apuntalamiento y planes de apoyo financiero y de capital a las entidades financieras. Pero como este camino es muy complicado ya que se necesita un acuerdo voluntario de reestructuración de deuda entre los países deudores y los acreedores, megaaportes de capital a los bancos y ajustes fiscales (resistidos por las poblaciones), Europa no encuentra la rapidez que urge para resolver el problema.

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